La diferencia de apenas treinta segundos entre dos satélites que recorren la misma órbita puede parecer insignificante, pero durante el fenómeno de El Niño, ese breve intervalo es suficiente para obtener una capa adicional de observación oceánica. Esto permite mejorar el monitoreo de tormentas que pueden cambiar de intensidad en cuestión de horas. Tal es el propósito de la misión Sentinel-6, impulsada por la NASA en conjunto con agencias europeas, con el fin de afinar los pronósticos sobre huracanes y vigilar de cerca el comportamiento del nivel del mar en un año marcado por alteraciones climáticas.
Los dos artefactos que conforman esta iniciativa son el Sentinel-6 Michael Freilich y el Sentinel-6B, ambos parte de la misión Copernicus Sentinel-6/Jason-CS. Vuelan en una misma órbita separados por solo medio minuto, brindando mediciones casi simultáneas del océano. Esta información es crucial durante El Niño, un episodio natural del Pacífico que altera lluvias, tormentas y la circulación atmosférica en diversas regiones del globo.

Dos satélites vigilan el océano casi al unísono para perfeccionar las predicciones
Esta empresa conjunta entre Estados Unidos y Europa tiene un fin específico: medir con exactitud la altura del mar, el tamaño de las olas y la velocidad del viento sobre la superficie oceánica. Con estos datos, los científicos pueden identificar dónde se acumula más calor en el agua. En términos sencillos, cuando el mar está más cálido, ocupa más volumen y su nivel se eleva; esa señal permite deducir cuánta energía podría alimentar una tormenta.
Este monitoreo se vuelve aún más relevante durante El Niño, porque el calentamiento anómalo del Pacífico modifica la distribución del calor oceánico y desplaza las zonas de actividad ciclónica. En condiciones normales, las aguas más cálidas se concentran en el Pacífico occidental. Cuando aparece este fenómeno, los vientos ecuatoriales se debilitan y ese calor se traslada hacia el este, rumbo a Sudamérica. En otras palabras, el mapa térmico del océano cambia, y con ello, también varían los lugares donde los sistemas tropicales pueden fortalecerse.

Josh Willis, científico del proyecto Sentinel-6B en el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA (JPL), explicó:
“Este fenómeno de El Niño se desarrolló tardíamente”
El investigador señaló además que no empezó hasta mediados de año y que ahora está alcanzando una intensidad comparable con los eventos de 1997 y 2015.
“Esperamos que sea de gran magnitud, y ya está teniendo grandes repercusiones”
El Niño modifica la energía del mar y cambia el escenario de los huracanes
Los expertos siguen de cerca este proceso porque los huracanes dependen en gran medida de la energía acumulada en el océano. Si una tormenta tropical cruza aguas cálidas, puede fortalecerse rápidamente antes de impactar la costa. Por ello, tener un conocimiento detallado de la altura del mar permite estimar el contenido de calor en diferentes áreas.

A partir del 15 de julio, el Sentinel-6B empezó a transmitir datos de baja latencia a los equipos científicos. Esto significa información disponible en periodos cortos, adecuada para integrarse en tareas de pronóstico meteorológico. Aunque estos datos aún deben incorporarse completamente a los modelos de investigación, se espera que refuercen las herramientas utilizadas por meteorólogos y agencias de emergencia.
Las mediciones del Sentinel-6 ya son utilizadas por algoritmos que emplean organismos federales y estatales para monitorear la evolución de los huracanes. Estos sistemas sirven para decidir desde la distribución de recursos básicos hasta evacuaciones y despliegues de personal. Cuando una tormenta se intensifica cerca de la costa, el tiempo para reaccionar se reduce drásticamente.
Los científicos buscan anticipar la intensificación rápida antes del impacto en la costa
Una tormenta tropical puede tomar varios días para convertirse en huracán, pero su fortalecimiento más intenso puede ocurrir en las últimas 48 horas antes de alcanzar tierra firme. Esta ventana tan estrecha obliga a trabajar con información oceánica lo más actualizada posible.

La oceanógrafa Deirdre Byrne, experta en altimetría de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA), destacó el principal desafío del pronóstico:
“Se sabe que los huracanes pueden acelerarse rápidamente en el último momento, por lo que el margen de tiempo para decidir qué hacer es muy corto”
y añadió:
“El objetivo es predecir la magnitud y la rapidez de la intensificación para que las autoridades puedan tomar las decisiones correctas”
Byrne lidera uno de los algoritmos clave de ese sistema de vigilancia, el conjunto de datos de contenido de calor oceánico por satélite de la NOAA, operativo desde 2012. Entre todas las observaciones que recibe, espera incorporar a fines de año la información sobre altura del océano recogida por Sentinel-6B en la herramienta actual de Satellite Ocean Heat Content Suite. Se trata de un sistema que combina datos satelitales para calcular cuánta energía está almacenada en el mar.
La misión amplía un registro oceánico de cuatro décadas con datos cada vez más precisos
Cada satélite de esta serie está equipado con un altímetro radar que lanza miles de pulsos por segundo hacia la superficie del mar. Estos pulsos rebotan sobre las crestas y valles de las olas, permitiendo medir diferencias mínimas en la altura oceánica. Además, cada nave tiene un segundo instrumento llamado Sistema Global de Navegación por Satélite – Ocultación Radioeléctrica (GNSS-RO), que recoge variables atmosféricas como humedad, presión y temperatura. En otras palabras, la misión observa tanto el estado del océano como parte de las condiciones del aire que influyen en la evolución de las tormentas.

Para los investigadores, otro aspecto fundamental es la continuidad. Estas misiones están extendiendo un registro del nivel del mar que comenzó en 1992 con el lanzamiento de TOPEX/Poseidon. La serie continuó con distintas misiones de altimetría y ahora suma a Sentinel-6 Michael Freilich y Sentinel-6B, que permitirá reemplazar a su antecesor como satélite de referencia para las mediciones globales del nivel del mar.
Severine Fournier, científica adjunta del proyecto Sentinel-6B en el JPL, afirmó:
“La clave está en la consistencia, en medir siempre de la misma manera”
y añadió:
“Eso es lo que nos permite predecir huracanes y, a su vez, proteger a las comunidades costeras y la infraestructura”
La misión es parte del programa Copernicus de la Unión Europea y fue desarrollada conjuntamente por la Agencia Espacial Europea (ESA), EUMETSAT, la NASA y la NOAA, con financiamiento de la Comisión Europea y apoyo técnico de la agencia espacial francesa CNES. Por el lado estadounidense, el JPL aportó tres instrumentos científicos para cada satélite y también colaboró con servicios de lanzamiento, sistemas terrestres y procesamiento de datos. Con este trabajo conjunto, los dos satélites siguen proporcionando observaciones en un momento en que entender el océano también significa ganar tiempo frente a los huracanes.
Fuente: Infobae