Dormir menos: la paradoja de una sociedad que exige rendimiento sin descanso

El acto de dormir se ha convertido en una de las primeras actividades que se sacrifican cuando el día no alcanza. Una hora extra de trabajo, un capítulo de la serie favorita, el scroll interminable en redes sociales, los mensajes sin responder o la urgencia de terminar una tarea pendiente pueden retrasar el momento de acostarse. Se genera así una paradoja: en una sociedad que demanda cada vez más productividad, se reducen precisamente las horas necesarias para recuperar fuerzas.

Lejos de ser tiempo perdido, el sueño cumple una función biológica indispensable para la recuperación del organismo. Está vinculado con procesos como la memoria, la atención, la regulación emocional y el rendimiento diario. La evidencia científica de los últimos años muestra que dormir poco de manera habitual se asocia con diversos problemas de salud.

Una revisión que analizó datos de más de tres millones de personas encontró una asociación entre dormir menos de seis horas y un mayor riesgo de mortalidad. Los autores advierten, sin embargo, que este tipo de estudios no permite establecer por sí solo una relación causal. Otra revisión, que examinó 36 revisiones sistemáticas con información de más de 4,4 millones de personas de 30 países, determinó que entre siete y ocho horas de sueño es el rango más favorable para distintos indicadores de salud en adultos.

En Argentina, la situación también es preocupante. Un estudio realizado en 2023 por el Observatorio de Psicología Social Aplicada de la UBA junto con la Fundación Favaloro reveló que el 75,95% de las personas presentaba algún tipo de alteración del sueño. Dentro de ese grupo, el 38,61% sufría insomnio o sueño interrumpido, y el 21,39% dormía menos de ocho horas.

La presión de estar siempre despiertos

La falta de sueño no puede explicarse únicamente por decisiones individuales. Existe una disputa constante por las horas del día, donde el trabajo, las obligaciones, el entretenimiento y las pantallas compiten directamente con el descanso.

Durante una entrevista en Infobae a la Tarde, la politóloga Piera Fernández abordó esta tensión:

“La pregunta de fondo tiene que ver con la competencia por el sueño”

, sostuvo al analizar cómo las exigencias de una sociedad hiperconectada terminan desplazando una necesidad básica.

Las fronteras entre trabajo, ocio y descanso se han vuelto cada vez más difusas. El teléfono permite responder un mensaje laboral por la noche, continuar una conversación de madrugada, hacer una compra o consumir contenido durante horas. El tiempo que antes marcaba el final de la jornada laboral ya no funciona como un límite claro.

Fernández recurrió al concepto de sociedad 24/7, desarrollado por Jonathan Crary en 24/7: el capitalismo tardío y el fin del sueño. La idea describe una dinámica social donde producir, consumir y comunicarse pueden extenderse prácticamente sin interrupciones. En ese esquema, el sueño aparece como uno de los pocos momentos que aún obligan a detener la actividad.

“El sueño representa uno de los últimos límites que le queda a esta sociedad”, señaló Fernández.

La paradoja es que la propia búsqueda de productividad necesita del descanso: dormir permite recuperar funciones fundamentales para trabajar, estudiar, tomar decisiones y mantener la atención.

Un informe del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la UBA indicó que más del 75% de las personas encuestadas en Argentina sufre alteraciones del descanso (Imagen Ilustrativa Infobae)

“Necesitamos, por un lado, dormir para ser más productivos, para rendir mejor, pero al mismo tiempo te necesito más tiempo despierto para que puedas ser más productivo”, explicó la politóloga.

La contradicción puede resumirse así: quitarle una hora al sueño permite ganar una hora de vigilia, pero no necesariamente una hora de mayor rendimiento.

El sueño no es igual para todos

La posibilidad de descansar tampoco está distribuida de manera equitativa. Las condiciones de vivienda, el ruido, las temperaturas extremas, la inseguridad, los problemas económicos, los horarios laborales y las tareas de cuidado afectan tanto la cantidad como la calidad del sueño.

Fernández señaló que las personas en situaciones socioeconómicas más vulnerables enfrentan mayores dificultades para dormir. La preocupación económica se traslada directamente a la noche: una deuda, la incertidumbre laboral o la necesidad de llegar a fin de mes pueden impedir conciliar el sueño, incluso cuando hay horas disponibles.

Por eso, el descanso no puede reducirse a una cuestión de voluntad. No siempre se trata de elegir entre acostarse temprano o continuar despierto. Para muchas personas, las condiciones materiales y las obligaciones cotidianas determinan cuánto tiempo pueden dedicar realmente a dormir.

La reducción de horas de sueño no incrementa la productividad personal ni asegura un mayor rendimiento durante la jornada diaria (Imagen Ilustrativa Infobae)

¿La siesta puede compensar el sueño perdido?

La pregunta surge casi naturalmente cuando las horas de descanso nocturno son insuficientes: ¿puede una siesta ayudar a recuperar lo que falta? La evidencia indica que puede tener beneficios, aunque su duración y frecuencia son clave.

Una revisión de 44 estudios de cohorte, con información de más de 1,8 millones de personas, encontró asociaciones entre las siestas habituales y distintos resultados adversos de salud. Sin embargo, las siestas de menos de 30 minutos no presentaron esas mismas asociaciones. Los investigadores remarcaron que se necesita más evidencia para establecer relaciones causales.

Otra revisión halló que las siestas breves podían asociarse con mejoras en la función cognitiva y una reducción de la fatiga, mientras que las más prolongadas presentaban asociaciones menos favorables. Esto no significa que la siesta sea perjudicial, sino que su utilidad depende de cómo se incorpora al descanso general.

Una pausa breve durante el día puede ayudar a recuperar atención y reducir el cansancio, pero no debería convertirse en la estrategia habitual para compensar una privación permanente de sueño. El descanso nocturno sigue siendo la principal fuente de recuperación, y una siesta no reemplaza las horas que faltaron durante la noche.

Además, la ciencia ha comenzado a prestar mayor atención no solo a cuánto duerme una persona, sino también a cómo distribuye y mantiene sus horarios de sueño. La regularidad aparece como otro componente relevante, especialmente frente a rutinas donde la hora de acostarse cambia constantemente según las obligaciones del día.

La reducción de horas de sueño no incrementa la productividad personal ni asegura un mayor rendimiento durante la jornada diaria (Imagen Ilustrativa Infobae)

Cuando dormir se convierte en otra obligación

La paradoja se extiende: incluso el descanso puede quedar atrapado en la lógica de la productividad. Relojes inteligentes, aplicaciones y dispositivos permiten medir las horas dormidas, los despertares y otros indicadores del sueño. La herramienta puede ser útil, pero también transforma una necesidad básica en otra variable que debe ser controlada y optimizada.

Fernández cuestionó precisamente esa lógica al señalar que “todo lo que no es producir es tiempo muerto”. El problema aparece cuando el descanso necesita demostrar que es útil para justificar su lugar en la agenda. Dormir para rendir mejor puede ser razonable; dormir solo porque necesitamos ser trabajadores más eficientes vuelve a colocar al sueño dentro de la misma lógica de la que intenta protegernos.

La discusión, entonces, no pasa únicamente por encontrar una cantidad ideal de horas ni por recuperar la siesta como una costumbre perdida. También implica preguntarse por qué el descanso terminó compitiendo con casi todas las demás actividades de la vida cotidiana.

En una sociedad que extiende las jornadas, mantiene las pantallas encendidas y exige disponibilidad permanente, dormir puede parecer una pérdida de tiempo. La evidencia científica plantea una conclusión diferente: resignar horas de sueño no necesariamente permite hacer más, y puede terminar afectando justamente las capacidades que se necesitan para rendir.

El verdadero desafío no es encontrar una manera de dormir menos, sino devolverle al descanso un lugar que nunca debería haber perdido.

Fuente: Infobae

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