En la mañana del 11 de septiembre de 2001, Michael Hingson, un hombre ciego de nacimiento, se encontraba en su escritorio del piso 78 de la Torre Norte del World Trade Center. Iba a buscar papel membretado en un armario de suministros cuando todo cambió.
Él y su compañero David Frank necesitaban imprimir la lista de asistentes a los seminarios que dictarían ese día y enviarla por fax. Cuando Hingson estaba a punto de tomar el papel, escuchó un estruendo ensordecedor. La torre se sacudió, emitió un golpe sordo y comenzó a inclinarse. Así inició la odisea para huir del atentado.

Hingson había llegado a las 7:40 desde su hogar en Westfield, Nueva Jersey. Trabajaba como gerente regional de ventas de Quantum ATL, una firma de almacenamiento informático. Él mismo abrió esa oficina en 1999, situada en uno de los llamados sky lobby, donde los ascensores conectan directo con la planta baja.
Esa jornada, junto a Frank, iban a dictar cuatro seminarios para 50 distribuidores. Ya habían instalado el proyector y recibido el desayuno del comedor de la Autoridad Portuaria. “Los mejores croissants de jamón y queso de todo Nueva York”, recordó Hingson con nostalgia en el podcast Dead Talks. Solo faltaba enviar por fax la lista de asistentes.
A las 8:46, 18 pisos más arriba y en el lado opuesto del edificio, un avión secuestrado por terroristas de Al-Qaeda se estrelló contra la torre. Nadie en el piso 78 lo supo en ese instante.

El edificio se inclinó antes de volver a su eje
Segundos después del estruendo, la torre comenzó a ladearse. “Nos movimos unos seis metros”, relató Hingson en una entrevista de 2025 con Dead Talks. Su colega se aferró al escritorio. Debajo, Roselle, la labrador de pelo rubio que guiaba a Hingson, seguía dormida.
Hingson y su compañero se despidieron el uno del otro: creyeron que estaban a punto de caer 78 pisos hasta la calle. Pero la estructura se detuvo, recuperó su posición vertical para luego descender otros dos metros. Roselle salió de debajo del escritorio moviendo la cola.
Cuando todo se estabilizó, Frank miró por la ventana y vio fuego y humo por encima de ellos. Millones de fragmentos de papel ardían en el aire.
Hingson llamó a su esposa Karen, que estaba en casa, para decirle que iban a evacuar. Después, él y Frank recorrieron las oficinas para asegurarse de que no quedara nadie. Luego entraron en la escalera y comenzaron a bajar. Fue durante el descenso cuando Hingson reconoció un olor intenso y particular: combustible de aviación en llamas.

La mujer del piso 68 y el grupo que la rodeó
A unas 10 plantas de la salida, una mujer que bajaba detrás de ellos se detuvo y dijo que no podía continuar. Hingson se volvió. Otros hicieron lo mismo. “Literalmente tuvimos un abrazo grupal ahí en las escaleras”, contó en declaraciones para People. Su perra guía Roselle le dio besos. La mujer siguió el descenso.
En esa escalera, Roselle caminaba a veces al lado de Hingson para guiarlo en torno a obstáculos, y otras veces detrás de él cuando el espacio no alcanzaba. Hingson le hablaba en voz alta: “Buena perra, Roselle. Lo estás haciendo muy bien”. Lo hacía, explicó, para que ella percibiera que él estaba calmado en medio del miedo ajeno.

El rol de su amigo David Frank
En el piso 50, Frank dijo que no iban a lograrlo. Hingson le respondió en su tono más firme: “Basta, David. Si Roselle y yo podemos bajar estas escaleras, tú también puedes”.
Frank se recompuso y propuso caminar un piso por delante para informar lo que encontraba. Desde el piso 47 hasta el 30, fue anunciando a los gritos: “Piso 46, todo bien, sigo bajando”. Hingson estimó que esa cadena de voces, escuchada por cientos de personas a lo largo de la escalera, contuvo el pánico de quienes descendían a su alrededor.
Cerca del piso 30, un grupo de bomberos comenzó a subir en sentido contrario. Hingson contabilizó unos 50 en total, cargados con equipos, cilindros de oxígeno y hachas. Uno se detuvo frente a él y ofreció asignarle un acompañante. Hingson declinó. Sabía, por conversaciones previas con personal de seguridad del World Trade Center, que los bomberos operan en equipo y separar a uno podría comprometer al grupo. Le dijo que tenía a Frank y a Roselle. El bombero acarició a la perra, recibió algunos besos y siguió camino hacia arriba.
Luego le llegaría la información de que 343 bomberos de Nueva York murieron ese día cuando las torres colapsaron.

Un agente del FBI los condujo por el interior del complejo
Al llegar al primer piso, Frank avisó que por delante había aspersores en funcionamiento. Hingson le ordenó a Roselle avanzar y acelerar —“forward, hop up”— y atravesaron juntos la cortina de agua.
En el vestíbulo, voces con megáfono los desviaron hacia el interior del complejo, lejos de la salida directa a la calle: más tarde supieron que por ese frente caían personas desde los pisos superiores.
Un agente del FBI los interceptó y los llevó corriendo a través del complejo, subieron por una escalera mecánica junto a la librería Borders y salieron a una plaza en el segundo nivel. La única instrucción fue alejarse. Antes de hacerlo, Frank miró y vio fuego en la Torre Sur. Los dos supusieron que era el mismo incendio que saltaba de un edificio al otro.

Roselle se detuvo en una escalera del metro mientras la Torre Sur caía
Cruzaron hacia Broadway y caminaron hacia el norte. Al llegar a la intersección con Vesey Street, Frank sacó una cámara para fotografiar las llamas de la Torre Sur. Hingson intentó llamar a Karen; las líneas estaban saturadas. Guardaba el teléfono cuando un policía gritó que el edificio estaba cayendo. El sonido que siguió, describió Hingson, fue “una combinación de tren de carga y catarata”, con metal chocando y vidrios quebrándose.
Frank salió corriendo. Hingson giró 180 grados a Roselle y arrancó hacia el sur por Broadway. Dobló en Fulton Street, alcanzó a Frank a unos 25 metros, y la nube de polvo y escombros los envolvió.
Hingson le fue indicando a Roselle que girara a la derecha, buscando la entrada de algún edificio. La perra dobló, dio un paso y se detuvo. Él extendió el pie: estaba en lo alto de una escalera. Roselle esperaba la orden correcta. Cuando Hingson dijo “forward” (adelante), ella bajó los peldaños y los llevó al vestíbulo de acceso a la estación de metro de Fulton Street.
Adentro, un empleado los condujo a un vestuario donde ya había otras personas. Permanecieron entre 10 y 15 minutos hasta que un policía avisó que el aire exterior había mejorado y ordenó desalojar. Al salir, Frank miró hacia el World Trade Center. “Dios mío, Mike, ya no hay Torre Sur”, dijo. Solo veía columnas de humo de cientos de metros de altura.
Continuaron hacia el oeste, nuevamente por Fulton Street. Al cabo de algunos minutos, en una pequeña plaza, escucharon otra vez el sonido de tren de carga. Era la Torre Norte, donde habían trabajado, de donde habían escapado.
Se pusieron detrás de un muro de contención y esperaron. Cuando el ruido cedió, Frank volvió a mirar y la conmoción se repitió: “Dios mío, Mike, ya no está el World Trade Center”. Y enseguida describió lo que veía: “Todo lo que veo son lenguas de fuego y llamas de cientos de metros de altura. Se fue”.

Esa noche, Hingson llegó a su casa de Westfield. Le sacó el arnés a Roselle y ella salió corriendo. Agarró su juguete favorito y se puso a jugar con Linny, el perro guía retirado de la familia.
Los veterinarios de la escuela de perros guía con la que Hingson consultó al día siguiente le explicaron que los perros no especulan sobre lo que podría haber pasado: cuando la amenaza directa termina, termina.

En 2002, Roselle recibió el Premio a la Excelencia Canina en la categoría de perro de servicio. Murió en junio de 2011, a los 14 años. Su collar y su medalla conmemorativa —otorgada por la Fundación Real de Ciegos de Nueva Zelanda con el número de registro 911— forman parte de la exhibición permanente del Museo Memorial del 11 de Septiembre, en Nueva York.
Fuente: Infobae