La infancia de una escritora en un pueblo sureño de trece manzanas de largo por veinte de ancho le enseñó que la vida cotidiana giraba en torno a las amigas que vivían enfrente o a la vuelta. Virginia al cruzar la calle, Silvia doblando la esquina, Marcelo al final de la calle Patagones, donde el pueblo se desvanecía entre médanos y tamariscos. Hoy, veinte años después, reside a dos cuadras de la escuela que sus hijos ya no frecuentan, y la misma pregunta la asalta: ¿por qué vivir tan lejos de sus afectos? ¿Acaso no podrían mudarse todas al mismo barrio, encontrarse en la plaza, el café o compartir un mate sin previo aviso?
No es una inquietud aislada. La idea de residir a distancia caminable, en el mismo edificio o barrio, emerge como un anhelo y una opción factible. No se trata del ambicioso cohousing o la vivienda compartida, sino de un impulso similar: envejecer cerca de los seres queridos, en red y comunidad. La propuesta parece simple: alquilar cerca. Una promesa de compañía, salidas y encuentros cotidianos.

Cada quien conserva su puerta
Es crucial aclarar qué no implica esta idea. No es cohousing: no hay proyecto institucional, terreno colectivo, cooperativa ni espacios comunes diseñados. Tampoco es coliving ni home sharing: no se comparte cocina, limpieza ni gastos domésticos. Cada persona mantiene su vivienda, economía e intimidad. La única variable que se modifica es la distancia.
Entre la vida totalmente separada y la convivencia existe una amplia gama de metros: dos pisos, una cuadra, seis cuadras, diez minutos andando. Ese espacio intermedio —aún sin un nombre preciso— es justo lo que en varios países se empieza a debatir como una decisión consciente sobre dónde y con quién vivir.
La gramática diaria que se transforma
Phil Levin, creador de Live Near Friends —una plataforma estadounidense que promueve la proximidad entre personas elegidas como criterio de búsqueda inmobiliaria— documentó durante años los efectos de acortar la distancia entre amigos. La descripción más reveladora no es estadística, sino lingüística. Las cenas y encuentros que antes requerían agenda empezaron a ocurrir sin planificación. El lenguaje de la relación cambió.
“Bajá”, “Voy al súper”, “Estoy paseando al perro”, “Tomamos un café”. Estas frases son viables cuando la distancia no exige coordinar transportes, horarios de regreso ni convertir el encuentro en un acontecimiento. A cuarenta minutos, nadie pasa un ratito: se visita. La visita implica llegada, permanencia y despedida. La cercanía permite algo diferente: el paso, el cruce, la presencia casual.
Kristen Berman, científica del comportamiento que participó en uno de los primeros proyectos de proximidad intencional en Oakland, lo explica con una regla básica: cuanto menor es la fricción para una conducta, más probable que ocurra. La distancia es fricción. Al reducirla, actividades que antes requerían planificación se vuelven espontáneas. Este mecanismo —conocido en psicología social como efecto de proximidad o propinquity effect— está documentado desde hace décadas: la exposición repetida y el acceso fácil favorecen la formación y el mantenimiento de vínculos. Un experimento aleatorizado con casi tres mil estudiantes demostró que simplemente sentar a personas más cerca aumentaba la probabilidad de amistad.
Las relaciones pueden sostenerse a gran distancia durante décadas. Lo que la distancia dificulta no es el afecto, sino la espontaneidad. En una etapa de la vida con menos obligaciones de calendario, la espontaneidad puede volverse más valiosa que nunca.

No se trata solo de kilómetros
En los proyectos de Live Near Friends surgió una expresión que condensa el concepto: baby-monitor distance. Una distancia tan corta que el monitor de un bebé aún funciona entre viviendas. No como medida literal —no todas tienen bebés ni deben tenerlos— sino como imagen de una proximidad que convierte lo exterior en algo casi interior.
Pero la distancia no es únicamente metros. Una revisión sistemática de 146 estudios publicada en BMC Geriatrics muestra que la caminabilidad (walkability) incluye conectividad de calles, mezcla de usos, destinos accesibles, seguridad vial, espacios verdes y condiciones del recorrido. Dos personas pueden vivir a ochocientos metros y estar separadas por una autopista hostil. O pueden vivir a quince cuadras y compartir un recorrido agradable, una plaza y varios comercios. La proximidad residencial es también una experiencia urbana.
Por eso, vivir cerca no solo significa reducir la distancia entre dos puertas. Significa poder habitar el mismo territorio cotidiano: la panadería, la farmacia, el café, el supermercado, el recorrido del perro, la plaza donde siempre hay alguien conocido. Una revisión de 32 estudios publicada en The Gerontologist encontró que más de dos tercios asociaban el acceso a instalaciones comunitarias, comercios locales y espacios verdes con mayor interacción social entre personas mayores. La infraestructura compartida ya existe: se llama barrio.

Proyectos que comenzaron por una persona
En Estados Unidos, el fenómeno se ha documentado durante varios años. En Oakland, un grupo iniciado en 2018 con siete amigos llegó a reunir aproximadamente veinte adultos y ocho niños distribuidos en varias viviendas cercanas: no una casa comunitaria, sino un radio de vida compartida. En Fort Collins, Colorado, Sophia y Joel comenzaron con un dúplex. Cuando apareció una unidad próxima, se sumaron otros. Terminaron siendo ocho adultos en tres unidades de dos edificios. Habían imaginado comprar un terreno y construir una comunidad; descubrieron que podían hacerlo por etapas, sin una inauguración formal.
Live Near Friends identificó un patrón: cuando tres o cuatro hogares intentan decidir simultáneamente terreno, presupuesto, diseño y fecha, el proceso suele paralizarse. Los proyectos que avanzan suelen empezar con que alguien se muda primero y los demás se acercan cuando surge una oportunidad. La proximidad puede construirse en etapas, sin requerir que todos estén listos al mismo tiempo.
Architectural Digest dedicó en 2024 una nota completa a la pregunta “¿Deberíamos mudarnos a vivir cerca de nuestros amigos?”, señal de que la práctica empieza a salir del nicho y a entrar en la conversación ordinaria sobre vivienda. Sin embargo, aún no existe una categoría inmobiliaria que facilite la búsqueda.
Argentina: la práctica existe antes que el nombre
En Argentina, aún no hay una categoría inmobiliaria equivalente, pero la práctica sí existe. La gerontóloga Alicia Moszkowski afirmó en una entrevista de 2025 que personas de su generación están formando pequeñas comunidades en el mismo edificio o barrio, comunidades que surgen espontáneamente. La paisajista Mónica Berjman imaginó una vejez con amigas en departamentos distintos del mismo edificio, una arriba y otra abajo, a un timbre de distancia. La imagen condensa el fenómeno: conservar las paredes, reducir la distancia.
En la comunidad de Mil Horas, varios grupos comenzaron organizándose para “cohousing” y emprendieron con entusiasmo reuniones y estudios. Hasta que alguien preguntó: “¿Y si ensayamos primero? ¿Por qué no alquilamos juntas? ¿O cerca? Ahí nos vamos a dar cuenta si de verdad queremos”. No solo es un paso intermedio y realizable: es una posibilidad en sí misma, una manera de sostener la autonomía, evitar cambios radicales y construir red.
El mercado inmobiliario argentino aún no reconoce que esa búsqueda existe. Los portales permiten filtrar por metros, ambientes, cochera, pileta, acceso al subte y precio. No permiten introducir una variable personal: vivir a menos de diez minutos caminando de una dirección concreta. Cuando el concepto aparece en la publicidad, suele imaginar padres, hijos o familiares. El supuesto dominante es que las personas de las que queremos vivir cerca son parientes. La idea de que una elección de vivienda importante pueda organizarse alrededor de los afectos elegidos aún le resulta excéntrica al mercado.

Vivienda es también mapa
Una vida más larga vuelve obsoleta la idea de una única “casa definitiva”. Puede haber una mudanza a los 55, 65 o 75 años que no esté motivada por pérdida ni dependencia. Durante mucho tiempo, se pensó la vivienda de las personas mayores desde el deterioro: ascensor necesario, baño adaptado, residencia, cuidados. Sin negar esas necesidades, la misma decisión puede pensarse desde el deseo: ¿dónde quiero vivir los próximos veinte años? ¿Qué quiero tener a cinco minutos de mi puerta? También podemos preguntarnos por qué seguimos viviendo en una geografía que elegimos para una etapa que ya terminó. La casa cerca de la escuela, del trabajo o de la vida familiar puede seguir en el mismo lugar cuando todo aquello que organizaba ese mapa ya cambió.
No se debe romantizar esta libertad. Elegir dónde vivir es profundamente desigual. Los precios, los contratos inestables, el trabajo, los ingresos y la disponibilidad condicionan la posibilidad de acercarse. La proximidad deseada compite con la geografía impuesta por el mercado. Por eso empieza a ser también una cuestión de política urbana: ¿por qué los sistemas de vivienda contemplan la familia como unidad natural de organización residencial y casi no tienen instrumentos para reconocer las redes de proximidad que elegimos construir?
La respuesta no es sentimental. Es que la familia tiene nombre jurídico, herederos, código civil y décadas de política pública. Los afectos elegidos, no. Pero en una vida de 80, 90 o 100 años, con más etapas de vivienda que cualquier generación anterior, las personas eligen cada vez más con quiénes quieren compartir la cotidianeidad. El mercado tarda. La práctica ya ocurre.
La casa puede elegirse por metros, luz, precio y balcón. También puede elegirse porque la vida que se quiere tener alrededor queda a pocas cuadras de la puerta.
Gabriela Cerruti es escritora y periodista especializada en nueva longevidad. Autora de La Revolución de las Viejas.
Fuente: Infobae