El mes de septiembre se perfila como un periodo repleto de novedades inesperadas. A la incertidumbre que rodea la elección del próximo secretario general de la ONU, se suman los movimientos independentistas de Irlanda del Norte, Escocia y Gales. Y en medio de este escenario, Dario Amodei, presidente de Anthropic, una de las compañías líderes en inteligencia artificial, ha publicado un artículo donde solicita a la industria que disminuya la velocidad del avance tecnológico.
Según Amodei, al igual que muchas tecnologías previas, la inteligencia artificial conlleva riesgos. Sin embargo, debido a su enorme poder, esos riesgos son especialmente graves. Entre ellos menciona la posibilidad de perder el control de los sistemas de IA, su uso para ciberataques y bioterrorismo, y su capacidad de generar una fuerte disrupción económica. Además, advierte que una competencia sin límites por ofrecer cada vez más servicios de IA al menor costo podría intensificar esos peligros.
Curiosamente, en 2018 la revista The Atlantic publicó un ensayo de Henry Kissinger titulado “El fin de la Ilustración”, donde alertaba sobre el potencial destructivo de la inteligencia artificial y la comparaba, por sus implicaciones, con las armas nucleares.
Para Kissinger, la humanidad no estaba filosófica ni intelectualmente preparada para manejar la inteligencia artificial. Su preocupación iba más allá de la tecnología misma: “los complejos sistemas humanos de toma de decisiones no pueden reducirse simplemente a datos”. La IA, advertía, se desarrolla impulsada por una lógica propia y puede generar conclusiones que los seres humanos no logran explicar ni reconstruir por completo, desafiando formas tradicionales de conocimiento y nuestros conceptos históricos de la realidad.
Las advertencias de Henry Kissinger, respaldadas también por Eric Schmidt, expresidente de Google, no han provocado un debate público acorde con la magnitud del desafío, ni parecen haber recibido la atención seria por parte de los gobernantes mundiales.
La razón quizá sea simple: casi todos ellos están atrapados en una vorágine del presente que les impide desarrollar una visión prospectiva y de conjunto.
Los gobiernos lidian a diario con economías que han perdido dinamismo y no generan suficientes empleos estables para los jóvenes que ingresan al mercado laboral. El crimen organizado transnacional ha penetrado numerosos sistemas de protección ciudadana, mientras los delitos cibernéticos proliferan a una velocidad que las autoridades difícilmente pueden controlar. La educación superior, que durante décadas fue el puente para salir de la pobreza y acceder a la clase media, está creando en Estados Unidos una generación de jóvenes profesionales hipotecados por deudas estudiantiles que los salarios de principios del siglo XXI difícilmente permiten pagar.
Todas estas presiones obligan a los gobernantes a concentrarse en el día a día. Mientras tanto, en los laboratorios tecnológicos, la creación continúa a toda marcha.
De allí que se haya pensado relativamente poco en construir los canales necesarios para encauzar la extraordinaria energía creativa de la inteligencia artificial hacia el enriquecimiento de las actividades que conforman la red de servicios de la sociedad moderna; en establecer nuevos paradigmas educativos capaces de preparar a las próximas generaciones para convivir y trabajar con ella; o, como planteaba Kissinger desde la perspectiva geopolítica, en desarrollar mecanismos de disuasión capaces de impedir que esta extraordinaria capacidad creadora se convierta también en una capacidad de destrucción.
Para complicar aún más el panorama, la inteligencia artificial se ha convertido en punta de lanza de la competencia económica y estratégica entre las dos grandes potencias que hoy se disputan el liderazgo mundial: China y Estados Unidos.
China ha avanzado en la incorporación de la inteligencia artificial a su aparato productivo, a sus sistemas de salud y, de manera todavía incipiente, a sus redes educativas. En Estados Unidos, en cambio, continúa abierto el debate sobre qué hacer con ella, cómo regularla y hasta dónde permitir que avance sin restricciones.
Y si en Washington prevalece la convicción de que cualquier regulación significativa podría traducirse en una pérdida de terreno frente a China, resulta difícil imaginar que, en medio de esta carrera, pueda surgir una reflexión pública suficientemente profunda sobre cómo encauzar una de las creaciones más extraordinarias de la humanidad hacia el aumento del bienestar, el fortalecimiento de las sociedades y el fomento del entendimiento internacional.
Ese es, precisamente, el peligro.
No sabemos todavía si el genio escapó definitivamente de la botella. Pero sí sabemos que hemos comenzado a correr detrás de él sin haber decidido primero hacia dónde queremos que nos lleve.
Y si alguna vez se produce un accidente provocado por una inteligencia artificial fuera de control, quizá descubramos demasiado tarde que su capacidad destructiva puede superar la de Chernóbil. La diferencia es que Chernóbil fue un accidente en una instalación concreta. La inteligencia artificial, en cambio, no conoce fronteras.
Fuente: Infobae