Los israelíes acudieron a las urnas, pero el resultado no definió un ganador absoluto. Como ha ocurrido históricamente, se inicia un periodo de negociaciones políticas que suelen ser complejas y prolongadas. La ciudadanía está acostumbrada a este proceso, aunque no necesariamente lo apruebe.
Desde la fundación del Estado, todos los gobiernos de Israel han sido de coalición, pues ningún partido ha obtenido jamás una mayoría suficiente para gobernar en solitario. Esto mismo ha sucedido en las cinco ocasiones en que Benjamín Netanyahu ha sido primer ministro. A sus 77 años, cumplidos el 21 de octubre, aspira a una sexta oportunidad.
Lo primero que debe señalarse es que las encuestas acertaron en prever un virtual empate y que ninguna fuerza política obtendría un mandato claro. Sin embargo, los primeros sondeos indicaban que Netanyahu perdería frente a Gadi Eisenkot. Esto se suma a lo ocurrido en otros países y obliga a revisar la idea de que los pronósticos electorales son infalibles; deben entenderse como un dato más, no como un oráculo.
Resulta llamativo que, pese a todos los cambios políticos y sociales, las encuestas mantengan una metodología similar desde hace casi un siglo. La fórmula de representación fue ideada por un matemático indio en la segunda década del siglo XX, y la forma de encuestar sigue el camino abierto por George Gallup en la década siguiente, con modificaciones informáticas pero conservando el espíritu original.
En segundo lugar, Netanyahu genera una polarización tan profunda que, en un sistema parlamentario, es visto con características propias de una figura presidencial, similar a Trump o a Lula/Bolsonaro. No obstante, Israel no es un sistema presidencial. Este análisis suele distorsionarse por lecturas superficiales o por la tendencia a reducir realidades complejas a categorías de “buenos” o “malos”.
En tercer lugar, no sorprende que la oposición a Netanyahu esté encabezada por un exjefe del Estado Mayor, Gadi Eisenkot, el cargo militar más alto. En el pasado, figuras como Rabin y Barak también provenían del ámbito castrense y tenían una orientación de centroizquierda. Son conocidas las discrepancias entre Netanyahu y varios jefes militares durante sus mandatos. De hecho, días antes de las elecciones trascendió que el actual jefe del Estado Mayor habría manifestado que sería inaceptable una acción militar contra Irán en pleno proceso electoral. En varias ocasiones, otros jefes militares han utilizado el Día de Recordación de los Caídos para plantear sus diferencias en un tono solemne.
En cuarto lugar, lo más llamativo de esta elección es el comportamiento del voto árabe. La comunidad árabe israelí se presentó dividida en dos vertientes: Raam (Lista Árabe Unida), de orientación conservadora e islamista, y la Lista Conjunta, una coalición de tres partidos de izquierda que van desde el nacionalismo árabe similar a Fatah hasta remanentes del antiguo partido comunista y una formación que incluye árabes y judíos. Mansur Abbas, líder de Raam, ya había facilitado la formación del gobierno Bennett-Lapid en 2021, aunque luego denunció que no se cumplieron los acuerdos.
La diversidad árabe no se limita a estos partidos. Existen otras dos minorías de habla árabe que participan en las fuerzas armadas y, por tanto, en las guerras de Israel: los beduinos y los drusos. Los drusos, una minoría con un universo religioso-simbólico propio, han desarrollado un fuerte apoyo a Netanyahu debido a su respaldo a los drusos en Siria, protegiéndolos de ataques yihadistas. Sin embargo, estos grupos no tienen representación política propia, a diferencia de los árabes israelíes que permanecieron tras la Declaración de Independencia y que, aunque no están obligados a servir en el Ejército, gozan de plena igualdad de derechos desde 1967.
Durante décadas, los partidos árabes israelíes se concentraron en una política testimonial de rechazo al sionismo y a los acuerdos de paz con países árabes. Todo empezó a cambiar en 2021, cuando Abbas anunció que Raam apoyaría a un gobierno alternativo a Netanyahu si este abordaba el combate contra la delincuencia organizada y el tráfico de drogas, un tema que los gobiernos de Netanyahu no habían enfrentado por temor a acusaciones de “apartheid”.
Este cambio ha madurado en las presentes elecciones. Ambas listas árabes han decidido participar activamente en la formación del próximo gobierno, inclinándose por ahora a favor de la oposición a Netanyahu, aunque también hay negociaciones con el Likud. El voto árabe se ha vinculado a temas urgentes y ha acudido masivamente a las urnas, fortaleciendo a estas alternativas partidarias. Como se señaló en un análisis reciente, el voto árabe puede ser el factor decisivo para instalar al próximo gobierno de Israel.
En este viraje ha influido la buena relación de Israel con países árabes como los Emiratos, aunque nada indica que los partidos árabes puedan incorporarse al gobierno. Yousef Jabareen, presidente de la Lista Conjunta, declaró textualmente:
“No vemos la posibilidad de ser parte de una coalición de gobierno israelí en las circunstancias políticas actuales, en particular por la guerra en curso en Gaza y los asentamientos en Cisjordania”.
No obstante, Jabareen agregó: “Sin embargo, con el objetivo de derribar a este gobierno, sería posible que apoyemos desde afuera a la coalición de un gobierno alternativo”. Ese apoyo podría tomar dos formas: participar en el voto de confianza sin ser parte del gobierno, o respaldar a un gobierno de minoría si Eisenkot y su coalición quedan detrás de Netanyahu. Abbas ha hablado de proporcionar “una red de seguridad” para el gobierno que lo sustituya, y Jabareen afirmó que esa alianza “está lista para allanar el camino… para derrocar al gobierno de Netanyahu”.
Sin embargo, hay obstáculos. Eisenkot exige para negociar el reconocimiento de Israel como Estado judío, algo que los partidos árabes no quieren ni pueden aceptar por ahora. Osama Saadi, exmiembro del Parlamento, declaró en la sede partidaria tras dedicar su “victoria a nuestro pueblo en Gaza, la Franja Occidental y Jerusalén ocupado”: “Nosotros, árabes en Israel no somos israelíes, pertenecemos a otra nación, pero Uds. israelíes nos deben tratar como iguales, y nosotros no debemos reciprocar, es decir, reconocer al Estado”. Esta postura –no reconocer a Israel como Estado judío y democrático, y negarse a calificar a Hamás de organización terrorista– llevó al Comité Electoral Central a rechazar inicialmente la participación de estos partidos, decisión que fue revertida por la Corte Suprema.
En quinto lugar, comienzan ahora las negociaciones, que en ocasiones rozan la corrupción. En el pasado se crearon ministerios y cargos para integrar a socios de coalición, como ocurrió con el Mapam en la época socialdemócrata, o con los partidos religiosos divididos entre askenazíes y sefardíes. En los últimos gabinetes de Netanyahu, tras el 7 de octubre, se otorgaron posiciones ministeriales a dos representantes de la extrema derecha para asegurar los votos necesarios.
Es posible que las negociaciones no fructifiquen y no se alcancen los 61 votos necesarios para gobernar. En dos ocasiones anteriores (abril y septiembre de 2019), ningún candidato logró formar gobierno, y Netanyahu continuó como primer ministro en funciones, lo que condujo a elecciones anticipadas en 2020. Si nadie obtiene 61 apoyos, el gobierno en funciones podría continuar.
En esencia, hay cuatro posibles resultados para este proceso electoral que la UE, institución que rara vez felicita a Israel, alabó como ejemplo de “vibrante democracia israelí”. El primero es una coalición que reúna al menos 61 de los 120 miembros de la Knesset. El segundo es un gobierno de minoría apoyado por los partidos árabes desde fuera. El tercero es un gobierno de unidad nacional con los partidos más grandes, sin participación de religiosos ni árabes. El cuarto es el estancamiento y la convocatoria a nuevas elecciones.
Frente a este último escenario, el presidente de Israel, Isaac Herzog, ha pedido negociar “con la mente abierta”. Su cargo es ceremonial, pero tiene discrecionalidad para designar a quien tenga más posibilidades de formar una coalición mayoritaria, no necesariamente al partido más votado. El proceso puede durar meses: el primer designado dispone de 28 días, luego pueden asignarse otros períodos, y al final hay un límite de 21 días. Si nadie logra formar gobierno, la Knesset se disuelve y se convoca a elecciones en 90 días. Por tanto, Netanyahu podría continuar como primer ministro hasta nuevas elecciones.
Al momento de escribir este análisis, con casi el 90% de los votos escrutados, el bloque de Netanyahu suma 53 escaños, el de Eisenkot 48 y los partidos árabes 19. Faltan aproximadamente 12 bancas por distribuir. El umbral para entrar en la Knesset es del 3,25% de la votación. Participó el 77% de los electores. Aún faltan por contabilizar entre 430.000 y 480.000 votos de soldados, presos y diplomáticos (el llamado “doble sobre”). Es probable que el Likud siga siendo el partido más votado, con sus mejores resultados en ciudades castigadas por la guerra.
El tercer escenario, el de la unidad nacional, es extremadamente difícil por la polarización y por el rechazo personal hacia Netanyahu por parte de líderes de derecha como Naftali Bennett y Avigdor Lieberman. También Benny Gantz, exgeneral y exministro de Defensa, retiró a su partido Azul y Blanco de esta elección. En marzo de 2020 formó un gobierno de emergencia y rotación con Netanyahu, pero luego denunció incumplimientos. El rechazo personal es un factor político tan fuerte como el acercamiento.
A juicio de este análisis, el escenario más difícil pero el que Israel necesita es un gobierno de unidad nacional para abordar los grandes temas que requieren un consenso amplio, similar al que existió tras la Guerra de los Seis Días, cuando Israel ofreció devolver territorios a cambio de paz, oferta rechazada por la Liga Árabe.
Israel necesita hoy un gran consenso en varios frentes. Además de la Comisión Investigadora del 7 de octubre, donde fallaron el gobierno, el Estado, las FF.AA. y los cuerpos de seguridad, y de las acusaciones de corrupción contra Netanyahu, se requiere una Constitución escrita para resolver disputas entre poderes (ejecutivo y judicial) y dar legitimidad a un país profundamente dividido. También debe definirse una posición consensuada frente a Gaza y la Autoridad Palestina, un plan político del que Israel ha carecido durante la guerra. Asimismo, transformar el acercamiento con países árabes sunitas en una alianza real.
De cara a las elecciones presidenciales de 2028 en EE. UU., se necesita un consenso sobre la relación bilateral. Cualquiera que sea el candidato demócrata, su posición estará entre el distanciamiento y la hostilidad, dado el cambio en la opinión pública estadounidense hacia Israel. Si Vance es el candidato republicano, las opciones no son gratas por su rechazo al involucramiento exterior.
Otro tema urgente es la imagen internacional. Israel triunfó militarmente en una guerra de siete frentes, pero sufrió una derrota en propaganda que afecta la seguridad nacional. Un país con tanto éxito en innovación, ciencia y tecnología debe organizarse para competir también en el ámbito de la comunicación en la era de la IA.
Por último, esta elección demuestra una vez más la necesidad de reformar el sistema electoral israelí, que no genera gobiernos estables ni permite que la voz del pueblo defina claramente quién debe gobernar. Al maximizar la representación, a menudo complica el escenario en lugar de clarificarlo.
No comparto la opinión de que Israel cambiará mucho sin Netanyahu, quien tuvo un desempeño electoral superior al esperado. Quienes ven el mundo en términos de “buenos” y “malos” se equivocan. Con o sin él, Israel cambiará muy poco en guerra y política exterior, porque son temas de Estado que no define una sola persona.
Sin embargo, esos temas necesitan consenso y un líder que los encabece sin la pasión ni el conflicto de interés que rodea a Netanyahu. No dudo de su total entrega y compromiso, pero Israel necesita una nueva etapa. Como dijo Albert Einstein: “No podemos resolver problemas de la misma forma que los creamos”.
Fuente: Infobae