Silencio. Estoy hablando yo.
El bullicio de la noche limeña se apagó de golpe. Muchos asistentes parecían haber olvidado que no solo habían ido a bailar, sino también a escuchar. El artista, sereno pero firme, les recordó que su presencia no era solo para mover los pies, sino también para despertar la mente. Así, Rubén Blades, con su característico sombrero negro y atuendo oscuro, tomó el control absoluto del Arena 1 Park en el distrito de San Miguel.
En una era dominada por pantallas y distracciones, incluso los más entusiastas se desconcentraron cuando el cantante se dirigió al público tras su primera canción. Su mirada, como la de un profesor de escuela, bastó para imponer orden. Y entonces, desde 1978, llegó Ella era una chica plástica, que abrió la velada junto a la Orquesta de Roberto Delgado, fiel compañera del panameño durante los últimos 16 años, con discos y premios Grammy de por medio.
Yo, la verdad, soy metalero, a mí no me gusta la salsa. Pero uno sabe apreciar la música, pues. No me la iba a perder.

Con casaca de cuero, jeans gastados, botas y melena larga entrecana, un seguidor de Deep Purple, Black Sabbath e Iron Maiden —cuyo emblemático Eddie lucía en su polo— explicó a este cronista por qué estaba allí: “Es un maestro. Y a los maestros hay que verlos en vivo”. El solitario paraje de la playa cobró vida con la llegada de los seguidores. Emprendedores peruanos ofrecían afiches, pines, polos e imanes de Blades y La Fania, mientras el aroma de sanguchones con cremas se mezclaba con el bullicio de los revendedores, los tiktokers en vivo y decenas de policías que, evidentemente, eran salseros de corazón.
El sonero panameño sirvió su propia sazón: un poco del Rubén de Fania All Stars, un poco actor de Hollywood, un poco político, un poco trovador del dolor y el amor latinoamericanos. Canciones como Pablo Pueblo, Ojos de perro azul y Desapariciones tiñeron la noche con todos los matices. “Regresa un hombre en silencio/ de su trabajo cansado/ su paso no lleva prisa/ su sombra nunca lo alcanza”, dice la primera. Pasos y poesía frente al mar limeño, que bailaba sin agitarse. “Ojos de perro azul, mirando cínicamente a la ciudad/ Juzgando elípticamente a la sociedad/ Sonriendo críticamente a la humanidad”, cantó Blades, invitando a mirar la urbe infernal desde un rincón que, por un momento, fue paraíso. “¿Adónde van los desaparecidos?/ Busca en el agua y en los matorrales/ ¿Y por qué es que se desaparecen?/ Porque no todos somos iguales”, entonó en nombre de todo aquello que no debe repetirse en Latinoamérica, en un contexto actual que exige recordarlo.

Es la quinta vez que lo veo. Lo he disfrutado en Matute, uff, estaba muchacho. También estuve en la Hacienda Villa en una fiesta de Año Nuevo la primera vez que vino. Estaba con Willy Colón, aún eran amigos. Deme cuatro cervezas, señorita. ¡Tres para mí, una para mijo!, completó con picardía un hombre de la generación de Blades, ya bien entrado en la base siete, pero igual de entero y blanquiazul que el artista. “¡Arriba Alianza!”, se fue diciendo. “¡Y novacher!”, le respondió la mitad de la cola.
Te da y te quita, te quita y te da
El poeta de la salsa nació en 1948, un año violento y caótico para su país, tanto en las calles como en los salones políticos. Esa alquimia sembró en el pequeño Rubén las inquietudes que lo enriquecieron como hombre, intérprete y creador. Mientras el público se entonaba con la brisa coqueta, sonaron País portátil —tema del disco que lanzó al día siguiente del concierto en Lima—, Prohibido olvidar y Decisiones, que convirtieron el Arena 1 en una pista de baile desatada. Llegaron El Padre Antonio y su monaguillo Andrés —“¡El papa es peruano!”, subrayó Blades—, Ligia Elena, Cuentas del alma, Amor y control —donde recordó a su madre Anoland Díaz, fallecida en 1991—, Emigrantes y Todos vuelven. Durante esta última, las pantallas mostraron imágenes de grandes ausentes como Celia Cruz y Héctor Lavoe, además de artistas nacionales como Lucha Reyes, Óscar Avilés, Chabuca Granda y el Zambo Cavero. Blades la publicó en Buscando América (1984) y recordó haberla cantado por primera vez en el Perú ese mismo año, ocasión que aprovechó para reunirse con su autor, César Miró.
Blades no volvió al Perú hasta 2003, y entre 2004 y 2009 fue ministro de Turismo de Panamá. En los últimos años, sus visitas se han hecho más frecuentes, siempre con mensajes de conciencia social, igualdad y rebeldía ante el abuso de los poderosos, como el que hoy ocurre en Gaza contra el pueblo palestino.

El Fotografías Tour ha cumplido con todas las expectativas. Tras pasar por Estados Unidos, Milán, Zúrich, Londres, Berlín, París y Madrid, fueron Montevideo, Santiago, Buenos Aires y Lima las ciudades sudamericanas privilegiadas que lo recibieron. En Montevideo se encontró con Lucía Topolanski —viuda de Pepe Mujica—, y en Buenos Aires con Charly García. Antes de que Blades apareciera en el escenario limeño, Mauricio Mesones calentó al público con un repertorio cargado de cumbia.
Rubén Blades extendió su presentación durante más de 2 horas y media, tiempo que el público hubiera querido eterno. Sonaron Arayué, Paula C —“Mi primera experiencia amorosa como adulto”, recordó—, La barricada, El cantante —invocación a Héctor Lavoe que bailó por todos los rincones—, Maestra vida —“A mis 78 años le encuentro un nuevo significado”, dijo antes—, Pedro Navaja y Buscando América. “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios”, y los miles de asistentes ensayaron sus mejores pasos como si el mundo fuera a terminar al final de la canción.

Los últimos episodios de la noche del 20 de agosto reaparecen intensos en la memoria. Gente que siguió bailando mientras esperaba un posible regreso de Rubén, otros que bailaban mientras caminaban por la Costa Verde en busca de un taxi, o bailando y cantando mientras subían el puente o el acantilado, como quien vuelve de la fantasía a la realidad urbana, a otras voces, a otras orquestas.
Han pasado varios días, pero esta crónica se hacía necesaria para que la imaginen quienes no llegaron, para que la vuelvan a gozar los que estuvieron, y para no olvidar que yo fui uno de ellos.
¡Suenan las campanas!
Fuente: Infobae