Estudiantes argentinos usan más IA, pero resultados educativos caen

Dos cifras del informe PISA 2025 resultan difíciles de pasar por alto al colocarse una junto a la otra. La primera ya es conocida: los estudiantes argentinos obtuvieron puntajes inferiores a los de 2022 en Matemática, Lectura y Ciencias, y también quedaron por debajo de lo registrado en 2018. La segunda pertenece a un debate más reciente: el 52% de los jóvenes de 15 años afirma que emplea chatbots de inteligencia artificial para estudiar al menos una vez por semana.

¿Existe una conexión entre ambos hechos? Por el momento, PISA no puede afirmarlo. La evaluación no permite concluir que el uso de inteligencia artificial haya provocado la caída en los aprendizajes, y sería apresurado transformar una coincidencia cronológica en una causa. Sin embargo, sí brinda la oportunidad de hacer algo quizá más revelador: observar cómo aprenden hoy los adolescentes mientras los resultados educativos se deterioran y cuestionarse qué está sucediendo en ese espacio nuevo que se ha abierto entre la tecnología, la enseñanza y el aprendizaje.

La IA no figura en el informe como una práctica secundaria. En Argentina, además del 52% que la utiliza semanalmente como apoyo para aprender, el 41% recurre a estas herramientas para realizar una primera indagación sobre un tema, otro 41% las usa para sintetizar textos que debía leer y el 32% para elaborar trabajos escritos. Solo uno de cada diez estudiantes asegura no emplearlas nunca o casi nunca para las actividades escolares consultadas por PISA. En varios de esos usos, los porcentajes argentinos superan el promedio de los países de la OCDE.

La cuestión, entonces, comienza a desplazarse. Durante los primeros años de la inteligencia artificial generativa, gran parte del debate educativo se centró en determinar si los estudiantes podían o no usarla, cómo identificar trabajos producidos por una máquina o de qué manera impedir que resolviera las tareas por ellos. PISA 2025 evidencia que ese debate, al menos en parte, llegó tarde: los alumnos ya la emplean. La pregunta que queda es qué hacen con ella y, sobre todo, qué capacidades desarrollan mientras la utilizan.

El uso de la IA explica en parte la caída de los resultados de las pruebas PISA, pero no es el único (Imagen Ilustrativa Infobae)

Una tendencia que antecede a la IA

Los resultados de la prueba obligan, sin embargo, a evitar explicaciones demasiado simples. Solo el 24% de los estudiantes alcanza el nivel mínimo de desempeño esperado en Matemática. En Lectura lo logra el 40% y en Ciencias, el 41%. En los tres casos, Argentina se sitúa muy por debajo del promedio de la OCDE.

Además, la caída no se inició con la expansión masiva de las herramientas generativas. En comparación con 2018, la proporción de estudiantes que no consigue el nivel 2 aumentó siete puntos porcentuales en Matemática, siete en Lectura y seis en Ciencias. Hay, por lo tanto, un deterioro que viene de antes y cuyas causas superan ampliamente la aparición de la inteligencia artificial.

En un sistema que ya batallaba para lograr que los estudiantes comprendieran un texto, solucionaran un problema matemático sencillo o interpretaran evidencia científica, la incorporación de una herramienta capaz de resumir, responder, redactar y resolver plantea un desafío particular. Puede convertirse en apoyo para aprender o en una forma extraordinariamente eficiente de evitar ciertos procesos necesarios para hacerlo.

La diferencia no está necesariamente en la herramienta sino en la actividad que se construye alrededor de ella. Solicitar a una IA que entregue el resumen de un texto no implica el mismo trabajo cognitivo que comparar ese resumen con el original, detectar omisiones, debatir sus decisiones o evaluar la calidad de la información producida. Algo similar ocurre cuando resuelve un ejercicio matemático: la respuesta puede llegar en segundos, aunque eso no signifique que el estudiante comprenda el procedimiento que la generó.

La misión es reconcer cuándo usar la IA o no (Imagen Ilustrativa Infobae)

Pantallas dentro y fuera del aula

PISA aporta otro dato que ayuda a ampliar el panorama. Los adolescentes argentinos indican que utilizan dispositivos digitales en la escuela unas 1,7 horas diarias para actividades de aprendizaje, exactamente lo mismo que el promedio de la OCDE. Pero también declaran emplearlos 1,6 horas diarias para actividades recreativas dentro de la escuela, frente a 1,1 horas en la OCDE.

La frontera entre herramienta de aprendizaje y fuente de distracción parece bastante menos definida de lo que sugieren muchos debates sobre tecnología educativa. El 55% de los estudiantes argentinos afirma que sus compañeros se distraen con dispositivos digitales durante la mayoría o todas las clases de Ciencias. El promedio de la OCDE es 28%.

Incluso allí aparecen matices. En las escuelas argentinas donde está prohibido usar celulares, los estudiantes tienen alrededor de un 19% menos de probabilidades de reportar distracciones digitales. Sin embargo, apenas el 37% asiste a establecimientos con esa restricción. El dato puede alimentar el debate sobre las prohibiciones, aunque tampoco permite reducir el problema a guardar los teléfonos antes de entrar al aula.

De hecho, el propio informe muestra una situación bastante más compleja dentro de las clases. El 78% de los estudiantes argentinos dice que sus profesores muestran interés por el aprendizaje de cada alumno; el 73%, que continúan enseñando hasta que los estudiantes comprenden; y el 79%, que brindan ayuda adicional cuando hace falta. Los tres valores son superiores al promedio de la OCDE. Al mismo tiempo, el 58% señala que el ruido y el desorden interrumpen la mayoría o todas las clases de Ciencias.

Es difícil leer esos números y atribuir los malos resultados a una única causa. Hay docentes a los que los propios estudiantes reconocen como presentes y dispuestos a ayudar; hay problemas de recursos e infraestructura; hay dificultades de disciplina; hay desigualdad socioeconómica; hay dispositivos que sirven para aprender y que, al mismo tiempo, compiten permanentemente por la atención. Y ahora hay también inteligencia artificial.

Quizás ese sea el principal aporte que PISA puede hacer a esta discusión. La pregunta no debería ser simplemente si la IA mejora o empeora los aprendizajes, del mismo modo que durante años resultó insuficiente preguntar si las computadoras o los teléfonos eran buenos o malos para la educación. Lo relevante es saber qué tareas reemplaza, cuáles mejora y qué tipo de esfuerzo intelectual sigue quedando en manos del estudiante.

La inteligencia artificial llegó a las escuelas antes de que esa conversación estuviera resuelta. PISA 2025 ofrece una primera fotografía de esa convivencia: estudiantes que recurren masivamente a herramientas capaces de asistirlos en casi cualquier trabajo escolar mientras una mayoría sigue sin alcanzar aprendizajes considerados básicos. No demuestra que una cosa haya provocado la otra. Pero sí vuelve difícil seguir analizándolas por separado.

Fuente: Infobae

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