La calidad del aire no respeta fronteras. A menudo se piensa que la contaminación atmosférica es un asunto local, vinculado al tráfico vehicular, la industria o los incendios de una zona específica. Sin embargo, los fenómenos meteorológicos permiten que ciertos contaminantes viajen miles de kilómetros y terminen afectando lugares muy distantes de su origen.
Esa circulación a gran escala dificulta identificar los factores que determinan la salubridad del aire en cada rincón del planeta. Para entenderlo, es necesario observar la atmósfera como un sistema interconectado, donde las altas temperaturas, las emisiones humanas y los incendios forestales juegan un papel clave.
El nuevo informe Atmosphere Watch, elaborado por el Servicio de Monitoreo Atmosférico de Copernicus, analiza esta dinámica durante 2026 y detalla cómo el ozono, el humo y el polvo se trasladaron entre continentes. El documento sitúa la calidad del aire dentro de un problema que involucra salud pública, clima y políticas de reducción de emisiones.
Impacto global del ozono troposférico
La contaminación no golpea a todos por igual, pero el balance de los primeros ocho meses de 2026 muestra una magnitud alarmante: casi dos de cada cinco habitantes del planeta respiraron aire con niveles peligrosos de ozono, según los criterios de la Organización Mundial de la Salud. Solamente el 5% de la población estuvo expuesta a concentraciones consideradas buenas.

Durante 2026, el calor extremo y las emisiones generadas por actividades humanas coincidieron en varias regiones, afectando directamente el aire que respira la gente. El contaminante que dominó esta evaluación fue el ozono troposférico, que se forma cerca de la superficie terrestre. En esas condiciones, puede dañar la salud, los ecosistemas y el rendimiento de los cultivos.
Su impacto depende de la altitud. En la estratosfera, protege de la radiación ultravioleta; en la superficie, es un contaminante. Se genera cuando los óxidos de nitrógeno y los compuestos orgánicos volátiles, emitidos por el transporte y la industria, reaccionan con la luz solar. Las olas de calor aceleran ese proceso químico.

La exposición fue particularmente alta en Asia, donde nueve de cada diez habitantes estuvieron sometidos a concentraciones peligrosas. El informe vincula esto con la densidad poblacional y las numerosas fuentes de precursores del ozono. En América del Norte, más de dos tercios de la población experimentaron niveles deficientes, muy deficientes o extremadamente deficientes, mientras que en Europa esa cifra alcanzó la mitad.
Las cifras variaron en otras zonas. Toda la población de Oceanía registró niveles buenos o aceptables. Esa situación también se dio en más del 81% de los habitantes de América del Sur y en el 56% de la población africana.
El deterioro no se limitó al ozono. El monitoreo de Copernicus documentó columnas de humo de incendios forestales en América del Norte que cruzaron el Atlántico y llegaron a partes de Europa. Ese transporte se sumó a las fuentes locales de partículas finas PM 2,5, que miden 2,5 micras o menos y pueden penetrar profundamente en el sistema respiratorio.
También se registraron repetidas intrusiones de polvo sahariano hacia el sur de Europa, incluidas las islas Canarias, y sobre el Atlántico Norte. Tanto el humo como el polvo demuestran que la contaminación medida en una ciudad o región puede estar ligada a eventos ocurridos a miles de kilómetros.
“La contaminación por ozono es un claro recordatorio de la interconexión entre nuestra atmósfera, el clima, la salud y nuestros medios de subsistencia”, afirmó Laurence Rouil, directora de CAMS en un comunicado. Añadió que el contaminante y el cambio climático afectan la calidad del aire, los ecosistemas y la capacidad de cultivar alimentos.
La Agencia Europea de Medio Ambiente señaló que la calidad del aire mejoró en Europa en las últimas dos décadas, gracias a normas que redujeron emisiones. Sin embargo, en 2024 más del 12% de las estaciones que reportaron datos registraron concentraciones de partículas PM10, ozono y benzo[a]pireno por encima de los estándares de la Unión Europea.
La brecha es aún mayor frente a las recomendaciones de la OMS, que son más estrictas que las normas comunitarias. Más de nueve de cada diez habitantes urbanos de la Unión Europea estuvieron expuestos a niveles superiores a los valores de referencia del organismo sanitario.

La reducción de emisiones, clave para mejorar el aire
Los datos de Copernicus indican que el monitoreo de la contaminación debe combinar mediciones locales con una perspectiva global. Dorota Jarosińska, directora del programa del Centro Europeo de la OMS para el Medio Ambiente, el Cambio Climático y la Salud, señaló que los datos de CAMS ayudan a cubrir zonas donde escasean las estaciones terrestres.
Según el comunicado, esa información puede fortalecer los sistemas de alerta sanitaria y las evaluaciones de riesgo en lugares sin datos locales. Ian Marnane, jefe de la Unidad de Medio Ambiente y Salud de la Agencia Europea de Medio Ambiente, sostuvo que la combinación de monitoreo terrestre, información satelital y pronósticos sobre el traslado de contaminantes a larga distancia es necesaria para respaldar respuestas nacionales y regionales.
La Unión Europea fijó normas revisadas de calidad del aire que deben cumplirse antes del 1 de enero de 2030. A partir de 2026, los Estados miembros deben implementar planes de acción cuando las concentraciones de contaminantes superen los niveles definidos en esos estándares. La evaluación de la Agencia Europea de Medio Ambiente aclara que sus registros actuales no constituyen una verificación de cumplimiento, sino una referencia sobre la distancia que falta.

El escenario también depende de la evolución del clima. El Informe sobre la Brecha de Emisiones 2026 de Naciones Unidas plantea que, para limitar el sobrecalentamiento a un máximo de entre 1,7 °C y 1,8 °C hacia mediados de siglo y regresar a 1,5 °C o menos en 2100, las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero deberían reducirse un 18% para 2030, un 45% para 2035 y un 69% para 2040, en comparación con los niveles de 2025.
El documento advierte que la aplicación plena de los compromisos nacionales actuales reduciría las emisiones entre un 5% y un 8% para 2030. Bajo esas previsiones, el mundo se encaminaría hacia un calentamiento de 2,6 °C durante este siglo.
Reducir las emisiones de combustibles fósiles y de compuestos que favorecen la formación de ozono puede incidir tanto en el calentamiento global como en la calidad del aire. El informe de Naciones Unidas también destaca la necesidad de disminuir las emisiones de metano, un gas de efecto invernadero que contribuye al aumento de la temperatura.
Con los datos de 2026, Copernicus deja claro que el aire que respiramos en cada región está condicionado tanto por fuentes cercanas como por procesos atmosféricos globales. La preparación de planes de calidad del aire, el monitoreo sostenido y la reducción de emisiones aparecen así como medidas complementarias frente a un problema que no conoce fronteras.
Fuente: Infobae