Elon Musk: el magnate que apuesta por el futuro en cada decisión

No suelo simpatizar con los multimillonarios. En democracias, considero que gozan de privilegios aún mayores que aquellos llamados “robber barons”, figuras como Rockefeller, Carnegie, Morgan y otros que en el siglo XIX acumularon fortunas colosales al controlar monopolios que, con el tiempo, fueron regulados por la ley. Los equivalentes actuales me resultan aún menos atractivos: los del pasado solo defendían sus intereses y compraban influencia política; los de hoy, además, intentan imponernos sus propias visiones del mundo, como la de reemplazar la carne de res por insectos para combatir el cambio climático.

La verdad es que no presté atención a Elon Musk hasta hace un par de años. Me llamó la atención que tuviera tan mala prensa, cuando estos personajes suelen recibir una cobertura admirativa. La curiosidad aumentó al ver que, antes de su giro político, era presentado como una especie de paladín de un mundo mejor. Todo contrastaba con la idealización que aún reciben otros ricos como Bill Gates, de quienes se omite su lado oscuro.

Así que empecé a investigar, a leer biografías, y me llevé sorpresas. Su vida personal muestra un entramado familiar de 14 hijos con diferentes mujeres, reflejando en privado el mismo discurso público que alerta sobre la baja natalidad. En algunos casos confirmé mis sospechas, pero en otros aparecía distinto a la imagen de la persona más rica del mundo. No solo opinaba, sino que actuaba de forma diferente a otros dueños de empresas tecnológicas.

Muchos de estos empresarios dirigen compañías convertidas en monopolios naturales, como las de internet, gracias a la Sección 230 de la Ley de Telecomunicaciones (1996), que protege su impunidad al no considerarlos legalmente responsables de lo que se publica en sus plataformas. Esto ha impedido llevarlos a tribunales, aunque la justicia parece empezar a cambiar, algo positivo frente a la discriminación que sufren tecnologías tradicionales como la radio y la TV.

Pensé que Trump, molesto por la censura que sufrió en redes sociales, buscaría derogar la Sección 230, pues muchos académicos la consideran inconstitucional. Sin embargo, no solo me equivoqué, sino que políticos y empresarios se han vuelto aliados para confrontar a China, sobre todo en inteligencia artificial. Hoy existe una amistad que los lleva a visitar la Casa Blanca y a ser invitados a cenas de Estado, como la que recibió a Xi Jinping, o antes cuando Trump los llevó a Inglaterra con Carlos III.

Durante años, Elon Musk tuvo buena prensa y era visto como cercano a los demócratas, sobre todo en California, hacia donde dirigía sus aportes políticos. Todo cambió en la última elección presidencial: Musk se convirtió en uno de los mayores donantes de Trump y participó personalmente en sus actos de campaña.

Elon Musk financió la campaña electoral de Donald Trump y asumió la tarea de reducir el gasto público. (REUTERS/Evan Vucci)

Su entusiasmo llegó al punto de que Trump lo nombró encargado de una promesa clave: reducir el gasto público cerrando el grifo de lo ineficiente y el fraude. Estuvo en el cargo hasta que dos personalidades fuertes chocaron, lo llevó a renunciar. Pero las disputas no son eternas: China y, sobre todo, la IA lo trajeron de vuelta al círculo íntimo. El Pentágono le encargó participar en el diseño de armas del futuro y en el Proyecto Meridian, que busca identificar tecnologías clave para los próximos conflictos.

Su nombre resuena en el mundo entero no solo por su rol en EE.UU., sino también por la adquisición de Twitter —ahora X— y sus conflictos con la Unión Europea y en Brasil con el juez Alexandre de Moraes. La visibilidad de Musk y las pasiones que despierta me llevaron a buscar un hilo conductor que explique sus acciones. Hace poco descubrí que la dimensión del futuro es la clave para entenderlo: está incorporada tanto en sus decisiones personales como en las de sus empresas.

Me cuento entre quienes sienten curiosidad por el futuro, no solo por necesidad de saber, sino porque el futuro —previsible o imprevisible— es un viaje que solo se detiene con la muerte. Existe una disciplina llamada Prospectiva, a la que dediqué años en el Instituto de Ciencia Política de la Universidad de Chile.

Un horizonte se abrió cuando escuché a un académico estadounidense iniciar una conferencia con una frase que anoté de inmediato:

“Me preocupo del Futuro porque pasaré allí el resto de mi vida”.

Esa gran verdad hace lamentable que la dimensión futura figure poco en las decisiones colectivas de muchos países, quizás exceptuando a China.

A menudo buscamos razones complicadas para incorporar el futuro en nuestras decisiones, pero en realidad está instalado en nuestras actividades diarias. Salimos de casa o del trabajo esperando que nada nos pase; cruzamos la calle confiando en que no seremos atropellados. Todos los días tomamos decisiones de futuro sobre nuestra vida, carrera y familia, desde subir al ascensor hasta enfrentar situaciones complejas. La mayoría de nuestras decisiones cotidianas implican una anticipación correcta; de otro modo, la vida no podría fluir.

Eso es lo que noto en Elon Musk: en las empresas que ha creado, las causas que ha abrazado y hasta en sus decisiones familiares, ha incorporado la dimensión del futuro. Lo hace de forma cotidiana, a veces sin ser consciente. Quizás parte de su éxito radica en ello.

Lo veo en sus primeras empresas pioneras en internet, cuyas ventas le permitieron invertir en lo que parecía aventurero y luego se convirtió en Tesla, que no solo fabrica vehículos eléctricos, sino también energía solar y almacenamiento. También en Starlink, esa constelación de satélites en órbita baja que provee internet global de alta velocidad, crucial para la Patagonia, para superar bloqueos en Irán y para que Ucrania use drones contra la invasión rusa.

El Pentágono encomendó a Elon Musk la participación en el diseño de armas y en el Proyecto Meridian. (Photographer: Adam Gray/Bloomberg)

Esa dimensión también está en SpaceX, la empresa aeroespacial que permite a EE.UU. estar presente en la carrera espacial tras años sin apoyo de la NASA. De ahí surgen apuestas como la colonización del espacio, la presencia en la Luna y el sueño de “una ciudad autosuficiente en Marte”. Tras el ensayo exitoso del cohete gigante de SpaceX, se anunció un próximo vuelo que culminaría capturando el vehículo en la torre de lanzamiento mediante brazos mecánicos. La atención periodística ha vuelto a los viajes espaciales, ahora en manos de la competencia entre multimillonarios: Musk, Jeff Bezos (Amazon) y Richard Branson (Virgin Group). La ventaja del sudafricano es el Starship, especialmente si se convierte en un cohete reutilizable y abarata la puesta de satélites en órbita.

La dimensión del futuro acelera su plan hacia la Luna y Marte. Todo depende del abastecimiento de combustible, cuya solución consiste en cargarlo cuando la nave ya está en órbita. De ahí la apuesta por una base espacial de cien mil millones de dólares, con 10 plataformas en la costa del Golfo de Luisiana para soportar cientos de vuelos del Starship. Esa base, conocida como Starbase, concentraría la fabricación de combustible y los lanzamientos.

También está en Neuralink, la empresa de neurotecnología que promete que personas paralíticas vuelvan a caminar o ciegos puedan ver gracias a implantes cerebrales. Y en The Boring Company, dedicada a túneles para transporte rápido con vehículos eléctricos en ciudades densas.

Esta dimensión se refleja en la adquisición de Twitter para transformarlo en X, donde Musk puso su bolsillo al mismo nivel que su boca, pagando un precio superior al del mercado para apoyar su visión de libertad de prensa y opinión. Como usuario, noto que la red ha mejorado, aunque el proyecto de convertirla en una aplicación integral aún está en marcha.

SpaceX proyecta la fundación de una ciudad en Marte mediante el uso del cohete Starship. (REUTERS/Callaghan O'Hare/File Photo)

Donde la dimensión del futuro será puesta a prueba es en la Inteligencia Artificial Generativa. Allí cobra vida Grok, no solo para usuarios y redes sociales, sino como integración de lenguaje, análisis de datos e infraestructura para las empresas de su ecosistema, en busca de automatización y comprensión del universo. Dados los contratos de Musk con la NASA y el Pentágono, creo que cometió un error al anunciar que SpaceXAI cambiaría su nombre a SpaceXSI para centrarse en la Superinteligencia, siguiendo la propuesta de Trump de rebautizar la IA.

Me llama la atención que sea la persona más rica del mundo. Su relación con el dinero parece más saludable de lo que se cree: no es Rico McPato, sino que lo aprecia como medio para desarrollar sus proyectos. Su riqueza proviene del éxito de sus apuestas en el mercado, a veces solitarias, y se mide en el vaivén de las acciones. Titulares han informado que su patrimonio ganó US$ 61.000 millones o que las acciones de Tesla y SpaceX sufrieron un desplome pasajero de 1,05 billones a 987.000 millones en tres jornadas. No debería preocuparle, pues la diferencia con el segundo, Jeff Bezos, es de muchos miles de millones. Ese dinero no está en sus bolsillos, sino en el valor de sus empresas y la confianza en que se incrementará. Su apuesta por la electricidad y el litio en baterías hace que Tesla valga más que todas las otras automotoras, pese a la campaña en contra por su apoyo a Trump.

Sin embargo, Musk no es considerado el hombre más rico de la historia. Para los historiadores económicos, ese título corresponde a Mansa Musa (1280-1337), emperador de Malí, cuya fortuna en dólares actuales superaría la de Musk, quizás incalculable, ya que su imperio dominaba la producción y exportación de oro y sal (de la sal proviene la palabra “salario”). Esta opinión es confirmada por Gemini, el asistente de IA de Google.

Si los seres humanos somos curiosos sobre el futuro, no es por razones abstractas, sino prácticas: es la parte de nuestras vidas que puede ser modificada por nuestras acciones y omisiones. Ni el pasado ni el presente pueden jactarse de lo mismo. El futuro es aquello que aún no ha ocurrido, que puede moldearse y cambiarse, y en Musk es visible hasta en sus cambios de opinión, algo que desconcierta o molesta a ciertas personas.

La pregunta siguiente es si el futuro se puede conocer. En culturas antiguas, incluso primitivas, se anticipaban consecuencias de fenómenos regulares como cometas o eclipses. Esa inquietud culminó en el siglo pasado en la prospectiva o investigación de futuros, en plural, pues el futuro se entiende mejor mediante escenarios. Hoy, muchas personas trabajan anticipando aspectos parciales: crecimiento poblacional, cambio climático, resultados electorales, aceptación de productos.

Advertir que alguien como Elon Musk ha incorporado el futuro en sus decisiones ayuda a entender por qué tantos inversionistas se interesan en sus empresas. No habla bien de que esta faceta se haya escapado a algunos biógrafos o exempleados.

No ha sido habitual incorporar la variable del futuro en nuestras decisiones; no figura en grandes mitologías: ni griega, ni romana, ni orientales, ni nórdicas. En nuestra evolución cultural, pasamos de ver el futuro como una sentencia divina a verlo como un abanico de escenarios, pero persiste la idea de que no puede moldearse a nuestro antojo, que el destino decide por encima de los dioses. De ahí que hay dioses para el viento, el mar o la guerra, pero no para el futuro. Se recurre a la profecía y oráculos, pero el futuro sigue siendo cíclico, un regreso al pasado.

Elon Musk ha incorporado a todas las facetas de su vida la dimensión del futuro (Europa Press)

Esa idea es tan fuerte que lo que aporta Musk no es una elaboración intelectual, sino haber incorporado el futuro a su cotidianeidad. Se ve en sus empresas, donde la dimensión futura siempre está presente. Quizás eso no lo han entendido quienes apuestan en su contra en la bolsa. Como figura pública, el exceso de optimismo lo lleva a pronósticos sin base, como que los robots y la IA podrían elevar la producción y permitir “una renta universal alta” para todos, presentándola como un derecho garantizado, lo cual es poco serio y muestra sus debilidades en ciencias sociales.

Conviene tenerlo presente cuando el encuentro de la IA con el futuro obliga a todos al cambio más difícil: el de conceptos e ideas. Enfrentamos la casi segura convivencia con máquinas inteligentes y la colonización del espacio. Necesitaremos comprender un mundo que viene hacia nosotros. Nadie sabe si mejor o peor, solo diferente, y donde la facultad de pensar sigue siendo exclusivamente humana.

Un mundo donde advierto pocos líderes políticos participando en su construcción, a diferencia de Elon Musk.

Fuente: Infobae

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