Durante mucho tiempo, la mayoría de los niños sordos en Nicaragua vivieron sumergidos en un silencio casi absoluto, comunicándose apenas con gestos improvisados que sus familias creaban para cubrir necesidades básicas. En esos hogares no circulaba un idioma compartido, sino un código rudimentario de supervivencia: una mano cerca de la boca podía indicar comida, la hora de comer o simplemente que alguien tenía hambre.
Según el Manual del Idioma de Señas de Nicaragua, el significado de estas señas caseras cambiaba constantemente según el contexto y la interpretación de la persona oyente. Eran herramientas para resolver urgencias del día a día. Para estos niños, el acceso al español oral era tan limitado que muchos llegaban a la adolescencia sin haber conocido una verdadera primera lengua.
El punto de inflexión llegó en Managua, en 1979. Con la ampliación de la educación pública para incluir a estudiantes con discapacidades, cientos de niños y adolescentes sordos se encontraron por primera vez en las aulas del Centro de Educación Especial Melania Morales, ubicado en el barrio San Judas.

El recreo como laboratorio lingüístico
Dentro de las clases, los maestros empleaban métodos basados en la lectura de labios, el español escrito y el alfabeto manual. Sin embargo, estas estrategias no satisfacían la necesidad diaria de comunicarse entre alumnos que tenían desde cuatro años hasta la adolescencia.
Fue en los espacios sin supervisión adulta —los recreos, los pasillos, los viajes en autobús— donde comenzó a gestarse un verdadero milagro. Al encontrarse lejos de la mirada de los mayores, los estudiantes empezaron a observarse con atención. Cada uno traía consigo las señas caseras aprendidas en casa; otros inventaban gestos nuevos para nombrar objetos, acciones o personas. Con el paso del tiempo, ese mosaico de expresiones individuales empezó a circular entre ellos y a adquirir significados compartidos.
Los niños no recibieron un idioma ya formado: lo crearon desde cero, impulsados por la urgencia de entenderse. Mientras los alumnos mayores aportaban los gestos domésticos y las señas que inventaban para la escuela, ocurrió algo fascinante con los más pequeños. Los menores identificaban repeticiones, buscaban regularidades y organizaban los gestos que veían a su alrededor con patrones más constantes, generando espontáneamente una estructura gramatical.
Aprovechando que las lenguas de señas emplean el cuerpo y el espacio para representar relaciones y acciones, la posición de las manos y la dirección del movimiento pasaron a brindar información precisa sobre quién realizaba una acción, hacia dónde se dirigía o dónde se ubicaba un objeto. Las innovaciones de los más pequeños se convirtieron en el modelo para todo el grupo, e incluso los adolescentes terminaron adoptando las formas más estructuradas que utilizaban los alumnos menores. De esa convivencia entre edades nació una lengua con reglas propias.

El asombro de una lingüista del MIT
El fenómeno no pasó desapercibido. En 1986, el Ministerio de Educación invitó a la lingüista estadounidense Judy Kegl, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), para analizar lo que estaba ocurriendo. Al llegar, Kegl se topó con algo extraordinario:
“Vi una forma de comunicación que me resultaba muy difícil de descifrar. Cada persona era diferente; había mucha variabilidad”, expresó más tarde en una entrevista para la BBC.
Durante su estancia, Kegl y su equipo documentaron la rápida evolución de esa comunicación y el nacimiento oficial de lo que hoy se conoce como la Lengua de Señas Nicaragüense (LSN). Para la lingüista, este hallazgo demostró algo esencial sobre la naturaleza humana: la capacidad del lenguaje es innata, pero necesita del encuentro con otros para desarrollarse. “Es necesario tener un motivo para usar el lenguaje. Ellos hicieron el resto”, señaló al recordar la destreza con la que los estudiantes dieron vida a su propio idioma.
“En ese momento pensé: ‘estamos viendo cómo emerge un lenguaje’”, indicó Kegl.
El nacimiento de la LSN fue posible gracias a la confluencia de cuatro condiciones clave que identifica el Manual del Idioma de Señas de Nicaragua: el acceso visual a la comunicación entre pares, la reunión de un número amplio de niños, la urgencia de conversar libremente sin intermediación de familiares oyentes y la convivencia cotidiana entre estudiantes de distintas edades.

Con los años, el sistema educativo nicaragüense terminó incorporando oficialmente la lengua de señas en sus programas. De la experiencia del colegio Melania Morales surgieron los primeros intérpretes, se formaron docentes sordos y el idioma se expandió desde Managua hacia el resto del país. Aunque la organización señala que todavía hay niños sordos en comunidades rurales aisladas que enfrentan barreras lingüísticas, aquel idioma que germinó en los patios, los autobuses y las aulas de una escuela capitalina transformó para siempre la vida y la identidad de la comunidad sorda de Nicaragua.
Fuente: Infobae