Hoy en día, cualquier estudiante puede pedirle a una inteligencia artificial que resuma un libro, resuelva un problema o incluso escriba un ensayo. Ante esta realidad, surge una pregunta inevitable: si la IA ya responde, ¿qué debería seguir haciendo la escuela?
La respuesta no pasa por competir con la tecnología. Durante mucho tiempo, gran parte de la educación se ha centrado en transmitir información y evaluar cuánto recuerda un alumno. Pero acceder a información ya no es el problema. El verdadero desafío es saber qué hacer con ella.

Evidencia científica
Una investigación publicada en 2025 en Proceedings of the National Academy of Sciences, realizada con cerca de mil estudiantes de secundaria, encontró que el uso de una inteligencia artificial de acceso libre elevó en un 48% el rendimiento mientras resolvían ejercicios de matemática. Sin embargo, cuando se les evaluó sin la herramienta, obtuvieron calificaciones 17% menores que quienes nunca la habían utilizado. Una versión diseñada como tutor, que ofrecía orientación sin entregar la respuesta directamente, evitó ese deterioro.
La lección es incómoda y necesaria: resolver mejor con ayuda no siempre significa aprender más. Desde la neuroeducación se sabe que tener una respuesta no equivale a haber construido conocimiento. Aprender implica comprender, relacionar, recuperar información, equivocarse, argumentar y transferir lo aprendido a situaciones nuevas. Si una herramienta elimina todo esfuerzo cognitivo, también puede eliminar parte del aprendizaje.

Docentes frente a la IA
La UNESCO también ha puesto el foco en este tema. En una encuesta publicada en 2025, nueve de cada diez representantes de instituciones de educación superior de 90 países dijeron utilizar herramientas de IA en su trabajo; pero más de la mitad reconoció sentirse insegura o poco preparada para aplicarlas pedagógicamente. Una de cada cuatro instituciones ya había enfrentado problemas éticos, entre ellos la dependencia excesiva de los estudiantes.
Por eso, quizá la escuela deba valorar menos quién acumula más respuestas y mucho más quién formula mejores preguntas. Algunas de ellas son:
- ¿Esta información es correcta?
- ¿Qué evidencia la respalda?
- ¿Qué falta?
- ¿Qué sesgos contiene?
- ¿Puedo defender esta conclusión sin una pantalla delante?
La IA puede responder rápidamente, pero todavía necesitamos seres humanos capaces de evaluar sus respuestas. Para ello se requiere conocimiento, pensamiento crítico y criterio.

Evaluar el proceso, no solo el resultado
Esto obliga también a revisar cómo evaluamos. Si una máquina puede redactar un texto en segundos, ya no basta con pedir un ensayo para casa. Habrá que observar el proceso: cómo llegó el estudiante a una conclusión, qué decisiones tomó, qué errores detectó, qué aportó la IA y qué puede explicar con sus propias palabras.
Pero hay algo todavía más importante. La escuela no solo transmite conocimientos. También enseña a convivir, escuchar, colaborar, tolerar la frustración, tomar decisiones y construir vínculos. Una inteligencia artificial puede explicar qué es la empatía; un estudiante necesita vivirla. Puede ofrecer una respuesta personalizada; un maestro puede advertir que detrás del silencio de un alumno hay miedo, cansancio o una capacidad que aún nadie ha reconocido.

La inteligencia artificial no anuncia el final de la escuela. Pone en discusión una escuela centrada exclusivamente en transmitir respuestas. Si las máquinas responderán cada vez mejor, la educación tendrá que asumir una tarea más profundamente humana: enseñar a pensar, preguntar, discernir, crear y decidir qué hacer con esas respuestas.

Fuente: Infobae