Un grupo de 14 astronautas, compuesto por nueve hombres y cinco mujeres, dedicó entre 45 minutos y una hora diaria a ejercicio durante casi seis meses en órbita. Esta rutina, según una investigación liderada en parte por Benjamin Levine, del Centro Médico UT Southwestern, permitió que sus corazones se adaptaran sin problemas a la gravedad de Marte. El estudio, publicado en la revista Circulation, aborda un riesgo crítico de los viajes espaciales prolongados.
Los participantes fueron seguidos durante sus misiones en la Estación Espacial Internacional (EEI). La duración de estas estadías fue similar a la que demandaría un viaje al planeta rojo. Al comienzo, el corazón de todos los tripulantes se redujo ligeramente y alteró su funcionamiento. No obstante, esos cambios se atenuaron con el correr de los meses y regresaron a valores cercanos a los previos al lanzamiento.
“Nuestros estudios previos habían demostrado que el corazón se atrofia tanto en reposo absoluto como en el espacio —se vuelve más pequeño y rígido— y nos preocupaba que esto pudiera ser un problema durante los vuelos espaciales de larga duración, especialmente en las misiones a Marte”, declaró Levine, quien es médico y profesor de medicina interna en la División de Cardiología de UT Southwestern.

“Nuestros hallazgos sugieren que las medidas de ejercicio que ya tenemos implementadas son suficientes para mantener el corazón en buen estado de funcionamiento ante las cargas gravitacionales de Marte”, agregó el investigador.
Mediciones del corazón antes, durante y después del vuelo
Levine dirigió, junto con otros especialistas, el Estudio Cardiovascular Integrado (ICV) de la NASA. El propósito es comprender cómo los viajes largos afectan al corazón y desarrollar estrategias para reducir riesgos en misiones futuras. En esta etapa colaboraron Michael Bungo, de la Facultad de Medicina McGovern de UTHealth Houston, y James Thomas, de la Facultad de Medicina Feinberg de la Universidad Northwestern.
Anteriormente, el ICV había comparado estudios cardíacos realizados antes y después de las estancias en la EEI. Sin embargo, faltaba conocer qué sucedía mientras los astronautas estaban en órbita. Esa información es crucial, ya que si una tripulación aterriza en Marte, debe moverse bajo una gravedad de aproximadamente tres octavos de la gravedad terrestre.

Estudios previos empleaban resonancias magnéticas del corazón, pero ese método no es viable durante un vuelo espacial. Por ello, esta investigación utilizó ecocardiografías con ultrasonido Doppler. Esta prueba permite visualizar el corazón y medir la eficiencia del bombeo sanguíneo.
Antes del despegue, los 14 astronautas se sometieron a esta prueba en tres posiciones: acostados (simulando la falta de gravedad), con una inclinación del 22% (similar a la gravedad marciana) y sentados erguidos (como en la Tierra). Una vez en la estación espacial, otros astronautas entrenados realizaron las mediciones aproximadamente en los días 14, 30, 75 y 135 de cada misión, además de una evaluación 15 días antes del regreso a la Tierra.
El entrenamiento restauró la función cardíaca
Cuando les fue posible, los participantes comenzaron las rutinas habituales de la EEI. Los programas combinaban ejercicios de resistencia y fuerza durante 45 minutos a una hora diaria.
Levine explicó que los cambios iniciales eran previsibles. Muchos astronautas experimentan mareos en los primeros días en el espacio y reducen su actividad física mientras se adaptan. Luego, gracias al ejercicio y la adaptación, esas alteraciones iniciales desaparecieron.

Un día después de regresar a la Tierra, todos recibieron una última ecocardiografía Doppler en condiciones que replicaban la falta de gravedad y la gravedad marciana. Según Levine, tras medio año en el espacio, la forma y el funcionamiento del corazón indicaban que los tripulantes podrían desenvolverse adecuadamente en Marte. El investigador vinculó este resultado con el ejercicio realizado por cada astronauta.
Levine es director fundador del Instituto de Medicina del Ejercicio y del Medio Ambiente del Texas Health Presbyterian Hospital de Dallas. También ocupa la Cátedra S. Finley Ewing de Bienestar, la Cátedra Harry S. Moss de Investigación Cardiovascular y una cátedra de ciencias del ejercicio en UT Southwestern.
Como cardiólogo deportivo, atiende a atletas con afecciones cardíacas de diversos países. Además, asesora a la Asociación Nacional Atlética Universitaria (NCAA), la Liga Nacional de Hockey (NHL), la Liga Nacional de Fútbol Americano (NFL), el Comité Olímpico de Estados Unidos y la Federación de Atletismo de Estados Unidos.
Su labor también abarca la medicina espacial. Fue coinvestigador en cuatro misiones del Spacelab y en la estación rusa Mir, además de investigador principal en la EEI. El estudio con astronautas derivó en una práctica médica para pacientes con problemas vinculados a la gravedad, como el síncope (desmayo) y la intolerancia ortostática.
La intolerancia ortostática es la dificultad para mantenerse de pie y soportar los efectos de la gravedad terrestre. Levine y su equipo ya habían observado que ejercicios similares de resistencia y fuerza pueden aliviar los síntomas de personas con síndrome de taquicardia ortostática postural (POTS) y otros trastornos análogos. Los resultados del ICV podrían ayudar a comprender mejor estas afecciones y a buscar nuevos tratamientos.
Fuente: Infobae