Comienza la contienda por la Casa Blanca tras las elecciones de medio término

Los votantes de Estados Unidos emitieron su veredicto en las urnas, y el resultado fue inequívoco. Tal como se ha observado históricamente, los comicios de medio término tienden a castigar al partido que controla la Casa Blanca. Esta tendencia se confirmó una vez más; lejos de ser una anomalía, se trató del patrón esperado.

Un principio clásico de la política estadounidense sostiene que toda la política es local (All politics is local). Sin embargo, los resultados de estos comicios, al igual que los de las elecciones presidenciales recientes, obligan a matizar esa premisa. Cabría afirmar que no toda la política es local. Los temas nacionales tuvieron un peso determinante, y la repetición de una misma tendencia electoral en estados de características tan diversas evidencia que factores supralocales superaron la lógica de las preocupaciones inmediatas.

En los comicios presidenciales anteriores, Donald Trump logró la victoria en los siete estados considerados como los más reñidos. Dos años más tarde, siete estados fueron identificados como campos de batalla clave para determinar el control del Senado (aunque la lista era diferente, con Michigan como única coincidencia). Una vez más, todos ellos –e incluso algunos que no se esperaban– se inclinaron hacia el mismo partido, el ganador.

El peso de la historia y los factores determinantes

¿Qué factores explican este resultado? En primer lugar, el peso de la historia. La tendencia de castigar al partido en el poder durante los comicios de medio término es un patrón que se ha mantenido por más de un siglo en Estados Unidos. A esta inercia se añadieron condiciones que complicaron el panorama para los republicanos: la baja aprobación del presidente Trump, el descontento popular con la guerra en Irán, la situación económica y varias candidaturas débiles que no lograron conectar ni siquiera con los votantes de su propia base. Ninguno de estos elementos por sí solo explica el resultado, pero su combinación ayuda a comprender lo ocurrido.

La amplia coalición que llevó a Donald J. Trump a la victoria hace dos años no respaldó al Partido Republicano en esta ocasión. Los datos preliminares indican un movimiento general hacia los demócratas de aproximadamente 15 puntos porcentuales en solo dos años. Este desplazamiento fue mucho más pronunciado entre dos grupos clave: los votantes hispanos (con un giro de 29 puntos) y los jóvenes de 18 a 29 años (con un giro de 33 puntos). El asunto merece especial atención porque esos fueron precisamente los grupos cuyo apoyo consolidó el triunfo de Trump hace apenas 24 meses.

Más allá de la nueva configuración del Congreso, que sin duda favorecerá a los demócratas, estos comicios dan inicio a otra contienda: la lucha por la Casa Blanca en 2020. Para entender lo que se avecina, es necesario analizar qué implican estos resultados para tres actores fundamentales: el presidente Trump, el Partido Republicano y el Partido Demócrata.

Implicaciones para Trump

Para el presidente Trump, comienza una nueva etapa de su presidencia. Un Congreso controlado por los demócratas concentrará buena parte de sus esfuerzos en fiscalizar al Ejecutivo. Las investigaciones parlamentarias, las comparecencias de funcionarios y los enfrentamientos alrededor de las órdenes ejecutivas ocuparán un lugar central en la agenda. La aprobación de nuevas leyes requerirá negociaciones mucho más complejas. Horas antes de la votación, Trump declaró que se convertiría en el “Sr. Veto” frente a una mayoría demócrata, pero después de conocerse los resultados dijo estar dispuesto a “dialogar y trabajar” con los demócratas. Estas posturas no reflejan incoherencia, sino un Trump pragmático, capaz de negociar con sus adversarios cuando las circunstancias lo exigen. Sin embargo, sería un error confundir las limitaciones legislativas con la desaparición del poder presidencial. Trump conservará atribuciones clave y un control casi absoluto sobre la política exterior. Es precisamente en ese terreno, como se ha señalado con el término “Trump 3.0”, donde concentrará sus esfuerzos: seguridad nacional, el futuro de la OTAN, la relación con China, la guerra en Irán y el futuro del hemisferio occidental ofrecen escenarios para construir su legado.

Implicaciones para el Partido Republicano

Los resultados confirman que, en política, también funciona la ley de la gravedad. Trump ganó las elecciones de 2016 no por el Partido Republicano, sino a pesar de él. Desde entonces, tomó un control casi absoluto del partido, se convirtió en su figura dominante y redefinió su identidad. Hoy, el Partido Republicano es el partido de Trump. Pero él ya no volverá a ser candidato, y esa realidad abre una disputa que va más allá de la selección de su sucesor: se trata de definir el carácter futuro de un partido en el que Trump imprimió su marca indeleble por más de una década. Algunos dirigentes marcarán distancia, como ya lo hicieron unos pocos durante esta campaña; otros reafirmarán su cercanía. Estas decisiones dependerán, en buena medida, de la popularidad de Trump en sus respectivos estados y distritos. La lealtad política y los incentivos electorales no siempre coinciden, y esa tensión será cada vez más visible a medida que se acerquen las próximas elecciones. Trump mantendrá su capacidad de comunicación y movilización, y su respaldo seguirá siendo relevante para la definición de la campaña presidencial; sin embargo, también es posible que la nueva competencia consista en marcar distancia con él y su gestión. Al mismo tiempo, los republicanos deberán encontrar la manera de reconstruir su relación con el voto latino y el voto joven. Ambos sectores fueron clave para el triunfo de Trump hace dos años, y los resultados de esta semana indican que hoy se encuentran entre los más decepcionados. Las elecciones presidenciales pasadas enseñaron que los republicanos pueden ampliar su base, pero estos comicios demuestran que esos avances no pueden darse por sentados.

Implicaciones para el Partido Demócrata

Para los demócratas, el desafío es todavía mayor. Deberán decidir si se movilizan hacia el centro, donde se disputan los votos decisivos, o profundizan su giro a la izquierda, donde parece estar el mayor entusiasmo en su base política. Figuras como Sanders, Ocasio-Cortez y Mamdani representan la creciente influencia de la tendencia socialista entre los demócratas. Otras figuras que despegaron en esta elección, como Talarico y El-Sayed, también representan la tensión entre apostar por un electorado más moderado o reivindicar propuestas de izquierda en un país construido sobre libertades individuales y libre mercado. No es un debate de nombres, sino de las ideas que definirán la identidad del Partido Demócrata y el marco del debate político del país.

Por todo esto, las elecciones de medio término representan mucho más que la reorganización del Congreso. Marcan el inicio de una nueva etapa de la política estadounidense y obligan a los dos grandes partidos a definir el proyecto que le ofrecerán a los estadounidenses. Podemos esperar más competencia, más enfrentamientos y más polarización, pero también debates de enorme trascendencia sobre el futuro de Estados Unidos y su papel en el mundo. Abróchense los cinturones. Con tanto en juego, los próximos años prometen ser de una intensidad extraordinaria.

Nota del autor: El autor de este análisis es empresario, estratega político y de políticas públicas, y ex alto funcionario gubernamental de los Estados Unidos. Es el Director Fundador del Adam Smith Center for Economic Freedom de la Florida International University.

Fuente: Infobae

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