Porter y Krugman chocan: ¿qué define la competitividad hoy?

Tras la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989, múltiples ensayos académicos analizaron las razones políticas y económicas del fin de la Unión Soviética. La mayoría apuntaba a la combinación de ansias de libertad democrática y los problemas de una economía centralizada dependiente del petróleo.

La drástica reducción de los precios del crudo en la segunda mitad de los 80 dejó a la URSS sin suficientes divisas para sostener a sus países satélites en Europa del Este. Así, el gasto militar para competir con Estados Unidos, desde 1945, se tornó insostenible.

Poco antes de la caída del muro, Francis Fukuyama, entonces subdirector de planificación política del Departamento de Estado, publicó en The National Interest el artículo «¿El fin de la historia?», que generó intenso debate.

Fukuyama argumentó que el colapso soviético demostraba que la democracia liberal y el capitalismo de mercado eran la forma definitiva de organización humana, consagrando a Estados Unidos como ganador de la Guerra Fría.

China combina una política industrial agresiva con subsidios estatales que impulsan a sus empresas y generan tensiones en los mercados internacionales (Kenny Holston/Pool via REUTERS)

En este contexto de transformaciones, Michael Porter, profesor de Harvard, lanzó en 1990 su ensayo «La ventaja competitiva de las naciones», aún referencia en universidades.

Porter sostiene que la economía clásica, basada en ventajas naturales, ya no explica la riqueza de las naciones. Su idea central: la prosperidad se crea, no se hereda, mediante productividad e innovación.

El director del Instituto de Estrategia y Competitividad de Harvard distingue factores básicos (recursos naturales, ubicación geográfica y mano de obra no calificada) de factores avanzados (investigadores especializados, infraestructura tecnológica y conocimiento técnico sofisticado).

Asigna a los gobiernos el rol de catalizadores, mejorando educación, ciencia e infraestructura. Enfatiza que el desarrollo no depende de devaluar la moneda o subsidiar, sino de producir bienes y servicios de mayor valor.

Estas ideas recibieron críticas, especialmente de Paul Krugman, de la Universidad de Yale, Premio Nobel de Economía 2008.

Para Krugman, doctorado en el MIT, lo crucial es el crecimiento de la productividad interna, no la conquista de mercados externos ni una balanza superavitaria.

Porter acierta al señalar clusters locales de conocimiento y confianza como ventajas duraderas; Krugman advierte que no todo desarrollo depende del comercio exterior.

La prosperidad nacional depende de la productividad y la capacidad de innovación empresarial

Surge la pregunta: si la prosperidad se concentra en polos de innovación, ¿qué pasa con regiones y sectores excluidos? Ejemplo: el conurbano bonaerense.

El reto es perfeccionar la burocracia pública para diseñar normas ante el avance de la inteligencia artificial. Una política industrial sin instituciones fuertes no crea competitividad, sino subsidios ineficaces que pueden alimentar inflación y distorsionar recursos.

China parece sintetizar a Porter y Krugman: su política industrial agresiva genera industrias globales, pero los subsidios masivos exportan costos en forma de competencia desleal, sobreoferta y tensiones geopolíticas.

Pascal Lamy, exdirector de la OMC (2005-2013), señala que según la OCDE, las empresas chinas recibieron entre 2005 y 2024 de tres a ocho veces más ayudas estatales que las de países OCDE.

Lamy afirma que el apoyo público explica el 60% del aumento de la participación de mercado mundial de las empresas chinas desde 2005. El FMI estima que el gasto chino en política industrial alcanza el 4% de su PIB anual.

Fuente: Infobae

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