El reconocido cineasta chileno Pablo Larraín presentó recientemente en el Festival de San Sebastián la serie Mis muertos tristes, una propuesta de terror social que adapta los relatos de la escritora argentina Mariana Enríquez. La trama traslada a la ciudad de Buenos Aires la convivencia entre espectros, violencia callejera y memoria colectiva. Netflix tiene previsto estrenar la producción el 24 de septiembre de 2026 en un formato de cuatro episodios.
La obra compitió por la Concha de Oro en el certamen vasco, siendo la primera serie de televisión en ingresar a la selección oficial del festival. Durante el evento se proyectó en versión cinematográfica, obtenida al unir los capítulos sin alterar el contenido original.
Para construir el universo de la serie, Larraín fusionó el cuento homónimo de Enríquez con personajes y elementos de otros relatos de la autora: Julie, Cuando hablábamos con los muertos y Un lugar soleado para gente sombría. El director explicó que el festival propuso la versión larga como una manera de presentar la historia en pantalla grande, aunque manteniendo la estructura episódica.
¿Qué cuenta Mis muertos tristes?
La protagonista es Ema, interpretada por la actriz Mercedes Morán. Se trata de una médica recién jubilada de 60 años que, desde su infancia, ve y escucha a los muertos. Tras la muerte de su madre, se muda a la casa familiar y acoge a su sobrina Julie, una joven que también posee esa facultad. El asesinato de tres adolescentes en el barrio de Piedrabuena multiplica las presencias espectrales y desata recuerdos dolorosos.
El relato sitúa el fenómeno sobrenatural en un entorno marcado por la precariedad, el duelo, la culpa y el abandono institucional. Mariana Enríquez ha señalado que los bloques de vivienda social, el hospital público y la universidad que aparecen en la historia representan proyectos de democracia social que han perdido su capacidad de protección y hoy quedan a merced de la marginación.
Piedrabuena, ubicado en Villa Lugano, no es solo el escenario de los hechos: es un espacio donde el deterioro material y la memoria política se superponen. Larraín comparó estos edificios con construcciones similares de Chile que en su momento fueron motivo de orgullo y después quedaron relegadas al “patio de atrás” de las urbes.
El director subrayó que, en la serie, los muertos exigen ser recordados. En sus palabras:
“El acto de memoria es también de alguien que quiere ser rescatado y no olvidado”.
La casa donde falleció la madre de Ema se convierte en un personaje más, concentrando las tensiones entre las dos hermanas y sus respectivas hijas, y siendo el escenario donde conviven vivos y fallecidos.
El terror social y familiar de Larraín y Mariana Enríquez
La serie coloca el cuerpo femenino en el centro de sus conflictos: las enfermedades, las cicatrices, el deseo, el miedo y la violencia atraviesan a Ema y a Julie. La sobrina, abandonada por sus padres en un centro psiquiátrico y obsesionada con el sexo, mantiene una relación distinta con los fantasmas que la de su tía. Mientras la primera disfruta del más allá, la segunda lo vive como una especie de purgatorio.
Enríquez vinculó esos miedos a una historia latinoamericana que trasciende el presente:
“Yo crecí en los 70, y estaba la paranoia de si venían los militares, o de si te iba a denunciar tu vecino por ser un militante social”.
La escritora cuestiona analizar los conflictos actuales sin atender al contexto que los precede. Todas las protagonistas, en definitiva, se encuentran atrapadas en una especie de bucle del que deben escapar para hallar su lugar en el mundo.

Larraín reconoce las afinidades entre su cine y la literatura de Enríquez: el terror cotidiano, las diferencias de clase, la incomodidad moral y una realidad socioeconómica que condiciona la vida de quienes habitan la periferia.
Ema fue apartada del hospital público donde trabajaba y decide vender su casa en un barrio más seguro para instalarse en el chalé de su madre fallecida. Allí convive con el fantasma materno, interpretado por la actriz chilena Luz Jiménez, y con la llegada de su hija, una fotógrafa y cineasta con quien mantiene una relación tensa (Dolores Fonzi). La madre y la hija no se parecen en nada, lo que acrecienta los roces.
La situación se complica cuando su hermana, su cuñado y Julie viajan desde Oregón, Estados Unidos, para tratar a la joven en un hospital público. Los padres pretenden internarla, pero Julie se fuga después de que Ema comienza a comprender la naturaleza de su sufrimiento.
La estructura episódica, pese a reunir relatos distintos de Enríquez, encuentra su eje en la experiencia de Ema y en la interpretación de Morán, marcada por el hastío ante los vivos y una conexión con los muertos a través del dolor. La serie combina planos largos, una fotografía áspera y los edificios de Piedrabuena para construir un espacio donde quienes han muerto de forma traumática conviven con quienes siguen vivos cargando experiencias similares.

Uno de los aspectos que cautivó a Pablo Larraín al hacerse cargo del proyecto fue justamente aquello que no se ve y cómo lograrlo en pantalla. Mis muertos tristes se presenta como una ‘rara avis’ dentro de la ficción contemporánea: una obra que no concede concesiones, precisa y, al mismo tiempo, repleta de vericuetos, con miles de ideas visuales y narrativas. Tan hermética como profundamente emocional, parte de nuestras carencias e inseguridades, de los prejuicios y el caos de nuestro mundo para vehicular una historia hermosa sobre la necesidad de comunicación entre las distintas generaciones, entre los que ya no están y los que se quedan. El escritor Stephen King ya la ha calificado como “genial”.
Fuente: Infobae