El Tesla Roadster de Elon Musk, develado el viernes en Texas, tiene un inconfundible parecido a ‘Volver al Futuro’ de 1985. La película de Marty McFly y el doctor Emmett Brown viajaba en un DeLorean con destellos, humo y fuego, ilusionando a millones.
41 años después, Elon Musk materializó esa fantasía: el Tesla Roadster se eleva con propulsores de SpaceX, gira y aterriza envuelto en una nube de aire comprimido, uniendo ciencia y cine.
Esta presentación rescata al inventor, no al empresario que se involucró en batallas políticas con Donald Trump ni al multimillonario que buscaba reducir el gobierno estadounidense y se volvió una figura polarizante.
Tampoco es el mismo que apareció junto a Javier Milei en un acto de la derecha norteamericana blandiendo una motosierra como símbolo contra la burocracia, una imagen exagerada y provocadora al límite de la caricatura.
Es difícil reconocer en esa escena al visionario que diseñó cohetes capaces de regresar a la Tierra y aterrizar verticalmente. Pero es la misma persona: el inventor que sueña con Marte, cohetes reutilizables y transformar nuestra relación con la tecnología.
Allí radica la fascinación de Musk, similar a la película de Robert Zemeckis. Sus extravagancias resultan menos irritantes y sus ansias despiertan una curiosidad casi infantil, de quienes persisten en hacer posible lo que parecía un sueño generacional.

La evolución del automovil tiene historia épica. Henry Ford, a principios del siglo XX, encabezó una gran revolución industrial. No inventó el automóvil, pero con el Ford T y la cadena de montaje móvil en 1913 lo hizo accesible a millones, cambiando ciudades y distancias.
Ford no solo fabricó autos, transformó la organización urbana, las distancias humanas, los viajes y la concepción del tiempo.
Pero una cosa es producir coches en masa y otra hacerlos volar. El problema ya no es solo fabricarlos, sino imaginar un mundo que los integre. El Roadster está lejos de ello: Musk mostró un vehículo que realiza maniobras aéreas breves con propulsores de SpaceX, no un auto que vuele libremente.
Su producción se anuncia para 2028, con enormes desafíos técnicos, de seguridad y regulación. Pero lo más interesante es nuestra reacción: aún no estamos preparados para autos voladores, nos sorprenden los drones y su zumbido, aprendiendo a convivir con máquinas en el aire.
¿Cómo sería una ciudad donde los coches despeguen en esquinas, atraviesen el cielo y aterricen a pocas cuadras? ¿Cómo se organizaría el tránsito, las reglas, el ruido, los accidentes y las rutas aéreas?

Preguntas que aún son más imaginación que realidad. Pero la imaginación existe desde hace mucho: Julio Verne, Isaac Asimov y el cine, como Blade Runner (1982), poblaron el futuro con autos voladores y autopistas aéreas.
Es curioso: soñamos un porvenir que no llegó como esperábamos. Quizá la presentación de Musk tiene nostalgia: para mostrarnos el futuro, recupera las imágenes que soñábamos de niños: DeLorean, ciencia ficción, ciudades futuristas. Todo reaparece en una pista de Texas.
No sabemos si el Roadster será una revolución industrial, un lujo o una demostración de ingeniería. La historia de Ford recuerda que una innovación solo transforma cuando sale del laboratorio y se vuelve cotidiana.
Tampoco sabemos si en 20 o 30 años miraremos al cielo con normalidad. Pero quizá Musk nos recordó algo que la humanidad siempre hace:
imaginar máquinas que aún no existen y después intentar construirlas.
Por un momento, el empresario controvertido, aliado de Trump, el hombre de la motosierra con Milei, desapareció tras una nube blanca. Apareció el personaje que quiere llevarnos al futuro, aunque para conseguirlo haya tenido que regresar al pasado.
Fuente: Infobae