Trump y Xi: oportunidad perdida para regular la inteligencia artificial

Una cumbre sin acuerdos sustanciales

Donald Trump y Xi Jinping dejaron pasar la ocasión de establecer líneas rojas en el desarrollo de la inteligencia artificial, un tema que interesa profundamente a ambas naciones. El potencial de la IA es demasiado grande para el bienestar humano como para permitir una detención forzosa de sus avances. Se necesitaba fijar reglas de juego similares a las que Estados Unidos y la Unión Soviética lograron durante la Guerra Fría para controlar el poder de la bomba atómica. Idealmente, ambos países deberían crear un G-2, un grupo de dos, o al menos un sistema permanente de encuentros y consultas, porque hoy no existe un tercer actor en la cima que pueda equilibrar sus decisiones.

En lugar de avances concretos, la reunión se centró en la pompa protocolar. La visita de Trump a Pekín del 13 al 15 de mayo ya había estado marcada por grandes gestos y la extensión del plazo para negociar aranceles. En ambos encuentros se buscó que el ambiente fuera cómodo: en EE.UU. se dio espacio para que Melania Trump y Peng Liyuan, la primera dama china desde el 14 de marzo de 2013, destacaran. Peng, conocida cantante de ópera tradicional y música folclórica, fue alguna vez presentada como “el marido de Peng” cuando su esposo ascendió al poder.

Trump y Xi abordaron el desarrollo y la gobernanza de la IA, así como Irán, el petróleo y el dólar. No se sabe si dialogaron sobre el Ártico o la elección del próximo secretario general de la ONU. También hubo tiempo para las relaciones económicas, confirmando la extensión hasta el 10 de enero de la tregua comercial pactada días antes. En el tema que más interesa a Pekín —Taiwán—, Xi, según la agencia Xinhua, pidió a EE.UU. “prudencia”, es decir, que no venda armas avanzadas a la isla y que Taipéi no dé pasos independentistas, algo que considera causal de invasión.

Pompa sin anuncios y una cena clave

Fue una cumbre con gran ceremonia, pero casi sin anuncios, más al estilo chino que estadounidense. Era la primera visita oficial de Xi a Washington en más de una década, y Trump lo recibió personalmente en la Base Conjunta Andrews, un lugar inusual para estos encuentros. La agenda incluyó trompetas, banderas y actos protocolares, muy importantes para los mandarines comunistas.

Ambos líderes buscaron proyectar cercanía. El reservado Xi habló de una “relación personal” con Trump, quien se siente cómodo con él, similar a la que tiene con Putin. El encuentro recordó al que Trump tuvo con el presidente ruso en Alaska: sin anuncios relevantes y con muchos honores. Según el análisis, esto se debe a que Trump nota en líderes autoritarios —como Xi, Putin o Erdogan— un respeto real o protocolar que no percibe en los europeos, salvo en Orbán, Nawrocki de Polonia y el secretario general de la OTAN.

Los gestos quedaron reflejados en los brindis. Trump afirmó:

“representamos sistemas diferentes, pero los lazos entre nuestros pueblos perduran y nunca nos hemos llevado mejor”

, y luego calificó la visita de Xi como “espectacular”. Por su parte, Xi declaró:

“buscamos una relación constructiva entre países basada en la estabilidad estratégica”

. Trump agregó:

“Xi y yo entendemos que juntos podemos seguir construyendo una relación que promueva la prosperidad y la seguridad para las generaciones futuras”

.

Lo más noticioso para los medios fue la cena con 130 invitados más 20 de la delegación china, donde destacaron los principales propietarios y ejecutivos de la industria tecnológica y, por primera vez en una cumbre, los líderes de la inteligencia artificial. Este hecho marca un ascenso geopolítico para las llamadas “7 magníficas” empresas tecnológicas y las nuevas firmas de IA, que al salir a bolsa probablemente superarán en valoración a las tradicionales. Anteriormente, estas empresas solo habían cobrado visibilidad al acompañar a Trump a la visita de Estado al Rey Carlos III en Londres, donde ofreció ayuda en IA al entonces primer ministro Keir Starmer. Luego, en la ONU, se firmó un acuerdo de colaboración en IA con su sucesor, Andy Burnham.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump; la primera dama, Melania Trump; el presidente chino, Xi Jinping, y su esposa, Peng Liyuan, posan en la entrada del Museo de los Archivos Nacionales en Washington D. C., Estados Unidos, el 25 de septiembre de 2026 (REUTERS/Kylie Cooper)

En la cena de Estado en la Casa Blanca, los invitados habituales incluyen grandes donantes, presentadores de TV y congresistas. Lo llamativo fue que dos grandes empresarios taiwaneses se sentaron a la misma mesa que Xi, algo menos sorprendente si se considera que China tiene inversiones taiwanesas y viceversa, aunque no siempre se divulguen.

La oportunidad perdida en inteligencia artificial

Esta cumbre representó una ocasión desaprovechada en el tema de la IA, pese a que ambos líderes están en campaña política: Trump se prepara para unas elecciones de medio término donde una derrota en noviembre implicaría un nuevo impeachment, y Xi se alista para el XXI Congreso del Partido Comunista, donde espera reforzar su dictadura, culminar la purga a los militares y elegir un politburó que asegure continuidad con aliados más jóvenes.

El problema de fondo es que ni EE.UU. ni China han avanzado en establecer un G-2 sin complejos, cuando es imprescindible para dar gobernanza y previsibilidad a las decisiones. La Guerra Fría es historia y EE.UU. desaprovechó los años como única superpotencia. Hoy no existe un reemplazo para la conducción mundial, y se observa la superioridad de la geopolítica y el colapso de las reglas establecidas tras la Segunda Guerra Mundial.

El G-2 es necesario porque, pese a lo que Xi dice, China y EE.UU. no son socios: son rivales por el cetro de la principal superpotencia del siglo XXI. Establecer un sistema para manejar esa rivalidad es la única forma de acercarse a lo que Xi plantea:

“Nuestra relación debe caracterizarse por la cooperación como eje principal, una competencia dentro de ciertos límites, diferencias manejables y perspectivas de paz”

, según declaraciones publicadas por Xinhua antes de la reunión con Trump.

Para superar la Trampa de Tucídides, popularizada por Graham T. Allison, se necesita evitar el conflicto que surge cuando una potencia emergente desafía a la consolidada. Allison estudió 16 casos históricos y concluyó que 12 terminaron en guerra. Xi ha citado esta trampa en dos ocasiones: en la visita de Trump en mayo y en su visita del 23 al 25 de septiembre, algo inusual en un líder poco dado a declaraciones externas. Ha escrito que se necesita “forjar un nuevo modelo de relaciones entre las grandes potencias”.

Xi Jinping solicitó a la administración estadounidense manejar el tema de Taiwán con prudencia para prevenir un conflicto armado. (REUTERS/Kevin Lamarque)

El camino, como lo hicieron soviéticos y estadounidenses en la Guerra Fría, es encontrar intereses comunes. Ellos lo lograron con la limitación del armamento atómico y la Détente, una de las pocas ocasiones en que dos potencias iguales en lo militar, separadas por todo, no llegaron a un enfrentamiento directo, aunque patrocinaron guerras en terceros países.

Como no se vislumbra un tercer actor, el G-2 parece la única opción para ordenar un mundo que necesita previsibilidad y estabilidad en las relaciones entre China y EE.UU. Ambos deben encontrar intereses comunes, temas donde ambos ganan, como la IA.

Hay un avance en marcha: China, después de sancionar a EE.UU. al exponer su falta de tierras raras, logró una negociación de igual a igual que no se concedió a ningún otro país en el tema arancelario. Aunque puede descarrilar, hasta ahora no han surgido “trascendidos” negativos ni retórica agresiva. Los equipos negociadores trabajan bien, con intercambio de propuestas escritas y reuniones políticas entre los secretarios de Estado Marcos Rubio y Serguéi Labrov, y económicas entre el secretario del Tesoro Scott Bessent y el vice primer ministro chino He Lifeng, antes de las dos cumbres.

Ese es el único camino para el G-2: encontrar elementos comunes entre las superpotencias: una aceptada como tal y otra en camino a serlo, con una fecha clave: el 1 de octubre de 2049, centenario de la República Popular China creada por Mao Zedong, cuando esperan haber superado a EE.UU.

Es una lástima que se haya desaprovechado esta oportunidad para anunciar un marco común para la IA, la tecnología que definirá al ganador de esta carrera. El debate público entre ejecutivos y propietarios de las mayores empresas y laboratorios de IA sobre la necesidad de un control externo ya había sacado el tema a la luz. La mesa estaba servida para un acuerdo entre China y EE.UU., cuyo liderazgo común sería imitado a nivel mundial.

Una pena y un desperdicio del momento. Ambos líderes se habían referido al tema: Donald Trump dijo que conversaría sobre IA con Xi, pero que no iba “a promover ningún cambio” y que “el gobierno chino coincidía con su punto de vista sobre los avances de la IA”. El jerarca chino pidió desarrollar la IA pero mantenerla “bajo control humano”, mostrando una visión común donde Trump es más renuente, pues ha afirmado que existe predominio estadounidense y no quiere perder esa ventaja ante China.

Cualquier acuerdo entre ambos países, dada su distancia del resto del mundo, se convertiría inmediatamente en las nuevas reglas del juego a seguir por todos. En comercio, si logran un pacto arancelario, reemplazaría al sistema multilateral de normas, hoy en desuso. En IA sería aún más notorio, pues no hay regulación para la carrera tecnológica.

La fijación de un marco para la IA es relevante porque existen temores de distinto tipo, incluso sobre la extinción humana. Un acuerdo entre China y EE.UU. es imprescindible para evitar el catastrofismo que ha surgido entre votantes republicanos y demócratas, a propósito de los Centros de Datos, necesarios para la energía que requiere la IA.

Es un momento para la acción. Recuerda a cuando la humanidad se enfrentó al temor tras la primera bomba atómica, y la URSS y EE.UU. desarrollaron un programa de contención nuclear que ha funcionado hasta ahora, pese a rebeldías como la de Irán.

China y EE.UU. pueden lograr algo similar para la IA: una cultura de limitación y autolimitación. El primer paso es un acuerdo de mínimos y máximos, y luego impulsar un organismo de monitoreo global, similar al que existe para el enriquecimiento de uranio.

El debate público ya se inició dentro de las empresas líderes. Ejecutivos y dueños se pronunciaron a favor y en contra, con posiciones encontradas sobre innovación y seguridad, y sobre si la regulación debe ser externa —con nuevos normas gubernamentales— o interna, mediante un código de ética.

El debate se originó en un incidente donde por primera vez la IA actuó con autonomía de los seres humanos. No fue Chernóbil, pero igual hay miedo. En Ucrania el peligro fue localizado; en la IA, no tiene fronteras. Este debate no debe desvirtuarse con posiciones ideológicas, cancelaciones o superioridades morales. Debe ser ordenado y en tiempo limitado, como solo China y EE.UU. pueden lograr.

Donald Trump y Xi Jinping no alcanzaron un acuerdo para establecer reglas sobre la inteligencia artificial durante su encuentro bilateral. (REUTERS/Florence Lo)

La desconfianza hacia las grandes empresas de IA existe, contra propietarios y ejecutivos, pero también hay interés en escucharlos. Abunda el escepticismo sobre sus motivaciones. Algunos señalan que ninguna regulación, código de ética o tratado impedirá dos situaciones: el error o la imprudencia, y que alguien que no está de acuerdo con lo existente pueda crear algo nuevo desde cero, como lo demuestra la historia de la IA.

Cualquiera sea la motivación, el debate debe valorarse. En un ambiente de alta competencia, no es habitual la discrepancia pública entre grandes empresas internacionales, cuyo valor de mercado supera el presupuesto de la mayoría de los países.

El riesgo actual no representa el fin del mundo, pero el peligro no debe descartarse. La humanidad está mal preparada para lo que viene: jamás existieron las posibilidades que ofrece la IA, tanto para lo negativo —como la desobediencia a órdenes humanas— como para lo positivo, un progreso nunca visto. EE.UU. y China dejaron pasar la oportunidad de concordar líneas rojas que la IA no debe traspasar, como el respeto a la interioridad del cerebro humano y el rechazo al catastrofismo paralizante.

Como el debate ya está instalado, es particularmente lamentable que ni Trump ni Xi hayan aprovechado la oportunidad para que China y EE.UU. aparecieran como potencias responsables, inaugurando una etapa de confianza en lo que la IA puede proporcionar: innovación continua pero manteniendo tapada la botella para que el genio no se escape.

En la construcción de confianzas, nada quizás sería mejor que EE.UU. le asegurara a China la venta del petróleo que hoy no tiene y que tanto necesita. Nada tampoco lograría que Pekín siempre escuchara.

Fuente: Infobae

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