Entre mazos y recuerdos: las cangrejadas reúnen a las familias y mantienen viva la memoria de Guayaquil

La mesa forrada con periódico, el mazo y la tabla listos antes de servir la olla caliente que llega al centro y anuncia el comienzo del festín. Para los más chicos puede quedar el recuerdo del abuelo que les abre una pata y les entrega la carne, mientras los mayores conversan y alguien se levanta por más arroz, cocolón o salsa criolla.

En una casa guayaquileña, comer cangrejo puede ser la razón para convocar a quienes llevan meses tratando de coincidir. Hay que comprar, cocinar y acordar una hora en la que todos puedan llegar.

La comida tampoco se resuelve rápido; cada pieza obliga a usar las manos y a seguir conversando. Lo que queda puede terminar en una sopa durante los días siguientes y quien alguna vez necesitó ayuda para abrir una tenaza aprende después a hacerlo por sus hijos.

El cangrejo ya estaba incorporado a la cotidianidad de la ciudad durante las primeras décadas del siglo pasado. El documental De Guayaquil a Quito, filmado en 1929, conserva imágenes del antiguo Mercado Central en las que se observa su venta, cuando las compras todavía se pagaban en sucres.

Los establecimientos especializados llegarían después. El Auténtico Cangrejal Ochipinti abrió en 1945 y permaneció así durante más de ocho décadas.

Casi cuatro décadas después de su apertura, otra historia comenzó en el sector del parque La Victoria, primero con un banquito y una nevera usada.

Martha Vilaña Ron había visto vender cangrejos a su madre desde el zaguán de su vivienda. Ella dejó de hacerlo cuando enfermó y posteriormente se dedicó a vender morocho junto con una hermana. Martha ya estaba casada cuando recordó a los clientes que buscaban a su mamá y le planteó a su esposo retomar la actividad.

El nacimiento de Cangrejales Marthita
Así nació Cangrejales Marthita en 1984. “Pusimos un banquito y una nevera viejita y así comenzamos”, recuerda Vilaña. En esos primeros años preparaban cangrejo criollo y ensalada de cangrejo, antes de ampliar el menú que actualmente ofrecen.

El puesto ocupaba una esquina cercana a cooperativas y negocios que funcionaban en el sector. Sus trabajadores estuvieron entre los primeros comensales y, cuando esas oficinas se trasladaron, continuaron regresando. El crecimiento permitió que Martha y su esposo alquilaran un local cercano, compraran mesas, sillas y equipos para atender a una clientela que aumentaba.

Martha recuerda haber llegado a vender 60 planchas de cangrejo y contar con más de 30 trabajadores. Manuel, quien ingresó durante aquella etapa, continúa trabajando con ella. Su esposo falleció hace 28 años y Vilaña permaneció al frente del establecimiento, que en 2026 cumple 42 años.

La cangrejada como motivo de reencuentro
Las razones para sentarse a comer siguen siendo personales. Stefania Bermeo, de 38 años, llevó a sus hijos porque Anthony, de 21, había vuelto a Guayaquil para visitarla durante una semana. Antes de que regresara a la ciudad donde estudia, ella quiso despedirlo con uno de sus platos preferidos.

“Es un día muy especial, ya que mi hijo vino de visita y quiero darle lo que más le gusta. Cada vez que viene para acá le encanta el cangrejo”, cuenta. Durante la salida pidió que les tomaran fotografías. “Para mí es compartir con ellos. Me queda el recuerdo de saber que saqué a mis hijos a comer lo que más les gusta, consentirlos”, agrega.

Danny Fuentes recuerda que sus primos y tíos, que llevaban tiempo sin encontrarse, acordaron hacer una cangrejada para volver a verse. Para él, esa convocatoria evitó que el próximo encuentro tuviera que esperar hasta una circunstancia familiar difícil.

“El cangrejo para los guayaquileños significa tradición. Realmente es de lo más rico que tiene nuestro país. Es compartir en familia”, cuenta. Uno de esos encuentros ocurrió cuando primos y tíos que llevaban tiempo sin verse decidieron organizar una cangrejada.

“Yo siempre he dicho que a veces la familia se une cuando lamentablemente ya no está un familiar. En esa ocasión nos reunimos para hacer una cangrejada y reencontrarnos con primos y tíos que casi no se veían”, relata.

Después ocurrió algo parecido durante una reunión de amigos, cuando volvió a encontrarse con una persona a la que llevaba tiempo sin ver.

Karen Pacheco llegó a Marthita acompañada por compañeras. Es clienta recurrente y, esta vez, la elección respondió simplemente a las ganas de conversar fuera de las ocupaciones diarias. “Es una oportunidad de poder reunirse. En nuestro caso, venimos entre compañeras, pero puede ser en familia, salir un poco de la rutina, pasar un momento y conversar”, señala.

Cuando se le pregunta si el guayaquileño es cangrejero, responde firmemente: “El que no come cangrejo y con carapacho no es un verdadero guayaco de corazón”.

Durante 42 años, Martha ha recibido clientes procedentes del centro, norte y sur de Guayaquil, además de personas que llegan desde Quito buscando cangrejo. Ella continúa al frente del local y parte de su familia se ha incorporado al trabajo, incluida una sobrina que actualmente participa en la atención. (I)

FUENTE EL UNIVERSO

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