En los Países Bajos, un pequeño terreno inundado entre Ámsterdam y La Haya es testigo de lo que hace dos décadas parecía inviable: el cultivo de arroz en suelo neerlandés. El cambio climático ha elevado las temperaturas lo suficiente para que este grano, típico de Asia, crezca ahora en una nación conocida por sus vacas y molinos de viento.
La iniciativa, liderada por investigadores de la Universidad e Investigación de Wageningen (WUR) y la Universidad de Leiden, abarca apenas 0,6 hectáreas y aspira a producir unas tres toneladas de arroz de grano corto —apto para sushi o risotto— en esta primera etapa.
Sin embargo, el proyecto va más allá de la diversificación agrícola: el equipo científico lo concibe como una respuesta doble a la crisis climática, tanto en términos de adaptación como de mitigación.
El problema de las turberas neerlandesas

Aproximadamente una décima parte de los Países Bajos está compuesta por turberas. Durante siglos, los ganaderos las drenaron para obtener prados donde alimentar a sus vacas. El problema es que cuando esos suelos orgánicos se secan, liberan grandes cantidades de dióxido de carbono y el terreno se hunde hasta varios centímetros por año en las zonas más afectadas.
Según WUR, las emisiones de gases de efecto invernadero procedentes de estos suelos representan entre el dos y el tres por ciento del total nacional. La única forma de cortar ese ciclo es mantener los predios inundados, pero eso los vuelve inutilizables para la ganadería tradicional. La siembra de arroz, que requiere terrenos anegados, abre una salida hasta ahora inexistente.
“Básicamente, todo empezó con una idea loca”, reconoció Julian Helfenstein, investigador de WUR que lidera el proyecto junto a colegas de Leiden. Para él, la iniciativa representa una combinación infrecuente: adaptarse al nuevo clima mientras se reduce la degradación de la turba. “El arroz es una oportunidad para que esta parte del mundo cultive algo que antes no era posible, y al mismo tiempo evitar que la turba emita todo ese CO2”, señaló.
Prueba de 30 variedades de arroz

Para identificar qué tipo de arroz se adapta mejor al clima neerlandés, el equipo trabaja con cerca de 30 variedades procedentes de diferentes países del mundo. Hasta ahora, la que mejor responde a las condiciones locales es una variedad del norte de Japón.
Sander Roeleveld, el agricultor de 53 años que cultiva las parcelas experimentales, se describe a sí mismo como un “pionero”. Cosecha el arroz con maquinaria convencional, con molinos de viento y canales típicamente neerlandeses de fondo.
“Mi objetivo es demostrar que en las tierras húmedas son posibles más cosas que simplemente hierba”, afirmó. “Cuando has tenido vacas durante 600 años, cuesta imaginar querer hacer otra cosa que sacar leche. Solo quiero demostrar que las cosas pueden cambiarse en beneficio del futuro”, agregó.
El interés no se limita al campo. Restaurantes de la zona ya contactaron a los responsables del proyecto para obtener arroz de alta calidad de origen neerlandés, según indicó Guusje van der Vossen, de la asociación Wij Land, que asesora a productores en la transición hacia modelos más sostenibles.
Monitoreo de emisiones de metano

El entusiasmo convive con la cautela científica. Helfenstein y su equipo controlan de cerca las emisiones de CO2 y metano generadas por el cultivo de arroz, para verificar que el beneficio de mantener húmedos esos suelos no quede anulado por los gases que genera el propio grano.
“Hasta ahora, los resultados son prometedores”, afirmó el investigador.
Por su parte, Philippe Terheggen, presidente de la asociación Land van Ons —que cedió las parcelas para el proyecto—, calificó la situación de “extraordinaria”.
“Jamás habríamos pensado, quizá hace 20 años, que seríamos capaces de cultivar arroz en los Países Bajos. Pero también da miedo, porque te muestra lo que es posible ahora que el clima cambió”, sostuvo el dirigente de 68 años.
El problema de las turberas no es exclusivo de los Países Bajos: afecta también a Alemania, Bélgica y los países bálticos. Por eso, Helfenstein considera que los hallazgos de esta experiencia podrían tener relevancia para toda la región norte de Europa.
Fuente: Infobae