Franceska Mann: la bailarina que desafió a los nazis en Auschwitz

Aquella noche del 23 de octubre de 1943, en el vestuario del Crematorio II de Auschwitz-Birkenau, una mujer de 26 años llamada Franceska Mann se apoyó contra una columna de concreto. Levantó ligeramente el pie, como si fuese a quitarse el zapato. Frente a ella, los suboficiales SS Josef Schillinger y Walter Quackernack la observaban con atención. Llevaban látigos colgando de las muñecas y tenían los brazos en jarra. Ella ya se había quitado la blusa y estaba en corpiño. Alrededor, decenas de mujeres judías recién llegadas en un transporte desde Bergen-Belsen se negaban a desvestirse.

Los SS les habían mentido. Les dijeron que debían desinfectarse antes de cruzar la frontera hacia Suiza. Algunas mujeres creyeron el engaño y ya habían entrado a la cámara de gas. Las que quedaban, de pie, no se movían. Filip Müller, miembro del Sonderkommando judío, estaba presente. Desde su puesto contra la pared, observaba todo. En su libro Eyewitness Auschwitz, escrito décadas después, reconstruyó lo que presenció.

Müller contó que, tras unos minutos de vacilación, los SS comenzaron a empujar hacia la cámara de gas a las mujeres que ya se habían desvestido. Querían despejar el espacio para ocuparse de las que resistían. Más de la mitad del grupo terminó encerrada. Las que permanecían en el vestuario parecían querer ganar tiempo. Pero, como escribió Müller:

«Cada fase, desde su llegada a la rampa hasta el momento en que eran empujados a la cámara de gas, se llevaba a cabo deliberadamente a toda velocidad, sin dejar a las víctimas tiempo para pensar o tomar decisiones.»

Franceska Mann actuaba con regularidad en óperas, cabarets y en el club nocturno Melody Palace de Varsovia

Los SS Quackernack, Schillinger, Voss, Boger, Emmerich, Gorges, Hustek, Kurschuss, Ackermann y otros salieron del vestuario y volvieron armados con bastones. El Lagerführer Schwarzhuber les había autorizado a actuar de la manera habitual. La amabilidad fingida se acabó. Las órdenes eran secas y brutales: «¡Desvístanse! ¡Rápido! ¡Prepárense para el baño! ¡Vamos, vamos!»

Las mujeres no obedecieron. Los SS se pusieron nerviosos. Abrieron las fundas de las pistolas y se acercaron amenazantes. Comenzaron a gritar y, al no obtener respuesta, a golpear a ciegas. El caos se apoderó del vestuario. Muchas mujeres sangraban. Finalmente, las que quedaban entendieron que resistirse era inútil y empezaron a desvestirse. Los SS dejaron de golpear.

Quackernack y Schillinger caminaban pavoneándose frente a la multitud humillada. Entonces se detuvieron. Lo que ocurrió después, según Müller, fue como un relámpago. Franceska Mann agarró su zapato de tacón y lo estrelló contra la frente de Quackernack. El SS se cubrió la cara. En ese instante, ella se lanzó sobre él y le arrebató la pistola de la funda.

Schillinger gritó y cayó al suelo. Dos disparos le dieron en el estómago. Un tercer disparo dirigido a Quackernack falló por poco. La mujer desapareció entre la multitud de cuerpos semidesnudos. Los SS, aterrados, se arrastraron hacia la salida. Schillinger quedó tirado, sin atención. Cuando unos guardias volvieron a recogerlo, sonó otro disparo. Uno de los SS que cargaban a Schillinger soltó el cuerpo y salió rengueando. Franceska Mann tenía 26 años. En cuestión de horas, estaría muerta.

Como todos los judíos de Varsovia, Franceska fue obligada a trasladarse al gueto

La bailarina que llenaba salas en Varsovia

Franciszka Manheimer nació el 4 de febrero de 1917 en Varsovia, en el seno de una familia judía acomodada. Desde niña mostró pasión por el ballet. Sus padres la inscribieron en la escuela de danza de Irena Prusicka, una de las más prestigiosas de Polonia. Allí estudió danza clásica, moderna y claqué. El público la conoció con el nombre artístico de Lola Horovitz.

En 1939, antes del estallido de la guerra, participó en la Competición Internacional de Danza de Bruselas, donde obtuvo el cuarto puesto entre 125 bailarinas. El Museo del Gueto de Varsovia la describió como «una de las bailarinas polacas más prometedoras» de los años treinta. Actuaba con regularidad en óperas, cabarets y en el club nocturno Melody Palace de Varsovia. Incluso apareció en el cortometraje Polki słyną («Las mujeres polacas son conocidas por»). Se casó con el músico Mark Rosenberg y tuvo una hija.

Todo eso terminó en septiembre de 1939, cuando las tropas del Tercer Reich invadieron Polonia. Como todos los judíos de Varsovia, Franceska fue obligada a trasladarse al gueto. Allí se hacinaban 400.000 personas en apenas 3,4 kilómetros cuadrados. El hambre, las enfermedades y la falta de medicinas diezmaban a la población. No hay registros precisos sobre su vida dentro del gueto ni sobre cómo logró salir al lado ario. Lo que se sabe es que sobrevivió a las grandes deportaciones y a la liquidación del gueto en mayo de 1943. Y que, en algún momento de ese mismo año, creyó que podría salvarse.

Tres diamantes por un pasaporte a Paraguay

En la primavera de 1943, corrió un rumor entre los judíos escondidos en Varsovia. En el Hotel Polski, en la calle Długa 29, se podían comprar pasaportes de países sudamericanos. Esos documentos prometían una salida legal del territorio controlado por los nazis. Para quienes llevaban meses ocultos en sótanos, un pasaporte representaba la única esperanza de escapar con vida.

Mann permaneció en el Hotel Polski hasta julio de 1943, cuando los nazis trasladaron al último grupo al campo de Bergen-Belsen, en Alemania

La operación tenía como intermediarios a León Skosowski y Adam Żurawin, dos colaboracionistas judíos que, según el Instituto Histórico Judío Emanuel Ringelblum, trabajaban para la Gestapo. La hipótesis más aceptada desde la posguerra es que todo fue una trampa diseñada por los alemanes para capturar al mayor número posible de judíos que aún vivían en Varsovia. Más de 2.500 judíos escondidos creyeron la promesa.

Franceska fue uno de ellos. Permaneció en el Hotel Polski hasta julio de 1943, cuando los nazis trasladaron al último grupo al campo de Bergen-Belsen, en Alemania. Allí los instalaron en un sector especial para los llamados «judíos de intercambio», prisioneros que supuestamente serían canjeados por ciudadanos alemanes retenidos por los Aliados.

Un experto del equipo de Adolf Eichmann, el doctor Seidl, de la Oficina Central de Seguridad del Reich (RSHA), examinó la documentación. A los judíos les informaron que serían llevados al campo de Bergau, cerca de Dresde, y que su equipaje los seguiría. A mediados de octubre de 1943, unos 1.800 de ellos fueron subidos a un tren. El destino final era Auschwitz.

Cuando el transporte llegó a la rampa de Birkenau el 23 de octubre, los alemanes montaron la última función de la farsa. El Lagerführer Johann Schwarzhuber, jefe del campo de hombres de Birkenau, recibió a la multitud desorientada con un discurso engañoso:

«Damas y caballeros. En nombre de la administración del campo, les doy la bienvenida. Se nos ha instruido para hacer todo lo posible por acelerar su partida al extranjero. Con ese propósito, un representante del Ministerio está con nosotros y les explicará cómo continuará el resto de su viaje.»

El supuesto representante del Ministerio de Relaciones Exteriores era Franz Hössler, Obersturmführer y líder de la custodia preventiva del campo de mujeres de Birkenau. Hössler continuó el engaño: «Damas y caballeros, he recibido instrucciones del Ministerio de Relaciones Exteriores para organizar su viaje a Suiza. Esta es la última parada en territorio del Tercer Reich. Los trajimos aquí porque las autoridades suizas insisten en que todos sean desinfectados antes de cruzar la frontera. Tenemos nuestras propias instalaciones aquí para procedimientos de desinfección a gran escala». Señaló el Crematorio y añadió: «En este edificio se ha instalado una gran casa de baños, adonde irán después. Después de la ducha, tengan sus documentos de viaje a mano para asegurarse de que hayan sido desinfectados«.

Soldados nazis en las calles de Varsovia

Hössler mostró carteles con letras del alfabeto, de la A a la Z, y explicó que después de la ducha debían formarse detrás del cartel con la inicial de su apellido para recibir un certificado. Cerró con una advertencia: «Recuerden que las vías del tren a menudo están bloqueadas por acciones terroristas enemigas. Así que dense prisa si quieren salir de aquí rápido«.

Hombres y mujeres fueron separados. Ellas fueron conducidas al Crematorio II; ellos, al Crematorio III. Lo que encontraron adentro no era una casa de baños. Filip Müller recordó que, en la oscuridad del vestuario, un hombre se acercó a los prisioneros del Sonderkommando y les dijo, agitado:

«No entiendo de qué se trata todo esto. Después de todo, tenemos visas de entrada válidas para Paraguay y, además, le pagamos a la Gestapo una gran cantidad de dinero para obtener nuestros permisos de salida. Yo entregué tres diamantes que valían al menos 100.000 zlotys. Y esa joven bailarina, la que disparó hace un rato, ella tuvo que pagar mucho más.»

La puerta se cierra desde adentro

Lo que siguió al primer disparo de Franceska Mann fue una reacción en cadena. Las mujeres del vestuario se lanzaron sobre los SS. Según el relato de Jerzy Tabeau, un prisionero polaco que logró escapar de Auschwitz y declaró ante el Tribunal Militar Internacional de Núremberg, a un guardia SS le rompieron la nariz y a otro le arrancaron el cuero cabelludo. Las mujeres cerraron la puerta del vestuario desde adentro e intentaron llegar al corredor para escapar.

Müller, atrapado en la misma sala, describió lo que vino después: las luces se apagaron, la oscuridad fue total, la gente corría sin orientación, algunos lloraban, otros rezaban, otros se despedían. Él avanzó a tientas hacia la salida. Cuando llegó, encontró a casi todos sus compañeros del Sonderkommando y a muchos recién llegados, agolpados contra la puerta.

Miles de judíos llegan en tren hasta las puertas de Auschwitz

«Estaban llorando y lamentando su destino, algunos rezaban, otros se despedían unos de otros.»

Afuera, los SS que estaban de guardia habían oído la conmoción y pidieron refuerzos. La puerta se abrió de golpe. Müller quedó cegado por el resplandor de reflectores. Escuchó al SS Voss gritar: «¡Todos los miembros del Sonderkommando, afuera!». Los hombres salieron corriendo al patio. Frente a la puerta del vestuario habían montado dos ametralladoras. Detrás, reflectores. SS con cascos de acero estaban en posición de tiro. Una horda de SS armados se movía por el patio.

Un auto se detuvo. De él bajó el comandante del campo, el SS-Obersturmbannführer Rudolf Höss. Entonces sonaron las ametralladoras. Las mujeres que intentaron esconderse detrás de las columnas o en los rincones fueron encontradas y fusiladas. Mientras la masacre ocurría de un lado de la pared, del otro lado, en la cámara de gas, los SS ya habían arrojado el Zyklon B sobre el grupo que había entrado menos de una hora antes, el grupo que había creído las palabras de Hössler sobre la desinfección y el tren a Suiza que saldría a las siete de la mañana.

Nadie sobrevivió. Ni las que pelearon ni las que obedecieron. Franceska Mann murió esa noche. Tenía 26 años. Según el informe del propio Höss, fue gaseada tras resultar herida durante la revuelta. Otras versiones sostienen que fue abatida a tiros o que se suicidó con la misma pistola para no morir en manos de los nazis. No hay forma de saberlo con certeza, porque ella y casi todos los testigos de su acto fueron asesinados esa misma noche.

Los niños iban directo a la cámara de gas en Auschwitz

El cuerpo que los SS fueron a mirar

A la mañana siguiente, la noticia recorrió el campo. Schillinger había muerto camino al hospital de Katowice. En el sector B2d del campo de hombres, donde era conocido como un sádico brutal, la información fue recibida con satisfacción por muchos prisioneros. El SS-Unterscharführer Wilhelm Emmerich, herido en la pierna, sobrevivió.

El cuerpo de Franceska Mann fue colocado sobre una mesa en la sala de disección del Crematorio II. Los SS fueron a verlo antes de incinerarlo. El cadáver de la bailarina, expuesto en una mesa de metal, cumplía una función: era la prueba de lo que podía pasar si un guardia bajaba la vigilancia, aunque fuera un instante, aunque fuera ante una mujer aparentemente frágil.

Pero la advertencia funcionó en ambas direcciones. Wiesław Kielar, prisionero polaco de Auschwitz, escribió en sus memorias: «Los actos de Franceska Mann empezaron a contarse y a recontarse y a adornarse de varias formas hasta convertirse en una leyenda. Sin duda, ese acto heroico, de parte de una mujer frágil que se encaminaba a una muerte segura, dio apoyo y coraje moral a todos los prisioneros. De repente, nos dimos cuenta de que si nos atrevíamos a alzar el puño contra ellos, ese puño podía matar. Porque ellos también eran mortales».

En el juicio a Adolf Eichmann, celebrado en Jerusalén en la década de 1960, Schillinger fue descrito como uno de los guardias más brutales del campo, un hombre que fue «asesinado por una mujer en un transporte».

En el juicio a Adolf Eichmann, celebrado en Jerusalén en la década de 1960, Schillinger fue descrito como uno de los guardias más brutales del campo, un hombre que fue “asesinado por una mujer en un transporte” (Grosby)

Lo que se sabe, lo que se cree, lo que se cuenta

La historia de la mujer que disparó contra un SS en el vestuario del Crematorio II circuló por Auschwitz de boca en boca. Los sobrevivientes la llevaron consigo cuando el campo fue liberado. Aparece en memorias, declaraciones judiciales y libros de historia. Pero la identidad exacta de esa mujer nunca fue establecida de manera concluyente.

Robert Jan van Pelt, historiador y experto en Auschwitz, explica que hay tres fuentes primarias. La primera es el informe de Jerzy Wesołowski, alias Tabeau, un prisionero que escapó de Auschwitz y redactó un testimonio publicado en 1944 como parte de los Protocolos de Auschwitz. Tabeau describe que las mujeres se defendieron y que un SS llamado «Schiller» murió, pero no identifica a la mujer que tomó el revólver.

La segunda fuente es la declaración de Rudolf Höss del 14 de marzo de 1946, hecha tras ser capturado por los británicos. Höss confirma que quienes se rebelaron fueron mujeres, pero no ofrece detalles. La tercera es la declaración de Stanisław Jankowski, hecha en Polonia en abril de 1945, que menciona a una mujer que le arrebató el revólver a Quackernack y disparó contra Schillinger.

La primera mención de que la mujer podría haber sido una bailarina aparece en 1946, en un texto de Eugen Kogon, superviviente del Holocausto e historiador, que ni siquiera estuvo en Auschwitz sino en Buchenwald. La identificación con Franceska Mann fue construyéndose con el tiempo, a partir de testimonios cruzados, del hecho de que ella viajaba en ese transporte y de la referencia del hombre que habló con Müller en la oscuridad sobre «esa joven bailarina, la que disparó».

Los guardias SS Rudolf Grimm y Fritz Lackner recibieron una medalla por ayudar a sofocar la revuelta. El documento que certifica la condecoración no describe la naturaleza del levantamiento ni ofrece otros detalles.

La novela A Prayer for Katerina Horovitzova, publicada en 1964 por el escritor checo Arnošt Lustig —él mismo sobreviviente de Auschwitz—, cuenta la historia de una joven bailarina retenida como rehén que, al comprender que morirá de todos modos, dispara a sus captores en la puerta de la cámara de gas. La novela fue adaptada al cine en 1965. El apellido del personaje, Horovitzova, es casi idéntico al nombre artístico de Franceska: Lola Horovitz.

Filip Müller cerró su relato de esa noche con una reflexión sobre el mecanismo de la trampa:

«Estos acontecimientos nos enseñaron una vez más que simplemente no había posibilidad de escape una vez que una persona entraba al crematorio. Para entonces era demasiado tarde.»

Fuente: Infobae

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