En un reciente episodio del pódcast de Good Inside, la psicóloga clínica Becky Kennedy, fundadora de la plataforma, y Sheryl Ziegler, especialista en adolescentes y preadolescentes, analizaron cómo el uso del celular por parte de los padres impacta en la relación con sus hijos. La conversación giró en torno a que los jóvenes también observan y juzgan los hábitos digitales de los adultos.
Kennedy inició el diálogo proponiendo una autoevaluación del tiempo frente a la pantalla y reconoció que, en su caso, el resultado “no siempre era lindo”. A partir de allí, destacó que muchos padres critican el uso del teléfono de sus hijos mientras ellos mismos repiten la misma conducta, una contradicción que, según afirmó, los adolescentes detectan con facilidad.
Los adolescentes captan la hipocresía de los adultos
Kennedy sostuvo que los jóvenes son muy sensibles a la hipocresía y que ver a sus padres actuar de manera distinta a lo que exigen puede convertirse en una “receta para una explosión”.

Aunque aclaró que los adultos pueden establecer sus propias normas, consideró que para mejorar la convivencia deben enfocarse en momentos concretos de presencia y disponibilidad.
Como ejemplo, relató que su hijo menor le pidió: “Cuando estoy con vos, ¿podés al menos a veces no tener el teléfono en la habitación? Si está en la habitación, vibra y entonces te ponés con él. Tenemos todos estos ratos libres y es molesto”.
Kennedy señaló que los chicos suelen expresar ese malestar de forma más directa, aunque el mensaje de fondo es el mismo: “Sí, me gustaría estar más conectado con vos”.

Los hijos miden la disponibilidad de sus padres
Cuando Kennedy preguntó por qué su hijo parecía ignorarla casi siempre, pero recordaba cada ocasión en la que ella había estado mirando el teléfono, Ziegler respondió que eso se debe a dos factores: el cerebro adolescente está preparado para enfrentarse a los adultos y, al mismo tiempo, los chicos comprueban durante el día si sus padres siguen disponibles para ellos.
Según detalló, los adolescentes no observan el teléfono por mezquindad ni llevan la cuenta del tiempo de pantalla, sino que buscan señales de disponibilidad. En ese marco, resumió su punto con una frase directa: “Lo que hacen es controlar tu disponibilidad. El uso del teléfono es apenas una pista”.

Kennedy dijo que esa explicación la lleva a bajar la guardia y Ziegler añadió una referencia a una investigación reciente. Mencionó un estudio con 600 adolescentes cuyo título era “Mamá, ¿querés más a tu teléfono que a mí?”.
De acuerdo con lo que explicó, quienes perciben a sus padres absorbidos con frecuencia por las pantallas se sienten menos seguros en sus relaciones y creen que sus palabras son menos valoradas, desestimadas o poco importantes.
El valor está en pequeños momentos de atención
A partir de esa idea, Kennedy sostuvo que, si un hijo se siente distante, discutir si esa sensación es exacta o no sirve de poco. Lo expresó de este modo: “No puedo arreglar un sentimiento con un dato”.

Ziegler coincidió y agregó que, en algunos casos, el uso del teléfono por parte de los adultos efectivamente es alto. Incluso contó que una vez les pidió a sus hijos adolescentes que revisaran su tiempo de pantalla y descubrió que el suyo era mayor.
Kennedy propuso prestar atención a tres momentos del día: los primeros cinco minutos de la mañana, los primeros cinco minutos al reencontrarse con el hijo cuando vuelve a casa y los últimos cinco minutos antes de dormir. Dijo que, aunque eso no garantice una conversación profunda, esos espacios pueden servir para mostrar disponibilidad.
Ziegler definió esa práctica como “poner buena voluntad en el banco” y explicó que invertir cinco minutos de atención puede evitar discusiones más largas. En sus palabras, “esos cinco minutos probablemente valen los 25 de discusión más tarde en el día”.

La disponibilidad se trabaja con cambios acotados
Kennedy aclaró que la propuesta no pasa por no mirar nunca más el teléfono ni por guardarlo cada segundo que el adolescente esté cerca.
Lo que buscó destacar es que los hijos prestan atención a esos gestos y que registrar a un padre disponible aumenta la posibilidad de una futura conversación. Lo resumió así: “La disponibilidad hoy te gana la conversación de mañana”.
También diferenció conducta e identidad. Sostuvo que usar demasiado el teléfono no convierte a nadie en un mal padre, sino que puede ser un hábito a revisar para acercarse más a los propios valores.
Como propuesta concreta, sugirió elegir una franja breve, de cinco o diez minutos, guardar el teléfono fuera de la habitación y observar qué ocurre.

Además, recomendó sacar el tema antes de que aparezca como reproche en una pelea. Para eso, sugirió decirle al adolescente: “¿Estoy mucho con el teléfono? Sé que estoy trabajando en eso. Estoy tratando de usarlo menos, sobre todo cuando estoy con vos, para no estar distraída todo el tiempo”.
Según planteó, de ese modo la conversación puede darse en un tono respetuoso y no como munición verbal en medio de un conflicto. También señaló que ese cambio no resuelve por sí solo todos los problemas, pero puede generar algunos momentos más de conexión dentro de la casa.
Fuente: Infobae