En pleno centro de Lima, dentro del Instituto Nacional de Ciencias Neurológicas, se encuentra un lugar que pocos conocen y que no tiene igual en todo el continente: el Museo de Neuropatología, más conocido como el Museo del Cerebro. Este recinto, ubicado en Barrios Altos, alberga 300 piezas anatómicas reales conservadas en formol, distribuidas en tres ambientes. Con casi treinta años de historia, recibe miles de visitantes al año y su agenda está copada hasta octubre. Además, ya se planea una mudanza a un terreno más grande en Chorrillos para expandir su capacidad. Infobae Perú recorrió sus salas junto a la licenciada Fresia Astocondor, tecnólogo médico en laboratorio clínico y anatomía patológica, quien explicó cada una de las piezas con la precisión de quien las conoce a fondo.

Un museo que nació para médicos y se abrió al mundo
El Museo de Neuropatología abrió sus puertas el 26 de agosto de 1997, fundado por el doctor Luis Palomino. En sus inicios, era un laboratorio exclusivo para la formación de médicos residentes, donde se realizaban disecciones y clases frente a las piezas.
“Solamente residentes entraban aquí al museo”, recuerda Astocondor.
Esa dinámica cambió en 2005, cuando la doctora Diana Rivas, entonces a cargo del departamento, decidió abrir las puertas a la comunidad. Desde entonces, el museo recibe a estudiantes de Medicina, Psicología, Enfermería, escolares desde los ocho años, institutos y público en general. La colección, que inició con unas cien muestras, creció bajo la conducción de la doctora Adriana Ciudad y luego de la doctora Diana Rivas hasta alcanzar las 300 piezas actuales. Detrás de ellas, en lo que Astocondor llama la “cerebroteca”, hay cientos de cerebros más, estudiados y diagnosticados, que forman parte del archivo científico del instituto.

Tres salas, tres mundos del sistema nervioso
El recorrido del museo se organiza en tres ambientes claramente diferenciados. El primero está dedicado a las malformaciones congénitas y adquiridas del sistema nervioso central. Allí se exhiben fetos —que no llegaron a nacer, aclara Astocondor— con condiciones como la encefalocele, donde el cerebro queda expuesto porque el tubo neural no cerró a los 28 días de gestación, o la holoprosencefalia, en la que ambos hemisferios aparecen fusionados. Las causas de estas malformaciones pueden ser genéticas o estar asociadas al consumo de alcohol, drogas o deficiencias de vitaminas y ácido fólico durante el embarazo.
“Son casos muy raros que existen, no es continuo eso”, aclara.

El segundo ambiente muestra el cerebro sano: su anatomía, lóbulos, cisuras, ventrículos donde se produce el líquido cefalorraquídeo y las meninges que lo protegen. Todas las piezas están sumergidas en formol al 10%, líquido que se renueva cada seis meses para evitar la oxidación. Las piezas más antiguas, de hace cincuenta años, presentan un tono amarillento, mientras que las más recientes son de color más claro.
“De acá a cincuenta años vienes, tus hijos quizás o tus nietos van a ver igualito”, dice Astocondor.

El tercer ambiente es el más denso: las enfermedades del sistema nervioso central, clasificadas en cuatro grupos: procesos infecciosos, tumorales, vasculares y degenerativos. Aquí se concentran los casos más impactantes del museo.

La pieza más antigua y el raro caso del ‘hombre de dos cabezas’
La pieza más antigua del museo es un cerebro con microcefalia, producto de una toxoplasmosis congénita. Corresponde a un adulto y pesa apenas 400 gramos, frente al rango normal de 1.200 a 1.400 gramos. Es la primera parada del recorrido para entender la escala de lo que puede salir mal en el desarrollo neurológico.

Pero la pieza que más detiene a los visitantes es el schwannoma de nervio periférico, un tumor gigante que pesaba 1.400 gramos —tanto como un cerebro normal— y que creció a nivel cervical hasta hacerse visible desde fuera del cuerpo.
“Le decían el hombre de dos cabezas”, cuenta Astocondor.
La operación fue exitosa, los medios cubrieron el caso hace unos quince años, y el paciente se recuperó. Lo que quedó en el museo es el tumor extraído: un frasco que parece contener un cerebro, pero que está compuesto íntegramente por células tumorales.

Cisticercosis, aneurismas y lo que el formol preserva
Uno de los bloques más extensos del recorrido está dedicado a la cisticercosis, una enfermedad parasitaria. El museo exhibe piezas que muestran el ciclo completo del parásito dentro del sistema nervioso. El quiste de cisticerco llega al cerebro cuando una persona ingiere el huevo de la Taenia solium —presente en heces, tierra, agua o verduras regadas con agua servida— y el parásito viaja a través del torrente sanguíneo hasta alojarse en la sustancia gris, la zona más vascularizada.
“La fase infectante para llegar a cisticercos es cuando ingieren el huevo de la Taenia solium. ¿Cuánto mide? Treinta micras. Muy pequeño, no lo vemos”, explica Astocondor.
Las consecuencias pueden ser devastadoras: convulsiones, epilepsia, hidrocefalia si el parásito obstruye la circulación del líquido cefalorraquídeo. La licenciada recuerda un caso documentado por la doctora Adriana Ciudad en el que un cisticerco racemoso medía quince centímetros dentro del cerebro. Los sobrevivientes no siempre quedan sin secuelas:
“Puede quedar hemipléjico, cuadripléjico y múltiples cuadros neurológicos. No va a quedar perfecto porque ha destruido parte del cerebro.”

El museo también exhibe casos de meningitis —bacteriana, viral, criptococócica y tuberculosa—, varios asociados a pacientes con VIH. En el bloque vascular, una de las piezas más impactantes: un aneurisma gigante en la arteria cerebral media que se rompió y produjo una hemorragia masiva.
“Cuando se rompe, mayormente mueren los pacientes”, dice Astocondor.
Junto a él, una hemorragia subaracnoidea donde la sangre ocupa el espacio del líquido cefalorraquídeo:
“Todo lo oscuro es sangre, todo lo oscuro.”

Un archivo de historia científica
Al fondo del museo se encuentran los instrumentos con los que trabajaron generaciones de patólogos: un microscopio monocular de 1916, una balanza de precisión de 1945, un microtomo antiguo —“yo llegué a usar este microtomo”, dice Astocondor, frotándose el hombro al recordar el esfuerzo físico de girar la manivela para obtener cortes de cinco micras— y los libros de registro donde consta que la primera necropsia realizada en el instituto data del 6 de diciembre de 1942.

Hoy ese trabajo se realiza con inmunohistoquímica, una técnica que permite identificar con mayor precisión el tipo de tumor.
“Va cambiando, va mutando la célula y ya no es igual como antes. Ya todo varía, hasta los nombres van variando de los diagnósticos también”, señala la licenciada.
Las piezas que llegan al museo provienen de necropsias realizadas con autorización familiar, en casos donde no se llegó a un diagnóstico en vida o donde el caso resulta clínicamente relevante. La última necropsia registrada data de 2019. Cuando el médico patólogo y el equipo de neurólogos identifican un caso excepcional, el corte pasa al museo; los demás van a la cerebroteca.

¿Cómo visitar el único museo del cerebro de Latinoamérica?
El Museo de Neuropatología funciona dentro del Instituto Nacional de Ciencias Neurológicas, en el jirón Áncash, cuadra 12, en Barrios Altos. La atención es de lunes a sábado, de 7 de la mañana hasta la 1 de la tarde —el último grupo ingresa a la 1—. La entrada cuesta 13 soles para el público en general y 2 soles para escolares de colegios nacionales y particulares. La agenda está completa hasta octubre; las reservas para noviembre ya están en curso.

El instituto recibió la donación de un terreno en Chorrillos donde se proyecta construir un museo de mayor amplitud, con auditorio incluido. Mientras llega ese futuro, el recinto actual sigue siendo, en palabras de Astocondor,
“una biblioteca, un archivo de libros”
donde cada frasco cuenta la historia de un cerebro que alguna vez pensó, sintió y enfermó.
Fuente: Infobae