Isadora Duncan: la trágica muerte de la bailarina que revolucionó la danza

Los últimos días del verano europeo en la Costa Azul se despedían con una noche ventosa y fresca. Faltaban pocos minutos para las diez cuando un Amilcar CGSS, un vehículo pequeño pero lujoso, con la capota descubierta, se detuvo frente a un edificio del Paseo de los Ingleses, en Niza. Quien lo conducía era Benoît Falchetto, un joven bien vestido que trabajaba como vendedor de autos. Bajó del coche, abrió la puerta y esperó a que subiera una mujer de unos 50 años. Era Isadora Duncan, la bailarina que con su estilo único había transformado la danza contemporánea. Aunque su época de mayor fama ya había pasado, seguía siendo protagonista de las revistas de la alta sociedad por su vida excéntrica, llena de amores pasajeros y, casi siempre, escandalosos.

Era el 14 de septiembre de 1927. Isadora vestía un elegante vestido rojo que resaltaba su figura esbelta. Quizás por el frío o por esos detalles que solía descuidar, se había envuelto el cuello con un larguísimo foulard del mismo color, que el viento hacía ondear. Regresaba a su hotel tras una reunión con amigos, y Falchetto había pasado a buscarla para mostrarle el Amilcar, con la intención de vendérselo. Al menos eso se dijo entonces, aunque después surgirían otras versiones. Cuando el auto arrancó, Isadora se despidió de sus acompañantes, entre ellos Mary Desti, quien esa misma tarde le había regalado la llamativa estola. “¡Adiós, amigos míos, voy a la gloria!”, les dijo en francés mientras agitaba un brazo.

Al avanzar contra el viento, la marcha del auto hizo ondear aún más la estola. Unos metros más adelante, uno de sus extremos se enredó con los rayos de la rueda trasera. El conductor, distraído, no se percató hasta que los gritos de los transeúntes lo alertaron. Para entonces, el foulard de seda no solo había estrangulado a Isadora, sino que al enrollarse aún más en la rueda la había arrancado del asiento y arrastraba su cuerpo sobre los adoquines, en una escena grotesca y fatal.

La noticia dio la vuelta al mundo. Por la fama de la bailarina, pero sobre todo por lo insólito de su muerte. En la necrológica que publicó al día siguiente, The New York Times describió el accidente: “El automóvil iba a toda velocidad cuando la estola de fuerte seda que ceñía su cuello empezó a enrollarse alrededor de la rueda, arrastrando a la señora Duncan con una fuerza terrible, lo que provocó que saliese despedida por un costado del vehículo y se precipitase sobre la calzada de adoquines. Así fue arrastrada varias decenas de metros antes de que el conductor, alertado por los gritos, consiguiese detener el automóvil. Se obtuvo auxilio médico, pero se constató que Isadora Duncan ya había fallecido por estrangulamiento, y que sucedió de forma casi instantánea”.

Para reconstruir los últimos momentos de Isadora, los medios se basaron casi exclusivamente en el testimonio de Mary Desti. Pasarían años antes de que la amiga que le había regalado el foulard reconociera que al contar los hechos había cambiado una palabra de la despedida de Isadora. Una palabra que cambiaba casi toda la historia.

Isadora Duncan fue una bailarina y coreógrafa estadounidense de trascendencia mundial. Su danza era fresca, radical, innovadora, cargada de sensualidad y energía

Una bailarina única

Isadora Duncan nació en San Francisco, Estados Unidos, el 27 de mayo de 1877, con el nombre de Dora Ángela Duncan. Era hija de una familia de inmigrantes irlandeses. Su padre, Joseph, probablemente empleado de un banco, abandonó a su esposa y a sus cuatro hijos cuando Isadora era muy pequeña. La situación económica se volvió asfixiante. Su madre, Dora, daba lecciones de piano para reunir lo suficiente para comer. Era una mujer fuerte y emprendedora, que pronto creó una escuela de danza, donde Isadora dio sus primeros pasos. A los diez años dejó la escuela para dedicarse por completo al baile. Su madre se lo permitió, convencida de que su hija tenía un gran talento. “Nací a la orilla del mar. Mi primera idea del movimiento y de la danza me ha venido seguramente del ritmo de las olas”, escribiría Isadora en su autobiografía, Mi vida.

De adolescente se mudó con su madre y su hermana Elizabeth a Chicago, donde estudió danza clásica. Tras perder todo en un incendio, se trasladaron a Nueva York y ella ingresó en una compañía de teatro. Buscando nuevas oportunidades, convenció a su familia de viajar a Europa. A comienzos del siglo XX se establecieron en Londres y luego en París. Danzó ante la nobleza inglesa y los artistas parisinos. En Berlín se unió a la compañía de la bailarina Loie Fuller en una gira por Múnich y Viena. Finalmente, en Budapest, firmó su primer contrato para bailar sola en un gran escenario.

Esa presentación fue un éxito rotundo. La crítica destacó “un estilo único” que rechazaba el ballet tradicional. Isadora desarrollaba un arte propio, poético y absolutamente personal, inspirado en las esculturas de la antigua Grecia. Quería liberar la danza de puntillas, tutús y figuras encorsetadas, para dar expresión al alma y rienda suelta al arte. Bailaba con movimientos libres y fluidos, cubriendo su cuerpo únicamente con velos transparentes. Algunos la admiraban; otros la consideraban una extravagante provocadora.

No solo practicó su estilo: con el tiempo abrió varias escuelas de danza para difundir su visión del baile. A sus seguidoras se las llamó las “Isadorables”; seis de ellas incluso adoptaron su apellido como símbolo del legado del que se consideraban depositarias. Recorrió el mundo con espectáculos que cosecharon tantos éxitos como escándalos: no era habitual que una mujer se presentara en los mejores teatros con una mínima túnica, mostrando sus piernas desnudas y, de vez en cuando, también los pechos.

Isadora Duncan revolucionó la danza contemporánea con un estilo que rechazaba el ballet tradicional y se inspiraba en la antigua Grecia

Las pasiones y las muertes

Su vida amorosa fue tan apasionada como inestable. Su primer gran amor fue el actor italiano Oscar Beregi, a quien conoció en Budapest y al que abandonó cuando él no quiso acompañarla en sus giras. En 1904 conoció al actor y escenógrafo Edward Gordon Craig, con quien tuvo una hija, Deidre. Isadora se negó a casarse con él para conservar su independencia. Le dijo que no estaba hecha para el matrimonio. Una de sus relaciones más duraderas la tuvo con el millonario estadounidense Paris Singer, heredero del imperio de máquinas de coser y financiador de muchas de sus escuelas de danza. Con él se introdujo en una vida de lujos y se relacionó con el jet set europeo. También tuvo un hijo, Patrick. Una vez más, Isadora se negó a casarse y dio por terminada la relación.

En 1913 sufrió uno de los golpes más duros de su vida: sus dos hijos, Deidre y Patrick, murieron en un accidente automovilístico. El vehículo en que viajaban cayó al río Sena, en París, y se ahogaron. Deprimida, se alejó de la danza e inició un viaje por diferentes países europeos buscando algo que la sacara de su dolor. En Italia tuvo una relación ocasional y quedó embarazada. Su tercer hijo nació en París casi al mismo tiempo que estallaba la Primera Guerra Mundial, pero el niño murió pocas horas después. Isadora no alcanzó siquiera a ponerle un nombre. Quedó devastada.

El último gran amor de Isadora fue el poeta ruso Sergei Esenin, a quien conoció en una gira por la Unión Soviética, invitada por Lenin tras el triunfo de la Revolución. Ella tenía 44 años y él 26. Cuando se conocieron, ella seguía sin recuperarse de las muertes de sus hijos y Esenin vivía empapado en alcohol. Por una vez, transgredió sus propias reglas y se casó con él para que pudiera salir de la Unión Soviética. Fue una relación violenta y sufriente que terminó en 1924, cuando Esenin volvió a Moscú, donde se suicidó un año después.

Tenía 45 años cuando se enamoró de Sergei Yesenin, un poeta ruso.. Se casaron el 2 de mayo de 1922 para que la nacionalidad de su esposo no fuese un impedimento en cada uno de sus viajes

Revuelo en Buenos Aires

Cuando Isadora Duncan murió en Niza, además de los obituarios típicos para actores famosos, los diarios argentinos recordaron la visita que hizo a Buenos Aires en 1916, para presentarse en el centenario de la Independencia. Fue una visita tan accidentada como escandalosa. El barco que la traía desde Río de Janeiro atracó en Buenos Aires a principios de julio. La bailarina se encontró con una primera dificultad: las cortinas y alfombras que acompañaban sus recitales no habían llegado y tuvo que encargar otras nuevas, porque la primera presentación estaba programada para pocos días después. El costo era de aproximadamente 4000 dólares y, como no tenía efectivo para afrontar el gasto, arregló pagar a crédito. Tampoco tenía las partituras de las piezas que iba a bailar –se las había olvidado en Francia–, de modo que tuvo que pedírselas al Conservatorio de Buenos Aires. Además, aunque no disponía de muchos fondos, se alojó en el Hotel Plaza, prometiendo pagar cuando cobrara por sus presentaciones.

Conservador como pocos, el público porteño de la época recibió con frialdad a la bailarina y su extraña manera de vestir y danzar. No hubo buenas críticas para sus puestas, pero el escándalo estalló la noche antes de su segunda presentación, en un club nocturno, cuando, por ser fecha patria, se tocó el himno nacional argentino y ella, sin dudarlo, se puso a bailarlo. Sobre el asunto existen versiones contradictorias. Los diarios argentinos hablaron de “falta de respeto” a la música patria y de vaciar de contenido a un símbolo nacional. En cambio, ella lo recordó de manera muy diferente en su diario: “Después de oír la traducción del Himno, me envolví en su bandera e intenté simbolizar los sufrimientos de su colonia cuando era esclava y el júbilo de la libertad cuando se desprendió del tirano. Mi éxito fue eléctrico. Los estudiantes, que no habían visto nunca una danza de aquel género, gritaron entusiasmados y me pidieron una y mil veces el himno, mientras ellos cantaban”, escribió en Mi Vida.

Los escándalos no terminaron ahí. En su tercera presentación en el Coliseo, molesta porque escuchaba murmullos del público mientras bailaba, se detuvo, se acercó al borde del escenario y lanzó una frase que marcó el final de la función: “¡Ustedes no son más que negros!”, gritó. Después de eso, el teatro canceló las funciones restantes e Isadora tuvo que irse rápidamente hacia Montevideo. Como garantía de que enviaría el dinero para pagar su estadía en el Hotel Plaza, debió dejar un tapado de armiño y un par de aros de esmeraldas que le había regalado Paul Singer.

Constantemente decía que un auto iba a matarla. Pronosticaba su propia muerte aludiendo a la

Una palabra y un equívoco

En algunas crónicas sobre el accidente que provocó la muerte de Isadora se decía que el auto en que viajaba era un Bugatti y no, como se informaba en la mayoría de los casos, un Amilcar CGSS. Se trató de una confusión originada por el apodo con que la bailarina llamaba al joven Benoît Falchetto, comparándolo con uno de los autos más lujosos y glamurosos de la época. Más allá del equívoco, que lo llamara de ese modo revela que para ella no era un casi desconocido vendedor de autos cuando la fue a buscar por el Paseo de los Ingleses de Niza, sino alguien con quien tenía por lo menos cierta cercanía, quizás uno de sus tantos amantes.

Debieron pasar muchos años para que se supiera que Mary Desti mintió al contar cuáles fueron las palabras con las que su amiga se despidió antes de emprender el viaje en auto hacia su insólita muerte. Se lo dijo al novelista estadounidense Glenway Wescott –quien a su vez lo dejó escrito en su diario– la misma noche de la tragedia, cuando se encontraron en la morgue de Niza donde estaba el cuerpo de la bailarina, pero le pidió que guardara el secreto. Y el hombre hizo honor a su promesa. Le dijo que la frase textual de Isadora había sido: “¡Adiós, amigos míos, voy al amor!”, y que ella decidió cambiar “amor” por “gloria” para no revelar que Isadora y Falchetto eran amantes y así proteger su memoria de un seguro escándalo. Al mentir, Mary Desti no pensó que, quizás, para Isadora el amor y la gloria podían ser sinónimos, ya que fueron las dos cosas que más buscó a lo largo de una vida signada por las tragedias.

Los restos de la bailarina que revolucionó la danza del siglo XX fueron incinerados y sus cenizas depositadas en un nicho del cementerio del Père-Lachaise, en París. Allí no hay otra inscripción que su nombre y las fechas de su nacimiento y de su muerte. A manera de epitafio, tal vez habría que grabar estos versos que la cantante cubana Celia Cruz escribió en su homenaje: “La gran Isadora Duncan su arte al mundo brindó / su vida fue una tragedia, pero su baile triunfó”. Otro homenaje imposible de soslayar es la película Isadora, dirigida por Karel Reisz y estrenada en 1968, con una magistral interpretación protagónica de Vanessa Redgrave que le valió el Premio a la Mejor Actriz en el Festival de Cannes.

Fuente: Infobae

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