Batalla de Kiev: 800.000 soviéticos muertos y el error que selló la derrota nazi

Ningún cerco militar en la historia había alcanzado las dimensiones de aquel. Tampoco volvería a repetirse después. La Batalla de Kiev, que se desarrolló entre el 7 de julio y el 26 de septiembre de 1941, exactamente hace 85 años, marcó un hito en la historia bélica. En plena Segunda Guerra Mundial, el avance del nazismo sobre la Unión Soviética dejó un saldo de 100.000 soldados soviéticos muertos en combate y cerca de 26.000 bajas germanas.

Pero el impacto fue aún más devastador para las fuerzas de Stalin: la batalla provocó más de 700.000 bajas del Ejército Rojo entre muertos, desaparecidos y prisioneros. Fue una de las ocupaciones más despiadadas del régimen de Hitler.

La invasión hacia el este

Todo comenzó el 22 de junio de 1941, cuando el régimen de Adolf Hitler lanzó la Operación Barbarroja. La idea era aplastar a la Unión Soviética en cuestión de semanas, para lo cual se desplegó un ataque militar sin precedentes. Las tropas germanas y sus aliados del Eje avanzaron por el territorio de Iósif Stalin con 3,6 millones de soldados, divididos en tres grandes grupos: Norte, Centro y Sur.

El grupo Centro se dirigía a Moscú y Smolensko, mientras que el grupo Sur, al mando del veterano Gerd von Rundstedt, marchó hacia Ucrania. Hitler consideraba esa región como un punto estratégico para el Lebensraum (“espacio vital”) nazi, dada su riqueza en minerales, su capacidad para cultivar trigo y su industria pesada. El Führer soñaba con convertirla en el “granero” de una futura Europa nazi.

Sin embargo, la Ucrania que encontraron los invasores no era la que esperaban. El régimen de Stalin había dejado una huella brutal: hambrunas premeditadas que causaron siete millones de muertos, además de arrestos y deportaciones masivas entre 1940 y 1941. Por eso, al principio, muchos ucranianos recibieron a los soldados nazis con pan y sal, esperando ser liberados de su sufrimiento.

Las fuerzas hitlerianas movilizaron 3,6 millones de hombres hacia el este para invadir la Unión Soviética.

Pero el Tercer Reich pronto mostró su verdadera naturaleza. Los eslavos eran considerados untermenschen (“subhumanos”) y los ucranianos experimentaron todo el racismo nazi. Hitler ordenó que las SS administraran Ucrania y estableció un trato inhumano. El “Decreto Barbarroja” garantizaba impunidad total para los soldados alemanes que cometieran abusos contra civiles soviéticos.

Táctica y estrategia de guerra

Para agosto de 1941, el grupo de Ejércitos del Centro había logrado grandes victorias en Smolensko y Minsk, pero dejó expuesta a Kiev, que recibía refuerzos soviéticos desde el Kremlin. Esto representaba una amenaza para la Wehrmacht.

En Berlín, las diferencias eran profundas. Por un lado, Hitler; por otro, los altos mandos del ejército. Los generales, liderados por Franz Halder y Heinz Guderian, sostenían que el objetivo principal era Moscú, cuyo colapso significaría la derrota de la URSS.

Pero el Führer tenía otros planes. Convencido de la importancia de los recursos ucranianos, apostaba por la aniquilación de Kiev antes de seguir hacia Moscú.

Stalin (izq.) le prometió a Churchill (der.) que no replegaría las fuerzas soviéticas ante una invasión nazi a Kiev.

El 3 de agosto de 1941, Hitler impuso su voluntad y ordenó desviar tropas hacia Ucrania para cercar Kiev con cientos de miles de soldados.

Mientras tanto, la cúpula soviética estaba en crisis. Stalin, pese a las recomendaciones de evacuar Kiev, se negó. Argumentó que le había prometido al premier británico Winston Churchill defender la ciudad a toda costa; un repliegue sería visto como derrotismo.

Por orden de Stalin, el mariscal Semión Budionni quedó al mando de la defensa. Organizó una “defensa estática” anticuada: desplegó caballería y tanques de infantería, sin cobertura aérea. Más de 100.000 civiles ucranianos fueron forzados a cavar zanjas y sembrar minas, levantando unos 750 búnkeres de hormigón.

Cronología de un encierro

Entre fines de julio y principios de agosto, el Grupo de Ejércitos Sur capturó a más de 100.000 prisioneros soviéticos en la batalla de Umán, despejando el camino hacia Kiev.

El 23 de agosto, los bombardeos masivos de la Luftwaffe incrementaron la presión. La aviación nazi dominaba el cielo, mientras que las fuerzas soviéticas veían su equipamiento destruido desde las primeras semanas.

Kiev, destruida por el ataque alemán de 1941.

En tierra, la infantería alemana avanzaba sufriendo bajas, pero el cerco se cerró completamente el 15 de septiembre, cuando los dos grupos germanos se encontraron en Romny, a 200 km de Kiev. Quedaron atrapados cuatro ejércitos soviéticos: más de 450.000 soldados en un área de 20.000 km².

La desesperación llevó a órdenes de romper el cerco sin organización. Los soviéticos lanzaron contraataques con infantería y tanques, pero en medio del caos. Los cañones, la artillería y los bombarderos del Eje masacraban todo. El general Kirponós fue ametrallado hasta la muerte el 20 de septiembre.

Un día antes, las fuerzas alemanas ya penetraban las calles de Kiev. El combate fue casa por casa. Los soviéticos volaron puentes sobre el río Dniéper y minaron edificios públicos. El 24 de septiembre, detonaron esos explosivos, matando a cientos de alemanes.

La infantería de las fuerzas alemanas rodeó el perímetro de Kiev a través de dos grandes grupos de soldados. El 19 de septiembre entraron a la ciudad y una semana después se produjo la rendición soviética.

El 26 de septiembre de 1941 cayeron los últimos focos de resistencia. Alemania reportó la captura de 665.000 prisioneros de guerra, junto con 884 tanques y 343 aviones. Solo 15.000 soldados del Ejército Rojo lograron reintegrarse tras la batalla.

La masacre de Babi Yar: antisemitismo en el barranco

Apenas consolidada la ocupación, la maquinaria de exterminio nazi se volcó contra la población civil. La comunidad judía de Kiev, que representaba el 25% de la población, fue víctima de un ensañamiento brutal.

El 27 de septiembre, las SS se presentaron en un hospital psiquiátrico en Babi Yar y ejecutaron a 752 pacientes. En la puerta colgaron un cartel:

“Menschilcher Müll” (“Basura humana”)

Al día siguiente, las calles se llenaron de carteles y altoparlantes que repetían:

“Todos los judíos residentes en Kiev y sus alrededores deben presentarse mañana lunes a las ocho de la mañana en la esquina de las calles Melnikovsky y Dokhturov. Deben portar sus documentos, dinero, objetos de valor y también ropa de abrigo. Cualquier judío que no cumpla estas instrucciones y que sea encontrado en algún otro lugar será fusilado”.

Las SS fusilaron a quemarropa a más de 33.000 judíos en 36 horas. Fue la llamada

El nazismo difundió la versión de un “reasentamiento”. Reunieron a miles de personas en la esquina señalada, cerca del cementerio judío, y las hicieron marchar al barranco de Babi Yar. Allí, las SS las dividieron en grupos, les ordenaron entregar sus pertenencias, desnudarse y caminar en fila hasta el fondo. En apenas 36 horas, asesinaron a quemarropa a 33.771 judíos. Cubrieron los cuerpos con tierra y cal. Fue el mayor fusilamiento masivo en una sola operación de la Segunda Guerra Mundial. El lugar siguió siendo usado para asesinar a gitanos, pacientes psiquiátricos, partisanos y homosexuales.

Un error definitivo

Siguiendo instrucciones de Joseph Goebbels, la propaganda nazi exaltó la toma de Kiev como un triunfo deslumbrante. Hitler aseguró que había sido “la batalla más grande de la historia universal”.

En términos tácticos, la victoria era incuestionable: destruyeron casi todo el Ejército Rojo en el Frente del Suroeste y se apoderaron de enormes recursos. Sin embargo, estratégicamente, las decisiones de Hitler determinaron el destino de su proyecto bélico. Los generales Halder, Guderian y Erich von Manstein calcularon que desviar los tanques hacia Kiev retrasó el avance hacia Moscú entre cuatro y seis semanas. Eran semanas de verano, valiosísimas en el clima soviético.

Hitler optó por una gran decisión táctica, que le costó carísimo en términos estratégicos.

Esa demora pospuso la Operación Tifón hasta principios de octubre. Los tanques alemanes estaban desgastados y el abastecimiento al límite. Antes de llegar a Moscú, tuvieron que enfrentar la rasputitsa, las lluvias otoñales que convertían los caminos en lodazales. Luego vino un invierno con temperaturas de -30 °C o menos. El frío, como le había pasado a Napoleón, fue la mejor defensa para los rusos.

Los alemanes carecían de indumentaria invernal y combustible anticongelante. Las reservas soviéticas llegaron desde Siberia y enfrentaron a un ejército exhausto. Además, la victoria en Kiev hizo creer a los nazis que el Ejército Rojo estaba colapsado en todas partes, lo que no era cierto. Hitler apostó por tomar Ucrania, Leningrado y Moscú simultáneamente, fragmentando su poderío, desgastando fuerzas y alargando los combates hasta el invierno. Sin reservas humanas para una guerra prolongada, la estrategia del Führer fue su condena: esa decisión sembró el germen de su derrota final.

Fuente: Infobae

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