El misterio del tiempo: ¿por qué envejecer acelera los años?

Resulta asombroso comprobar que ya estamos en octubre. Esta frase, repetida en cada fecha o evento significativo, esconde el enigma de la vivencia interna del tiempo. El tiempo cronológico es objetivo; la forma en que lo experimentamos es completamente distinta.

Sabemos que esta percepción se transforma según los estados de ánimo, pero también a lo largo de la vida. En una era donde la búsqueda de la longevidad está en auge, emerge una paradoja clara: cuanto más vivimos, más rápido parece transcurrir la vida. Se habla mucho de longevidad y ejercicio, estrés, alimentación o sueño, pero poco se dice sobre cómo se modifica esa percepción interna, esa sensación de que el tiempo se acelera conforme avanzamos.

Cuando somos niños, un año puede sentirse interminable. Un verano contiene una cantidad casi ilimitada de eventos. A los diez años, un año representa una enorme porción de nuestra existencia. A los sesenta, una década puede pasar con una velocidad desconcertante. La cronología no ha variado; lo que ha cambiado es nuestra manera de experimentar el tiempo.

La percepción interna del tiempo se acelera con el paso de los años y plantea una paradoja frente al aumento de la longevidad. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Esto plantea una paradoja especialmente relevante en una época donde la medicina busca prolongar la vida humana: podemos vivir más años y, al mismo tiempo, sentir que esos años pasan cada vez más rápidamente. La noción de que la medición del tiempo es una variable subjetiva la conocemos por experiencia propia: desde esperar en una sala de espera o hacer una fila, hasta la duración de unas vacaciones.

Si lo llevamos a la vida completa, nos enfrentamos a un tema interesante sobre la búsqueda, a veces desesperada, de la longevidad: quizás no se trate solo de acumular años, sino de la calidad de estos o, más concretamente, de las experiencias vividas y de la creación de memorias, de engramas mnésicos. En cierto modo, podríamos decir que, aunque el tiempo cronológico se mida con un reloj o un calendario, existe otro tiempo ligado a las experiencias y a la memoria.

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El hallazgo más notable del trabajo no fue que los mayores recordaran menos su pasado, sino que quienes tenían mayor dificultad para incorporar nueva información tendían a sentir que los últimos diez años habían pasado más rápido. Tal vez el problema no sea cuánto pasado conservamos, sino cuánto presente conseguimos registrar como algo nuevo. Aquí aparece una mirada distinta: la percepción retrospectiva del tiempo podría depender, al menos en parte, de las experiencias que logramos registrar como diferenciadas.

En cierta medida, un período de tiempo —un año, por ejemplo— en el que se han generado muchas situaciones nuevas o significativas, ya sean buenas o malas, está compuesto por una sucesión de acontecimientos diferenciados. Al año siguiente se establece una rutina que nos permite ahorrar energía, automatizar conductas y liberar recursos cognitivos para otras tareas. Pero aparece una paradoja: lo que hace más eficiente nuestra vida cotidiana puede hacer que, retrospectivamente, una parte de esa vida parezca haber pasado más rápido. La novedad deja una marca. La repetición tiende a agrupar espacios de tiempo.

La rumiación mental atrapa al pensamiento en un bucle cerrado que impide el registro de vivencias diferentes. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Si bien la investigación actual no demuestra que la rutina sea la causa de esta aceleración subjetiva del tiempo, es inevitable preguntarse qué ocurre cuando una vida se vuelve progresivamente más previsible, cuando hay menos desafíos. Un aspecto es la novedad, las nuevas experiencias, los retos, y otro es la forma en que una persona procesa la información, se enfrenta a los problemas y se relaciona con lo que está por venir, lo nuevo o lo incierto.

El pensamiento negativo repetitivo, desde la rumiación sobre el pasado hasta la preocupación persistente por acontecimientos futuros, ha sido estudiado en relación con distintos procesos de control cognitivo. Un

Es decir, una persona puede estar pensando constantemente y entender que desarrolla una actividad cognitiva y, sin embargo, permanecer atrapada en un circuito mental repetitivo. Hay actividad cognitiva, pero sin modificaciones. Claro que no es la experiencia o la heurística algo malo. Confiar en una respuesta que ya demostró ser eficaz puede ser una herramienta. Quizás el problema sea que una persona confíe en una respuesta, en cualquier área, que la tranquiliza y así evite revisar, explorar la nueva evidencia. Esto es claro y necesario en cualquier campo del conocimiento, pero también puede ocurrir, por ejemplo, en las relaciones humanas o frente a los cambios sociales.

El tiempo queda detenido porque el pensamiento vuelve al lugar, tiempo y modalidad en que se construyó esa creencia. En su caso más intenso es volver una y otra vez sobre la misma pérdida, el mismo temor, la misma ofensa, el rencor o la misma anticipación negativa. No es que no haya actividad mental, sino que esta está cerrada en un bucle, que es útil en cierta medida, pero nos limita. Estar siempre escuchando un mismo discurso o modalidad puede reafirmar algo, pero también puede impedir alejarse del núcleo de esa idea, cerrar la mente y, con ella, el tiempo interno.

Un estudio sobre memoria asoció la aceleración en la percepción del tiempo con una menor capacidad para registrar información nueva. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El ejemplo clínico es, desde ya, la rumiación, tantas veces relacionada con la preocupación y otras formas de pensamiento repetitivo. Por ello, una vida puede ser cronológicamente larga, pero uno puede tener la sensación de un envejecimiento mayor al de una persona cuyo documento revela la misma edad. No porque exista necesariamente una relación directa entre rumiación y percepción del tiempo, sino porque aparece aquí otra cuestión: qué ocurre cuando la actividad cognitiva deja de producir modificaciones en la relación con lo que sucede.

Es importante aclarar que esto no significa que las propuestas de “pensar positivo” sean la respuesta, sino que la relación entre pensamiento, cognición y longevidad es mucho más compleja. Si bien varios estudios han encontrado asociaciones entre optimismo y una mayor longevidad, la clave es que el optimismo no sea negación o alteración de la realidad, o convencerse de que todo va a estar bien sin base alguna.

Envejecer implica modificar la relación entre el pasado que se recuerda y el futuro que todavía se puede imaginar y proyectar (Imagen Ilustrativa Infobae)

La positividad, que incluso algunos llaman “tóxica”, es cuando nos impide ver la realidad y, en relación con lo que hablamos, procesar experiencias reales, aun cuando sean negativas, permaneciendo en nuestro espacio de confort. El optimismo que está relacionado con el bienestar, la felicidad y la longevidad es aquel en el que, aun dentro de una situación adversa, busca alternativas y acciones, y eso genera nuevas experiencias y aprendizajes. Como señalaba en una nota anterior, “Los pensamientos positivos y negativos influyen en la cognición y la longevidad”.

El tema, sin embargo, no es solo recordar y crear nuevos engramas, sino la posibilidad y tendencia a anticipar escenarios. Si bien un joven tiene un futuro más extenso que su pasado y un adulto mayor, la inversa, la relación con ese futuro no depende solamente de la cantidad de años cronológicos que tenga por delante. Envejecer no significa solamente acumular pasado. Significa modificar la relación entre el pasado que podemos recordar y el futuro que todavía podemos imaginar.

Un metaanálisis de 2026 reunió 25 muestras y 488765 participantes, un mayor propósito en la vida se asoció con menor riesgo de mortalidad (Imagen Ilustrativa Infobae)

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Todo esto nos lleva a un tema a considerar: la longevidad como algo más que supervivencia. Si bien la medicina actúa y, en especial, varios gurús de la longevidad nos dicen que se ha conseguido que cada vez podamos mantener vivo al organismo durante más tiempo, quizás el próximo desafío sea menos evidente. Se ha considerado a la longevidad como una cuestión numérica: agregar años. Pero posiblemente el objetivo no sea solamente vivir más.

Quizás la pregunta colectiva y, a la vez, individual sea: ¿Cómo queremos experimentar los años que consigamos ganar? ¿Cuánto de ese tiempo se convirtió realmente en experiencia? Y cerrando, volver a la premisa: ¿vivir más para que ese tiempo pase cada vez más rápido o podemos conseguir que la vida dure más y que ese tiempo tenga más valor? Por eso quizás el desafío no sea únicamente agregar años a la vida, sino conseguir que el tiempo tenga sentido.

*El doctor Enrique De Rosa Alabaster es médico psiquiatra, neurólogo y médico legista. Estudia la conducta desde una perspectiva biológica, psicológica y social.

Fuente: Infobae

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