Durante los meses de septiembre y octubre, el ficticio pueblo de Macondo, escenario de Cien años de soledad, cobra vida en Madrid. En el barrio de Villaverde se ha montado un estadio temporal para doce funciones nocturnas, con Shakira como figura central. El proyecto se titula Es Latina.
A simple vista, decir que Shakira es latina resulta evidente: nació en Barranquilla, Colombia. Pero la realidad es más compleja. Durante más de tres décadas cruzando fronteras musicales, el significado de ‘ser latina’ para ella ha ido mutando. Su carrera permite analizar cómo contribuyó a forjar una identidad global mientras las reglas para lograrlo se transformaban.
Así lo plantea el último informe del Observatorio Nebrija del Español, donde se utiliza la trayectoria de la cantante para observar los cambios en barreras de acceso, formas de circulación musical y construcción de una identidad capaz de viajar entre mercados.
En los años 90 y principios de los 2000, ser de otro lugar otorgaba un valor diferencial, pero esa diferencia debía estar pulida y ser legible, lo que se conoce como ‘la otredad domesticada’. Las discográficas, radios, MTV o DJs en Los Ángeles, Londres o Medellín debían identificar rápidamente al artista y clasificarlo.

Una estrella internacional necesitaba ser lo suficientemente distinta para atraer atención y lo suficientemente familiar para ser clasificada; el idioma también era parte de esa negociación. El video y la imagen funcionaban como un jeroglífico cultural.
Shakira lo entendió pronto y adoptó códigos visuales: cabello claro, caderas, baile, ritmo caribeño, imagen de diosa… signos de un lenguaje expresivo más allá del idioma, capaces de comunicar un origen incluso a quien apenas conoce ese lugar, probablemente porque ese lugar es un universo creado.
Para el año 2000, Shakira ya había lanzado varios álbumes en español y un disco en vivo. Sin embargo, ninguna canción de esa etapa ingresó al Billboard Hot 100; su primera aparición fue en 2001 con ‘Whenever, Wherever’. A partir de entonces empezó a vender discos en Estados Unidos, aunque sin ocupar aún el escaparate central del pop.
Para eso surge el crossover, una fórmula lingüística: una cantante colombiana graba en inglés para conquistar el mercado anglosajón. Visto desde 2026, el movimiento de Shakira resulta mucho más sofisticado.
El inglés fue un pasaporte, pero una vez cruzada la frontera, su equipaje identitario solo creció. Shakira fue superponiendo capas: español e inglés; pop, rock y ritmos latinoamericanos; colaboraciones anglosajonas e hispanas; referencias colombianas y códigos del pop internacional. Este proceso implicó construir una identidad latina reconocible y comercializable como un mercado homogéneo. Lo que parecía una adaptación al canon terminó funcionando también en sentido contrario.
El crossover ha sido, a largo plazo, una especie de caballo de Troya. Una vez legitimada dentro del pop global, Shakira construyó una ‘audiotopía latina’: espacios virtuales y sonoros creados por la música donde los oyentes reimaginan el mundo social y conviven con diferencias culturales.
Shakira ha logrado que su identidad no sea vista solo como folclore local caribeño o asiático, sino como una fuerza capaz de remapear los límites de la ciudadanía contemporánea y un imaginario latino a escala mundial. Incluso cuando canta en inglés en un estadio en Nueva York, la imagen que proyecta es latina.
Cuando ser local ya no impide ser global
Las plataformas digitales cambiaron las reglas. Spotify, YouTube o TikTok no eliminaron a los intermediarios; las playlists siguen clasificando y la curaduría de las grandes plataformas decide qué canciones reciben atención. Ahora públicos dispersos geográficamente pueden reunirse alrededor de una propuesta muy específica sin que esta tenga que hacerse comprensible para todos.
Así, la música de Shakira y su identidad forman parte de listas latinas o de reguetón, pero también aparecen en las principales clasificaciones globales de países donde no se habla español, desde Alemania hasta Bangladesh.
En lo visual, su dominio es sobresaliente. En YouTube, con 34.701,7 millones de visualizaciones, es la tercera artista con más reproducciones de la plataforma, por detrás de Bad Bunny y BTS y por delante de la mismísima Taylor Swift.
Las colaboraciones también muestran este alcance global. Alejandro Sanz, Karol G o Fuerza Regida no aportan únicamente audiencia a una canción. Conectan escenas, géneros, territorios y comunidades distintas. La identidad deja de funcionar solo como una etiqueta –latina, anglosajona, colombiana– y se comporta como una red.
En 2023, el éxito de la sesión de Shakira con Bizarrap pulverizó la vieja idea del crossover. Una artista colombiana y un productor argentino convirtieron una canción en español en un acontecimiento mundial sin producir ninguna versión en otro idioma. Lo local y lo global ya no funcionan necesariamente como extremos opuestos.
Macondo es un espejo
Por eso la residencia madrileña resulta interesante más allá de sus cifras. Treinta años atrás, unas cuantas imágenes debían bastar para que un espectador situado a miles de kilómetros entendiera de dónde venía Shakira. En 2026 sucede casi lo contrario: la artista puede construir un espacio entero alrededor de ese lugar de procedencia imaginario y convertirlo en destino.
Macondo, escribía la propia artista en El País, “no es un pueblo, es un espejo” y ella es el reflejo de ser latina.
Se trata de la primera residencia artística de formato internacional en España, al estilo de las residencias de Las Vegas o la de Adele en Múnich, pero con un estadio temporal. Ahí está quizá la transformación más interesante de su identidad global. Durante buena parte de su carrera, Shakira tuvo que asimilar cuánta diferencia podía transportar consigo para atravesar cada frontera. Ahora puede construir todo un universo con esa diferencia.
En este sentido, la transformación más significativa de Shakira no consiste únicamente en haber conseguido llevar el español a espacios cada vez más amplios, sino en haber llegado a una posición en la que ya no necesita abandonar ese lugar de origen para ocupar el centro del escenario global. La artista que comenzó atravesando fronteras termina convirtiéndose, ella misma, en un territorio de encuentro.

Fuente: Infobae