El fatídico accidente que convirtió a Frida Kahlo en artista inmortal

El día que el tranvía partió su vida en dos

Eran las siete de la tarde del 17 de septiembre de 1925 cuando el tranvía número 829 de la línea Tlalpan chocó contra un autobús de Coyoacán en la esquina de Cuauhtemotzín y la Calzada de San Antonio Abad, en la Ciudad de México. El vehículo de madera quedó destrozado. Varios pasajeros murieron en el acto. Entre los sobrevivientes, con heridas que los médicos consideraron mortales, estaba una joven de dieciocho años que soñaba con ser médica: Frida Kahlo.

Al día siguiente, el diario El Universal reportó el suceso con precisión escalofriante: “Un tren de Tlalpan arrolló en la calzada de San Antonio Abad a un camión de la línea de Coyoacán, lleno de pasajeros”. El periódico identificó entre los heridos a “la señorita Frida Kahlo, que pertenece a una distinguida familia de la municipalidad de Coyoacán” y detalló que presentaba “contusión profunda de las vísceras abdominales, probable fractura de la pelvis y fractura del pie derecho”. El parte médico del hospital de la Cruz Roja era contundente: las heridas de Kahlo y las de otra pasajera, María Mejía, “son de aquellas que necesariamente causan la muerte”.

Después del accidente Frida Kahlo conoció a Diego Rivera, se casó en 1929 y mantuvo una relación atravesada por infidelidades, divorcio y reconciliación

Segundos de caos que cambiaron todo

Esa tarde gris y lluviosa, Frida viajaba junto a su novio Alejandro Gómez Arias, compañero en la Escuela Nacional Preparatoria y miembro del grupo juvenil Los Cachuchas. Según recordarían después, habían subido a un primer autobús pero se bajaron porque ella notó que había perdido un paraguas. Abordaron entonces un segundo vehículo, más lleno, y se acomodaron al fondo.

Minutos más tarde, el conductor intentó adelantarse a un tranvía eléctrico que venía de frente. El tranvía embistió el costado del autobús y lo arrastró varios metros. Gómez Arias sufrió lesiones leves. Cuando se incorporó, encontró a Frida en el suelo en un estado que lo impactó de inmediato: una baranda de hierro la había atravesado. Entró por la cadera izquierda y salió por el lado derecho. Ella misma describiría esa herida como algo que la traspasó “de la manera en que una espada atraviesa a un toro”. Gómez Arias y otros presentes le arrancaron la baranda con las manos, causándole un dolor insoportable.

La pintura

Uno de los detalles más extraños del momento fue relatado por testigos: un paquete de polvo dorado que llevaba otro pasajero estalló con el impacto y cubrió el cuerpo ensangrentado de Frida con una lluvia de partículas brillantes.

Lesiones que los médicos consideraron imposibles de superar

La lista de heridas que sobrevivió Frida Kahlo es difícil de asimilar. Su columna vertebral se fracturó en tres lugares. La pelvis quedó destrozada. La clavícula y varias costillas, rotas. La pierna derecha sufrió once fracturas. El pie derecho, dislocado. El hombro izquierdo, luxado. La baranda de hierro le produjo una herida penetrante en el abdomen que dañó el útero.

La historia clínica es aún más precisa: “Fractura de tercera y cuarta vértebra lumbares, tres fracturas en pelvis, once fracturas en pie derecho, luxación de codo izquierdo, herida penetrante de abdomen producida por un tubo de hierro que entró por cadera izquierda saliendo por el sexo rompiendo labio izquierdo. Peritonitis aguda. Cistitis con canalización por bastantes días”. Los médicos de la Cruz Roja no esperaban que sobreviviera la noche.

Frida Kahlo pinta recostada en su cama mediante una estructura de madera adaptada a sus necesidades de reposo luego del grave accidente. En la foto aparece Diego Rivera

Del dolor nació una artista

Frida pasó un mes internada y luego varios meses más postrada en su casa, enyesada. Antes del accidente, planeaba combinar la medicina con su interés temprano por el dibujo, quizás como ilustradora médica. El dolor crónico que la acompañó desde entonces le cerró esa puerta para siempre y la obligó a abandonar la escuela.

Para llenar las horas interminables en cama, empezó a pintar. Su familia le instaló un espejo en el dosel de la cama y le construyó un caballete especial que podía usar acostada. Frida se convirtió en su propia primera modelo. Así comenzó la larga serie de autorretratos que la darían a conocer en todo el mundo.

“No he muerto y, además, tengo algo por qué vivir; ese algo es la pintura”, le dijo a su madre semanas después del choque. La escritora y crítica de arte Raquel Tibol recoge esa frase en su libro Frida Kahlo. Una vida abierta, donde describe el accidente como el hecho que “afectó de manera definitiva la columna, la pelvis y la matriz” de la artista. La propia Frida le resumió todo en dos palabras a Tibol: “Me destrozó”.

La baranda de hierro que atravesó a Frida Kahlo en septiembre de 1925 le provocó una herida penetrante en el abdomen y dañó el útero, según el historial clínico (Prime Video/Manuel Álvarez Bravo)

“Del accidente en adelante, el dolor y la entereza se convirtieron en los temas centrales de su vida”, escribe la historiadora de arte Hayden Herrera en su biografía Frida. Y agrega: “El dolor en las obras de Frida no es un tema simplemente; tampoco es sólo un asunto físico. Es algo más complejo y en esa complejidad estriba la riqueza del arte suyo”.

Una vida marcada desde la infancia

Frida Kahlo había nacido en Coyoacán en 1907. A los seis años contrajo poliomielitis, enfermedad que le dejó la pierna derecha más corta que la izquierda y le causó una renguera leve. La larga recuperación, sumada al maltrato de los chicos del barrio, la dejó muy sola durante la infancia. Esa soledad la acercó a su padre, el fotógrafo Guillermo Kahlo, quien la introdujo en su oficio y alentó su curiosidad intelectual.

Frida fue una de las primeras mujeres admitidas en la Escuela Nacional Preparatoria, institución de élite donde planeaba estudiar medicina. Fue ahí donde conoció a Los Cachuchas y donde comenzó su relación con Gómez Arias, con quien intercambiaba cartas apasionadas pese a la distancia que imponían los conflictos políticos del momento y la desaprobación de sus padres.

La obra de Frida Khalo llamada

A la larga convalecencia se sumó otra pérdida: Gómez Arias no la visitó durante los meses que Frida estuvo postrada. La ausencia del novio y la soledad de esa recuperación interminable la dejaron en un estado de vulnerabilidad que marcaría lo que siguió.

Diego Rivera: el otro accidente

En 1928, Frida fue presentada al pintor y muralista mexicano Diego Rivera, con quien ya había tenido un breve encuentro años antes. La diferencia de edad entre ambos era de veinte años, pero eso no frenó nada. Rivera reconoció de inmediato el valor de su pintura y la alentó con una convicción que Gómez Arias nunca había tenido. Se casaron en agosto de 1929.

La relación distó de ser tranquila. Rivera tenía una larga historia de infidelidades y no dejó de tenerlas dentro del matrimonio. Frida también tuvo las suyas, entre las que se mencionó un vínculo con el líder revolucionario ruso Lev Trotsky, exiliado en México. Los celos y las traiciones fueron una constante. Se divorciaron en 1939 y se reconciliaron en 1940.

La pintora Frida Kahlo trabaja en un cuadro durante su convalecencia en su casa de Coyoacán

Con todo, Rivera fue también un sostén real. Viajaron juntos por distintos países pese a la salud cada vez más deteriorada de Frida. Y fue en parte gracias a ese apoyo que ella siguió pintando, incluso en los períodos en que apenas podía moverse.

El accidente nunca pintado, pero siempre presente

Frida nunca pintó el accidente de manera directa. Sí hizo un boceto a lápiz de ese suceso, fechado el 17 de septiembre de 1926, exactamente un año después del choque. El Museo Frida Kahlo Casa Azul, en Coyoacán, donde vivió y murió la artista, conserva ese dibujo junto a fotografías, corsés y calzado especial que usó durante décadas.

Años más tarde aludió al accidente en El colectivo, obra que algunos historiadores del arte interpretan como una escena de ella y otros pasajeros esperando el vehículo, instantes antes del viaje fatal.

Frida Khalo de niña. El choque de 1925 entre un tranvía de Tlalpan y un colectivo de Coyoacán en Ciudad de México dejó a Frida Kahlo con heridas que los médicos consideraron que moriría

La maternidad imposible y el dolor como firma

El dolor físico y el dolor de no poder tener hijos se convirtieron en los ejes de su obra. Henry Ford Hospital, pintado en 1932, muestra a una Frida desnuda en una cama de hospital rodeada de imágenes que aluden a la maternidad imposible: un feto, un caracol que representa sus dificultades para concebir y la lentitud de ese proceso, su propio abdomen, todo unido a su cuerpo por cordones umbilicales. El cuadro nació de un embarazo que terminó en aborto espontáneo. Debido a las heridas causadas por el accidente, sus embarazos no llegaban a término.

En 1944 pintó La columna rota: su torso abierto deja ver una columna jónica en su interior, el corsé ortopédico que usaba a diario es visible, tiene lágrimas en la cara y clavos clavados por todo el cuerpo. La obra es una radiografía de lo que el accidente de 1925 le había dejado adentro. Ese mismo corsé, que Frida convirtió en lienzo cuando debió volver a usarlo tras una nueva operación de columna, forma parte de la colección del museo en Coyoacán.

A lo largo de su vida, Frida se sometió a 32 operaciones. Una de las más graves implicó volver a fracturarle y recomponerle la columna. Usó corsés y yesos de manera casi permanente. Estuvo postrada en cama durante períodos prolongados y en varias ocasiones los médicos temieron por su vida.

Autorretrato en la frontera entre México y EE.UU, 1932

El final de una batalla constante

En 1953, casi tres décadas después del choque en la Calzada de San Antonio Abad, las viejas heridas volvieron a generar más que dolor. La gangrena avanzó sobre su pierna derecha y los médicos no tuvieron otra opción: la amputaron por debajo de la rodilla. Frida cayó en una depresión profunda de la que no logró recuperarse.

Ese mismo año, enferma, asistió a su primera exposición individual en México subida a una camilla trasladada en ambulancia. No quiso perdérsela.

Murió el 13 de julio de 1954, a los 47 años, por una embolia pulmonar. En sus últimas semanas había llenado su diario de dibujos de ángeles y esqueletos. Antes de morir, dejó escrita una frase que resumía algo de lo que había sido su vida entera: “Yo sufrí dos accidentes graves en mi vida, uno fue el del tranvía. El otro accidente fue Diego. Ese fue el peor”.

Fuente: Infobae

COMPARTIR ESTA NOTICIA

Facebook
Twitter

FACEBOOK