El retinol, el ácido hialurónico, la vitamina C, los sérums y los productos antiaging ya no son términos exclusivos de adultos. Cada vez con más frecuencia, niños y adolescentes incorporan estas palabras a su vocabulario. Las plataformas digitales han popularizado las rutinas de cuidado facial que, en muchos casos, imitan prácticas diseñadas originalmente para mayores y transforman el cuidado de la piel en un nuevo formato de entretenimiento.
El debate volvió a la luz pública gracias a Lil Retinol, una campaña ficticia creada por la empresa estadounidense Frida. La supuesta marca ofrecía productos antiarrugas dirigidos a menores desde los seis años. Sin embargo, el producto jamás existió: la iniciativa buscaba generar conciencia sobre la exposición temprana de los pequeños a contenidos y artículos de belleza.
En el programa Infobae al Mediodía, el filósofo Tomás Balmaceda analizó el fenómeno y explicó que la campaña pretendía mostrar hasta qué punto una propuesta que años atrás habría sonado absurda puede parecer hoy perfectamente viable.
El auge de estas rutinas está directamente ligado a las redes sociales. Formatos como los videos get ready with me, donde los usuarios muestran cómo se alistan antes de salir, incluyen cada vez más artículos de cuidado facial. Los menores no solo consumen esos clips: también aparecen como protagonistas y replican las secuencias.
¿Qué encuentran los chicos cuando buscan skincare?
Balmaceda citó un estudio publicado en 2025 en la revista científica Pediatrics, que examinó las recomendaciones de Instagram para cuentas que se presentaban como pertenecientes a adolescentes de 13 años.
De acuerdo con los datos expuestos durante la columna, los perfiles identificados como femeninos recibían rápidamente contenidos vinculados con maquillaje y belleza. Los investigadores analizaron 100 videos de skincare y encontraron rutinas protagonizadas por creadores de entre siete y 18 años, algunos con un promedio de 1,1 millones de reproducciones.
La cantidad de productos utilizados también resultó significativa. Las rutinas incluían seis productos en promedio y la más costosa alcanzaba los USD 168.
Otro dato destacado: solo el 26,2% de las rutinas incluía protector solar. Es decir, los contenidos mostraban con mayor frecuencia cosméticos y activos destinados a fines estéticos que una medida básica de protección cutánea.
Entre los ingredientes identificados aparecían retinoides, vitamina C y distintos ácidos exfoliantes. Según los datos mencionados por Balmaceda, las rutinas analizadas contenían 21 ingredientes potencialmente irritantes.

El uso inadecuado de estos compuestos puede provocar irritación, dermatitis y sensibilidad, especialmente cuando se combinan varios productos o se emplean con una frecuencia superior a la recomendada.
La recomendación para los niños es mucho más simple. Balmaceda citó a la American Academy of Dermatology al señalar que el principal producto que necesita la piel infantil es el protector solar. En determinados casos puede usarse una crema hidratante sin fragancia, mientras que cualquier problema dermatológico concreto debe ser evaluado por un especialista.
La preocupación por las arrugas comienza cada vez más temprano
El fenómeno no se limita al riesgo de utilizar ingredientes inapropiados. También abre una discusión sobre la edad a la que los menores empiezan a angustiarse por su apariencia.
Durante la columna, Balmaceda cuestionó que los chicos incorporen productos destinados a prevenir problemas que aún no padecen.
“Me sorprende cómo ya siendo chico te preocupás por un problema que no tenés todavía”, señaló.
La prevención de las arrugas apareció como uno de los ejemplos más llamativos. Según un relevamiento citado por el filósofo, el 69% de los hombres menores de 20 años consultados manifestó interés en prevenirlas.

La tendencia evidencia que el skincare ya no está asociado exclusivamente con la adolescencia o la adultez. Los contenidos circulan desde edades más tempranas y presentan las rutinas faciales como una actividad cotidiana.
El problema, en ese contexto, no es que un adolescente utilice una crema hidratante o protector solar. La preocupación surge cuando una rutina incorpora múltiples productos activos sin una necesidad dermatológica concreta o cuando el cuidado comienza a vincularse con la idea de corregir características normales del cuerpo.
El negocio detrás del skincare adolescente
La expansión de estas prácticas también tiene un costado comercial. Balmaceda citó datos de NielsenIQ según los cuales el mercado estadounidense de productos de belleza dirigido a adolescentes y jóvenes creció 12% durante los últimos cinco años.
Las redes sociales funcionan como un canal directo entre las marcas, los creadores de contenido y los consumidores jóvenes. Los productos aparecen integrados en videos cotidianos y pueden convertirse en objetos deseables mucho antes de que los usuarios tengan ingresos propios.
En relación con la Generación Alfa, Balmaceda mencionó un relevamiento según el cual el 75% de los menores de 20 años consultados tenía interés en contenidos de belleza en redes sociales y el 38% participaba o consumía videos vinculados con el formato get ready with me.

La industria encuentra así una audiencia que no necesita buscar activamente una crema para entrar en contacto con ella. El algoritmo puede recomendar contenidos de belleza a partir de otros consumos y generar una exposición constante a productos, marcas y rutinas.
El rol de los adultos
Frente a este escenario, el papel de los padres adquiere especial relevancia.
“Los chicos son chicos, por eso las decisiones las tomamos los adultos”, planteó Maru Duffard durante la conversación.
La recomendación no implica prohibir cualquier producto cosmético, sino establecer límites y diferenciar entre cuidado básico y rutinas innecesarias. Protector solar, higiene e hidratación cuando hace falta forman parte de hábitos sensatos. El uso de retinoides, ácidos exfoliantes u otros activos debería responder, en cambio, a una indicación adecuada y no a una moda vista en redes.
La campaña de Lil Retinol llevó esa lógica al extremo: imaginó una industria que vendía productos antiarrugas para chicos de seis años. La reacción que generó apuntó a un fenómeno que ya existe en una escala diferente: niños y adolescentes que incorporan rutinas de belleza adultas antes de necesitarlas y que aprenden a asociar el cuidado de la piel con la prevención de imperfecciones y signos de edad.
La pregunta, entonces, no es si los chicos deben cuidar su piel, sino qué tipo de cuidado necesitan realmente y cuánto de lo que consumen responde a una necesidad concreta y cuánto a una industria que encontró en las redes una nueva generación de consumidores.
Fuente: Infobae