El olor del ombligo podría revelar enfermedades como Parkinson y COVID-19

Una investigación científica ha puesto sobre la mesa una pregunta que pocos se atreverían a hacer en una conversación cotidiana: ¿a qué huele su ombligo? Lejos de ser una curiosidad sin importancia, un grupo de investigadores alemanes ha descubierto que los compuestos químicos liberados por esta zona del cuerpo podrían estar relacionados con enfermedades como el Parkinson, el COVID-19 o el deterioro cognitivo leve.

El estudio, que fue publicado en la revista Scientific Reports, analizó el aire que rodea a hisopos tomados del ombligo, la nariz y el oído de 24 personas. Utilizando una técnica de espectroscopía basada en láser, los científicos lograron identificar patrones químicos que permiten separar estadísticamente a los participantes en cuatro grupos: personas sanas y pacientes con Parkinson, COVID-19 o deterioro cognitivo leve.

El hallazgo más destacado se dio precisamente en las muestras del ombligo. De las tres zonas examinadas, los espectros obtenidos de los hisopos umbilicales mostraron una separación especialmente clara entre quienes padecen deterioro cognitivo leve y los individuos sanos. En los casos de Parkinson y COVID-19 también se observaron patrones diferenciados, aunque con menor definición.

La razón detrás de este fenómeno tiene que ver con algo que el cuerpo humano realiza de manera constante: la liberación de compuestos orgánicos volátiles. Estas moléculas están presentes en el sudor, el sebo y otras secreciones, formando una mezcla química compleja que puede alterarse cuando el organismo atraviesa ciertos cambios metabólicos. Desde la perspectiva de un sensor, lo que percibimos como olor corporal no es más que una combinación de cientos de señales químicas.

Una prueba de concepto con alcance limitado

Es importante señalar que este trabajo fue diseñado como una prueba de concepto y contó solo con seis participantes por grupo. Esto significa que sus resultados no demuestran que un médico pueda diagnosticar Parkinson ni ninguna de las otras enfermedades analizadas simplemente oliendo o examinando el ombligo de un paciente. Lo que realmente indican es que existe una señal química detectable que merece ser investigada con estudios de mayor envergadura.

En el caso específico del Parkinson, la hipótesis resulta particularmente atractiva porque esta enfermedad no afecta únicamente al sistema nervioso: también puede provocar alteraciones en los procesos metabólicos y en la composición de distintas secreciones corporales. Por ello, los investigadores no buscan el olor del Parkinson como si se tratara de una molécula única y exclusiva, sino una combinación de compuestos que, en conjunto, genere un patrón característico. Se trata de una diferencia fundamental: el sensor no identifica una sustancia que por sí sola diagnostique la enfermedad, sino una firma química que podría estar asociada a ella.

La huella química del ombligo

Para obtener la señal química del ombligo, los investigadores utilizaron un hisopo estéril que frotaron en esa zona durante aproximadamente diez segundos. Posteriormente analizaron el aire que quedaba alrededor de la muestra. Un sistema de láseres en el infrarrojo medio permitió registrar cómo las moléculas presentes absorbían la luz, transformando esa información en un espectro químico detallado.

La técnica empleada tiene un detalle que podría ser clave para desarrollar futuros dispositivos portátiles: los científicos comprobaron que cinco longitudes de onda específicas eran suficientes para reproducir una separación entre los grupos prácticamente idéntica a la obtenida con el espectro completo.

El equipo ahora se pregunta si esa firma química umbilical puede esconder información sobre determinadas enfermedades. De confirmarse, serán necesarios estudios a mayor escala, con muestras mucho más grandes, para que algún día pueda convertirse en una herramienta médica práctica.

Fuente: Infobae

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