En 1976, un joven de Brooklyn de apenas 18 años se presentó al examen del servicio civil del Departamento de Bomberos de la Ciudad de Nueva York (FDNY). Lo hizo por una mezcla de respeto a su padre y cierta resignación artística.
Cuatro años más tarde, comenzó a trabajar formalmente en la compañía Engine Co. 55, ubicada en la Pequeña Italia de Manhattan. Pasaron 25 años hasta que ese mismo hombre volvió a colocarse el uniforme para excavar durante cinco días entre los escombros tras el atentado del 11 de septiembre de 2001.
Su padre le había trazado el plan: “Me dijo que podría retirarme después de 20 años con la mitad del salario y entonces podría ser actor”, recordaría Steve Buscemi décadas después. No hubo discusión.
Durante los cuatro años siguientes, Buscemi alternó su tiempo entre la estación de bomberos y los rincones de una ciudad que hervía culturalmente en sótanos y bares. Por la noche hacía shows cómicos en locales subterráneos y se unía a compañías teatrales experimentales; durante el día atendía emergencias en la Pequeña Italia.

Ambos mundos convivían sin grandes conflictos: en esencia, en ambos se trataba de mantener la calma mientras todo alrededor ardía. A mediados de los 80 comenzó a pedir excedencias; los papeles para actuar llegaban cada vez con más frecuencia y alrededor de 1984 dejó el cuerpo de bomberos casi por trámite administrativo.
Lo que ocurrió después fue una de las trayectorias más inusuales del cine independiente estadounidense. Perros de la calle (1992) lo puso en el radar con Quentin Tarantino; Fargo (1996) y El gran Lebowski (1998) lo afianzaron junto a Joel y Ethan Coen.
Tenía un rostro que Hollywood solía relegar a los márgenes del encuadre, pero los directores independientes supieron convertirlo en protagonista: interpretaba a tipos periféricos, inadaptados, personajes que el mundo parecía haber olvidado mencionar. A finales de los 90 ya era una figura reconocida, y el FDNY era parte de un pasado que pocas biografías se molestaban en recordar.
La mañana del 11 de septiembre y las llamadas sin respuesta
Sin embargo, el 11 de septiembre de 2001 trajo ese pasado al presente. Buscemi intentó comunicarse con la estación Engine 55, la misma donde había trabajado casi dos décadas antes. Llamó varias veces. Nadie contestó. “No hubo respuesta porque todos estaban allí”, explicaría más tarde. Sin pensarlo más, tomó su antiguo equipo y empezó a caminar hacia el sur de Manhattan.

Tardó horas en llegar hasta donde estaba su antigua compañía, entre el humo y el caos de una ciudad que intentaba comprender lo que acababa de suceder. Cuando los encontró, le dijeron que cinco integrantes habían desaparecido. Uno de ellos era un amigo cercano, alguien con quien había compartido guardia en los años en que ser bombero era su trabajo de día y hacer teatro era su trabajo de noche.
Pidió unirse. Al principio hubo dudas. “Pregunté si podía unirme y me di cuenta de que al principio no se fiaban demasiado”, recordó. Lo aceptaron. Esa jornada fue la primera de cinco.
Cinco días cavando entre los escombros, sin dar una sola entrevista
Durante casi una semana, Buscemi trabajó en turnos de 12 horas en la Zona Cero, cavando entre los escombros del World Trade Center en busca de sobrevivientes. No concedió entrevistas. No posó para fotos. Existían muy pocas imágenes de esos días, y él las había evitado de manera deliberada: no estaba ahí para ser visto.
En su artículo para la revista Time, publicado en el vigésimo aniversario de los atentados, dejó una descripción escueta y precisa de lo que encontró:
“De vez en cuando pasaban una bolsa con cadáveres, aunque ninguna pesaba mucho. ¿El polvo? Era más que nada una molestia: hormigón pulverizado que taponaba las máscaras, así que trabajábamos mejor sin una puesta”.

Y una frase que alguien pronunció en voz alta entre los escombros, sin dirigirse a nadie en particular: “Esto probablemente nos matará en 20 años”.
El regreso a casa fue más duro que los días en la Zona Cero
Mientras estuvo trabajando, el dolor no encontró dónde asentarse. El cuerpo tenía una tarea, los pies tenían un lugar adonde ir, las manos tenían algo concreto que hacer. Fue al volver cuando todo llegó.
“Fue realmente muy difícil. Estaba deprimido”. “No podía tomar una decisión simple”, admitió en el pódcast WTF With Marc Maron. El estrés postraumático se instaló con una persistencia que aún hoy, según el propio actor, no desapareció del todo.
“Hay momentos en los que hablo del 11 de septiembre y ya estoy allí”, contó. “Empiezo a asfixiarme y me doy cuenta: esto sigue siendo una gran parte de mí”. Ya estaba en terapia antes de los atentados, un detalle que, según él, fue determinante para poder procesar lo que vino después.
Buscemi dijo que fue él quien recibió ayuda, no al revés

Con el tiempo, Buscemi llegó a una conclusión que invierte la lógica del relato heroico. Fue a la Zona Cero para asistir a sus excompañeros, pero lo que encontró allí fue algo que necesitaba sin saberlo: “Yo fui allí para ayudar, pero fui yo el que fue ayudado”. Aquellos días lo sacaron del ambiente del espectáculo y lo devolvieron a una escala de las cosas que Hollywood, con su maquinaria de glamour, tiende a hacer olvidar.
Su compromiso con el FDNY continuó después de septiembre de 2001. En 2014 coprodujo para HBO el documental A Good Job: Stories of the FDNY, sobre las experiencias del cuerpo. Luego fue productor ejecutivo en Dust: The Lingering Legacy of 9/11, sobre problemas de salud persistentes en quienes estuvieron en la Zona Cero.
En su editorial para Time, cerró con una advertencia: “Nunca lo olvides, porque la gente todavía está luchando. La gente todavía está muriendo”.
Fuente: Infobae