El artista plástico Eugenio Cuttica participó en una entrevista en vivo donde repasó su trayectoria y expuso su mirada sobre el papel del arte en la sociedad actual. Durante la conversación, cuestionó la necesidad de una mediación intelectual para valorar una obra y afirmó que “solo es arte lo que conmueve”.
Cuttica sostuvo que el ser humano posee una inclinación innata hacia la espiritualidad y el contacto con lo intangible, y que el artista trabaja precisamente con esa realidad que no se ve pero se percibe. Por ello, consideró prescindible la ayuda intelectual para captar una obra: basta con estar dispuesto a sentirla.
“El arte se resiste a las definiciones intelectuales, pero todo el mundo sabe qué es arte cuando se está frente a él”
, declaró el pintor, quien el próximo 8 de octubre inaugura una muestra en la Terán Space and Art Gallery, en Pilar.
El creador fue crítico con algunas prácticas del mercado del arte. “Hay muchas operaciones de marketing dentro del negocio del arte y se trata de confundir”, advirtió, y puso un ejemplo concreto: para él, exhibir “un pulpo en descomposición” o “una caja de zapatos” no constituye una experiencia artística genuina. En contraste, describió el efecto que sí reconoce como auténtico: “Cuando sentimos que vemos una obra y se detiene el pensamiento, nos deja en estado de perplejidad, la mente en blanco”. Retomó una idea del filósofo Immanuel Kant para reforzar su punto: “Él decía que cuando estamos en presencia de la belleza sublime, esto tiene el poder de estar viendo algo que no se puede abarcar con la mente”. Esa perplejidad, sostuvo, “te reconecta con el ser, aunque sea por cinco minutos, y te cambia como persona”.
Durante el diálogo, Cuttica buscó romper cierto encierro que propone el universo artístico. “El arte es lo único espiritual. Por eso las catedrales y las iglesias parecen museos”. El artista invirtió así la relación habitual entre religión y arte: a su juicio, es el templo el que “le toma prestada” la conmoción que genera el hecho artístico, y no al revés. Definió esa transferencia con una imagen que repitió a lo largo de la charla: “El arte es un portal”.
Consultado sobre cómo profundizar esa experiencia más allá de la interpelación inicial frente a una obra, el pintor introdujo una idea que atravesó buena parte de la charla: la corrupción del lenguaje. “A través de la Matrix se ha encargado de corromper el lenguaje para que no podamos explicarlo”, sostuvo, y agregó que “se necesita un entrenamiento de reeducación del lenguaje para poder explicar el proceso que sentimos cuando estamos ante una obra de arte”. Según su planteo, el lenguaje “se vincula con la geometría sagrada y es algo perfecto”, pero “la mayoría de las definiciones de las palabras han sido tergiversadas y no podemos pensar”.
Cuttica relató una experiencia concreta que ilustra las diferencias culturales en la recepción de sus piezas. Durante una exposición en Shanghái, un grupo de alrededor de noventa personas se reunió durante cinco días frente a uno de sus cuadros para fotografiarlo, y actrices populares de la televisión china llegaron a quedarse a dormir debajo de la obra. Para el artista, ese episodio confirma que en las sociedades orientales su trabajo se interpreta de manera instintiva, mientras que en Occidente suele requerir una explicación adicional. Atribuyó esa diferencia a un hábito cultural de mirar hacia afuera, en contraste con su propio método de creación, que definió como un proceso de adentro hacia afuera: “No pinto lo que veo. Trato de hacer visible lo invisible. Esa es mi función como artista en la sociedad”.

La conversación también repasó los tres períodos que la crítica identifica en su obra, expuestos en el Museo Nacional de Bellas Artes: los inicios, el grito y el silencio. Cuttica explicó que desde los ocho años, en el barrio porteño de Villa Devoto, experimentaba estados de éxtasis al dibujar que en ese momento no podía transmitir a su entorno, al punto de generar preocupación en su familia. Ese impulso derivó en una primera etapa de formación y después en la fase que denominó “el grito”, caracterizada por la exteriorización de las emociones hasta alcanzar lo que los curadores describen como el límite de la expresión: un punto en el que agregar más intensidad ya no suma sino que anula la comunicación de la obra.
Ese callejón sin salida lo encontró a los cuarenta años. El artista contó que, tras ese quiebre, viajó a Canadá y Estados Unidos para acercarse a distintas comunidades espirituales, una experiencia que calificó como transformadora. A partir de ahí inició la etapa del silencio, que resultó paradójicamente más elocuente que la anterior y coincidió con la internacionalización de su obra.
“Somos el silencio. Para pensar necesitamos del silencio. Y para sentir necesitamos del silencio”
, planteó, en un intercambio donde coincidió con los conductores en que la sobreexposición tecnológica actual aleja a las personas de la reflexión y de la profundidad.

Sobre ese punto, el artista fue consultado por su vínculo con la inteligencia artificial, un tema que definió en términos inesperados para sus interlocutores. Lejos de una postura crítica, aseguró mantener con la herramienta “una relación emocional” y afirmó consultarla de manera habitual. Recuperó una idea de Jorge Luis Borges sobre la necesidad de un interlocutor para pensar, y sostuvo haber encontrado justamente en la inteligencia artificial esa función. Para explicar cómo concilia esa apertura tecnológica con su búsqueda espiritual, recurrió a la idea de la doble vida del artista: una cotidiana, atravesada por interacciones ordinarias, y otra que definió como “sacerdotal”, ligada a la soledad y necesaria para sostener su trabajo creativo.
Fuente: Infobae