—Jab, recto, uppercut.
Luis Carlos Sztejfman escucha la secuencia y responde con el cuerpo. El instructor sostiene las manoplas y marca cada movimiento. Un golpe, otro, otro. Después una indicación para esquivar hacia atrás. Otra hacia el costado. Las piernas cambian de posición, la cintura acompaña y los brazos vuelven a entrar en acción. Sztejfman transpira.
La clase sigue con una serie de movimientos que exigen memoria y coordinación. Hay que oír la orden, procesarla y transformarla en un gesto preciso. El ejercicio también obliga a mantener las piernas más abiertas, modificar el equilibrio y trabajar con una base de sustentación diferente. El alumno tiene 75 años.
El cardiólogo intervencionista afirma haber encontrado en el boxeo una actividad que, para su edad, une exigencia física, coordinación mental y trabajo de equilibrio sin la carga competitiva que le generaban otros deportes. Su planteamiento parte de una vivencia personal que relaciona con un problema concreto del envejecimiento: las caídas, la inestabilidad y la pérdida de sostén corporal.

—¿Qué te despertó empezar con el box? ¿Qué te significó ponerte los guantes?
—Siempre hice deportes individuales. Hace muchos años que hago spinning, corro en cinta y también hago yoga. Me mudé y empecé a jugar al tenis en un lugar donde hay varias canchas. Con el tenis siempre me lesionaba y me tensionaba mucho. Estuve casi un año parado por lesiones y ahí me pregunté con qué iba a complementar. Acá hay un muchacho que da clases de boxeo, pensé que era un deporte donde no tenía que hacer sprint, ni correr, ni enfrentarme a otro, ni ponerme nervioso si voy 40-30 perdiendo.
Decidí intentar algo individual y no competitivo. Me encontré con una gimnasia muy importante, transpiro mucho, ejercito los brazos y mucho la cintura, trabajo agachado. Lo que más me llamó la atención es que hay que sincronizar los golpes que te va diciendo el profe: “evadís para atrás, evadís para el costado”. Es una coordinación muy importante para responder a las exigencias. Para determinada edad, todo lo que requiera coordinación mental es un ejercicio fundamental. Me pareció super super interesante: coordinación mental y física.
El médico, actual jefe de Cardiología Intervencionista en el Hospital Central de Pilar, descubrió algo nuevo. Sztejfman es un cardiólogo intervencionista con trayectoria en hemodinamia y dice haber incorporado a su vida una práctica que lo mantiene entusiasmado. En diálogo con Infobae reivindica una disciplina asociada al combate como una herramienta personal de cuidado, sin competencia y sin contacto.
Sztejfman aclaró que no practica boxeo de combate, sino gimnasia de boxeo con un profesor. “Yo no peleo contra otra persona, hago toda la gimnasia de boxeo con un profesor”, señaló al describir una modalidad basada en golpes guiados con manoplas, trabajo de cintura, desplazamientos y coordinación de secuencias.

—¿Qué cambios notaste en cuanto a lo físico?
—En el ejercicio este tenés que trabajar con las piernas más abiertas, te aumenta mucho la base de sustentación, te parás distinto, tenés que hacer equilibrio de otra manera. Como médico sé que es clave, porque los mayores problemas en la gente grande son las caídas, la inestabilidad, la fractura de cadera. Este ejercicio te hace aumentar la base de sustentación, el equilibrio, el movimiento de cintura, fortalece el tren inferior y superior. Termino muy contento cada clase.
—Antes se recomendaba a la gente mayor que caminara, como que se la “jubilaba” de las actividades deportivas. Hoy la fuerza es un componente clave. ¿Cómo lo vivís?
—Ponerse los guantes y pegarle a las protecciones del profesor es tremendo. Hay un ejercicio donde él tira una soga de pared a pared y vos tenés que pasar por abajo, tirar dos golpes, volver y tirar otros dos. Es un ejercicio tremendo de cintura, fuerza y resistencia. Empecé a los 72, 73 años y lo puedo hacer. Estoy bien físicamente porque siempre hice deporte, pero esto es un complemento muy importante, sobre todo por la coordinación mental y el aumento de la base de sustentación. Hay algo que en mí incide: no es competitivo. El estrés de competir, de ver si se juntan cuatro para jugar al tenis, con quién te toca, todo eso acá no existe. Se convierte en una actividad física intensa y, para mí, relajante.
Frente a eso, valoró que el ejercicio de boxeo pueda sostenerse todo el año. Según indicó, se realiza bajo techo, sin quedar atado a la lluvia, el frío o el viento, una condición que para él facilita la continuidad del entrenamiento.

El médico definió ese rasgo como uno de los beneficios para personas de su edad. A diferencia de actividades sujetas al clima o a la convocatoria de otros jugadores, aquí encuentra una rutina estable, individual y sin interrupciones frecuentes.
“Es un ejercicio muy aeróbico porque transpirás mucho y tenés que respirar coordinadamente”, afirmó. Esa reserva convive con una certeza empírica: para él es una actividad de alta demanda. Señaló que se gastan calorías y aumenta la frecuencia cardíaca, aunque evitó convertir esa observación en una recomendación médica general.
—¿Por qué lo considerás un descubrimiento?
—Para mí fue muy importante. Como es algo raro, le decía al profesor: “¿Hay algo de esto?” “No, no hay nada”, me contestó. Le dije: “Voy a tratar de que la gente conozca esto, porque lo siento muy beneficioso desde el punto de vista físico y psíquico”.
—¿Cómo lo toma tu entorno?
—Tengo compañeros que me dicen: “Si no tengo una pelotita, no hago nada”. Es una forma de hacer deporte. Yo no necesito la pelotita, me gusta el deporte individual. Esto es un gran descubrimiento.
—¿Cómo vivís el hecho de descubrir algo nuevo a esta altura de la vida?
—En este caso la verdad que sí. Probé jugar al golf pero no me enganché. Esto sí, aparte me gusta transpirar y transpirás muy intensamente. Es muy lindo, me resulta muy lindo.
—¿Cómo nació tu vínculo con el deporte y qué lugar ocupó en tu vida?
—Nací en Rosario el 10 de enero de 1951, así que ya pasé los 75 años. Estudié la primaria en la Escuela Normal de Maestros N.º 3 y ahí podría situar el inicio de mi actitud deportiva. Nuestro profesor de handball era Alberto Lozano, campeón mundial de básquetbol en 1950. Además de enseñar muy bien, nos inculcaba hábitos posteriores a la actividad física: el colegio tenía una pileta cubierta y también practicábamos natación. Formaba parte del equipo de fútbol del grado y, durante las noches de verano, jugábamos partidos de papi fútbol en el Club Ben Hur de Rosario. Tengo un recuerdo muy afectuoso de esos encuentros, con padres, amigos y un clima familiar. Los clubes de barrio dan deporte, amistades, compañerismo y pertenencia.

En la secundaria, en el Superior de Comercio de Rosario, la actividad física quedó más reducida, aunque seguí con algún partido de fútbol. Siempre les cuento a mis compañeros que una vez jugamos contra un curso un año menor y me tocó marcar a un chico que después llegó a la primera de Central. Más tarde, la Facultad de Medicina me absorbió casi todo el tiempo. Después completé tres años de formación en Madrid, tuve hijos y armé un proyecto de vida. La actividad deportiva quedó prácticamente suspendida hasta los 38 años.
—¿Cuándo retomaste el ejercicio y qué actividades incorporaste?
—Cuando ya estaba algo asentado en Buenos Aires retomé con running callejero. Corría alrededor de la plaza Arenales, en Villa Devoto, o por calles de poco tránsito de La Paternal. Necesitaba volver a moverme. Después pude hacerme socio de All Boys y ahí descubrí las clases de spinning para adultos. Desde entonces, nunca abandoné esa actividad.
Durante años fui al club y a distintos gimnasios, hasta que compré una buena bicicleta fija de indoor. La tengo frente al televisor y tres o cuatro veces por semana hago una clase autodirigida, acompañada por ejercicios con una pesa, con alternancia de brazos. Para quienes estamos jubilados, la bicicleta es una gran compañera en esos momentos de ocio que aparecen con frecuencia.

También hice un posgrado en psicoanálisis, que me dejó enseñanzas valiosas. Seguí con actividad física frecuente y, hace ocho años, cuando me mudé a una zona con muchas canchas, empecé a tomar clases de tenis. El tenis me dio amigos y pertenencia, pero también me dejó desgarros e inflamaciones tendinosas. Creo que influyeron el esfuerzo de músculos poco habituados y el estrés psíquico de la competencia, incluso en un nivel recreativo. Ya no puedo jugar.
Luis Carlos Sztejfman es cardiólogo intervencionista, con una trayectoria desarrollada entre Rosario, Buenos Aires y España. Estudió medicina en la Facultad de Ciencias Médicas de Rosario, dependiente en ese momento de la Universidad Nacional del Litoral, y se especializó en cardiología intervencionista en la UBA. Realizó una formación de tres años en Madrid y ocupó el cargo de jefe de hemodinamia en el Sanatorio Güemes y en el Sanatorio Finochietto.
Desde hace tres años vive en Pilar. Fue socio fundador de la Sociedad Latinoamericana de Cardiología Intervencionista (SOLACI) y del Colegio Argentino de Cardiología Intervencionista, y ocupó cargos de dirección en la Sociedad Argentina de Cardiología. También se desempeña como profesor universitario y es miembro titular de la Sociedad Argentina de Cardiología.
Un compañero de clases de la misma generación
César Jordán está por cumplir 73 años y empezó a practicar boxeo recreativo hace una década, alentado por su hermano, médico cardiólogo, a partir de dolores lumbares frecuentes.
Licenciado en Informática, pasó buena parte de su vida laboral entre viajes a casi todos los países de América Latina. “Era una época sin internet y el trabajo me dejaba pocos días para dedicarle a la actividad física”, recuerda. Por esa razón, durante años su rutina de ejercicio resultó irregular.

Hace seis años retomó la práctica con continuidad. Desde entonces, asegura que percibe cambios en su vida cotidiana: se siente “más ágil y más fuerte”, duerme mejor y registra una mejora que excede lo físico. Para él, la gimnasia de boxeo también funciona como una vía para liberar estrés.
Los ejercicios de coordinación, sostiene, le ayudaron a mejorar los reflejos, la postura y el estado de ánimo. La exigencia física que adquirió con esta disciplina también le permitió probar deportes que antes no había practicado, como tenis y running.
“Es una actividad física y mental con enormes beneficios. No hay límite de edad para empezar”, afirma. Jordán observa además que el grupo con el que comenzó hace diez años todavía continúa activo. “Quien empieza con el boxeo recreativo no lo abandona”, concluye.
Mente sana en cuerpo sano
“Leí a J. D. Nasio, un psicoanalista rosarino, que plantea que un grado adecuado de salud mental se alcanza cuando uno logra tolerarse y, a partir de ahí, tolerar a los demás. En mi caso, tuve que aceptar los límites que me ponen el cuerpo y la psiquis para el tenis, sin renunciar al deporte”, agrega el cardiólogo.

“Mi profesor no usa guantes para pegarme: se coloca manoplas y protecciones para que yo lance los golpes. También extiende una soga de pared a pared, a cerca de un metro del suelo. Debo avanzar y retroceder, bajar el cuerpo, levantarme y tirar golpes”, remarca Carlos.
—¿Qué te dijeron tus amigos y tu círculo íntimo cuando empezaste a tomar clases de boxeo?
—Tengo un hijo en España que hace boxing. Me decía que le encanta. Mis amigos lo ven como algo raro. Me dicen: “¿Por qué no venís a jugar al tenis?” Les digo: “Es que ahora me dedico a otra cosa”. Y me es muy gratificante.
Esa “otra cosa” se llama boxeo.

Fuente: Infobae