Este martes, Estados Unidos celebra unas elecciones legislativas que medirán el pulso a la Administración de Donald Trump y que tendrán un efecto inmediato en su capacidad de maniobra. Estos comicios marcan, además, el inicio de la carrera presidencial hacia 2028, una contienda que estará inevitablemente condicionada por el Congreso que resulte de la votación. Según todas las encuestas, la Cámara de Representantes pasaría a ser controlada por el Partido Demócrata.
A pesar de que Trump ha intensificado su presencia en la campaña para movilizar a sus seguidores, el mandatario ha dejado claro que el resultado no le preocupa. Incluso si los demócratas logran el control de una o ambas cámaras, el presidente anunció que vetará cualquier proyecto de ley que llegue a su escritorio y bloqueará toda investigación que intente emprenderse contra sus aliados.
El verdadero problema recae en el Partido Republicano, pues Trump no puede aspirar a un tercer mandato, pese a sus insinuaciones. Dos años de presión demócrata en el Congreso podrían resultar muy largos de cara al 2028, especialmente si los republicanos pierden ambas cámaras.
Perder el Senado sería una catástrofe para el partido, ya que implicaría la derrota en estados donde la victoria parecía asegurada hasta que la aprobación de Trump se desplomó en febrero, debido a la guerra con Irán y el aumento en los precios de los combustibles.
No obstante, los republicanos tienen experiencia en revertir pronósticos, y no se descarta que mantengan el control total del Congreso después del 3 de noviembre. Sin embargo, que esta posibilidad siquiera exista evidencia el desgaste que la figura del presidente está causando al partido, que deberá comenzar a pensar en un futuro sin el motor que lo ha impulsado durante una década. Estas elecciones se desarrollan en un mapa electoral transformado por una redistribución de distritos impulsada por Trump para maximizar sus escaños, a lo que los demócratas han respondido con sus propias estrategias para redibujar el colegio electoral. Queda por ver qué efecto tendrá esta disputa.
DOS CÁMARAS, NUEVE ESTADOS CLAVE
Los comicios del 3 de noviembre definen los 435 escaños de la Cámara de Representantes —encargada de impulsar leyes e investigar a la Administración— y 35 de los 100 escaños del Senado, clave en el proceso legislativo y en las nominaciones de altos cargos. Actualmente, los republicanos tienen mayoría en la Cámara Baja con 218 escaños frente a 214 de los demócratas, y en el Senado con 53 escaños contra 45.
Según el promedio de encuestas de RealClearPolitics, los demócratas obtendrían al menos 227 escaños en la Cámara de Representantes, contra 182 de los republicanos, con 26 escaños aún inciertos (de ellos, seis probablemente demócratas). Ninguna encuesta seria pronostica una derrota demócrata en esta cámara, lo que coincide con la tradición de que las legislativas suelen ser un voto de castigo para la administración en curso.
El Senado presenta un panorama más complejo. Los demócratas tienen prácticamente asegurados 42 escaños, más otros 5 muy probables. Los republicanos obtendrían al menos 41 escaños, y posiblemente 3 más. Hay nueve estados en disputa, de los cuales cuatro son una incógnita total: Iowa, Michigan, Carolina del Sur y Texas. Tampoco hay resultados cantados en Alaska, Kansas, Maine, Ohio y Nebraska. Con estos números, es imposible determinar si los demócratas mantendrán la correlación actual o si, en un escenario óptimo, alcanzarían 57 asientos, algo no visto desde 2008.
Los republicanos solo necesitan 50 escaños, ya que el vicepresidente JD Vance, como presidente del Senado, puede desempatar con su voto. Además, son ligeramente favoritos en ocho de los nueve estados dudosos, por lo que no tienen razones para alarmarse de momento.
Sin embargo, las presidenciales de 2028 son otra historia. Esos nueve estados representan decenas de votos electorales cruciales para la Casa Blanca. Que estados históricamente republicanos como Texas —con 40 votos electorales— estén en disputa, y que los demócratas hayan recuperado impulso gracias al progresismo, debería preocupar al partido de Trump.
EL PROGRESISMO FRENTE A LAS MANIOBRAS DE TRUMP
Otro elemento relevante en la carrera al Senado es su impacto en la narrativa política. La nueva ola demócrata tiene dos figuras clave: los candidatos al Senado por Michigan, Abdul El Sayed, y por Texas, James Talarico, ambos en la mira de Trump desde el inicio.
El Sayed, al igual que el alcalde de Nueva York Zohran Mamdani, ha pasado buena parte de su campaña refutando acusaciones de su rival republicano Mike Rogers sobre supuesta afinidad con grupos islamistas. Talarico representa la vertiente más progresista que puede surgir en Texas: un democristiano cuya página web declara:
“Es hora de volcar las mesas”
, en alusión a la acción de Jesús contra los mercaderes en el templo.
Del lado republicano, la histórica senadora por Maine Susan Collins enfrenta el envite del demócrata Troy Jackson, en una contienda de tintes sórdidos. Collins, autoproclamada moderada y crítica con algunas decisiones de la Administración, suele terminar alineada con la Casa Blanca en las votaciones. Jackson reemplaza a Graham Platner, una estrella demócrata en ascenso que cayó en desgracia y suspendió su campaña en julio tras controversias como el despliegue de símbolos nazis (involuntario, según Platner) y acusaciones de violación que él niega.
Finalmente, destaca la situación en Alaska, ejemplo de la crispación que rodea a estos comicios. El Departamento de Justicia ha presentado una moción para anular la elección al Senado si el republicano Dan Sullivan pierde, argumentando que uno de sus rivales independientes tiene un nombre demasiado similar. La candidata demócrata Mary Peltola ha negado tener conocimiento de un supuesto “plan” de su partido al respecto.
Fuente: Infobae