Evento Carrington: la tormenta solar que paralizó la Tierra en 1859

Sin previo aviso, en varios puntos del planeta la noche se volvió día. Los telégrafos, el medio de comunicación más avanzado de mediados del siglo XIX, dejaron de funcionar en Europa y Estados Unidos: los cables se quemaban, las oficinas se incendiaban y algunos operadores recibieron descargas eléctricas. Muchos pensaron que el Apocalipsis había llegado; otros, más tranquilos, admiraron auroras boreales que brillaban en lugares tan insólitos como Madrid, Roma, Santiago de Chile, La Habana, Ciudad de Panamá, el norte de Colombia e incluso Australia, donde nunca antes se habían visto. Todo esto ocurrió entre el 1 y el 2 de septiembre de 1859, durante lo que se conoce como el «Evento Carrington», la tormenta solar más violenta jamás registrada.

Una tormenta solar es una perturbación temporal en la magnetósfera terrestre, esa capa externa generada por la interacción del campo magnético del planeta con el viento solar —una corriente de protones, electrones y partículas alfa que el Sol expulsa gracias a la energía cinética y las altas temperaturas de su corona, formando una burbuja que envuelve todo el Sistema Solar—. Esta perturbación puede originarse por diversas causas: el impacto de una onda de viento solar provocada por una eyección de masa coronal (que combina partículas solares y radiación electromagnética), una llamarada solar o una corriente de viento solar de alta velocidad.

Las primeras señales se notaron el 28 de agosto, cuando auroras boreales comenzaron a iluminar el cielo en latitudes donde nunca se esperaban. El fenómeno en sí estalló el 1 de septiembre. Ese día, el Sol emitió una llamarada colosal que alcanzó la Tierra en 17 horas y 40 minutos, cargada de partículas con una intensidad magnética descomunal. El campo magnético terrestre se deformó por completo, permitiendo la entrada de partículas solares hasta la alta atmósfera, lo que provocó nuevas auroras boreales.

Entre el 1 y el 2 de septiembre de 1859 tuvo lugar lo que pasó a la historia como el “Evento Carrington”, la tormenta solar más intensa de la que se tiene registro

El astrónomo que observó el fogonazo

El astrónomo aficionado inglés Richard Christopher Carrington estaba dibujando manchas solares con su telescopio cuando, exactamente a las 11:18 del jueves 1 de septiembre, vio un intenso destello de luz blanca que brotaba de dos puntos del grupo de manchas. La energía liberada se calcula hoy en más de diez mil millones de bombas atómicas como la de Hiroshima.

Carrington, nacido el 26 de mayo de 1826 en Chelsea, era miembro de la Real Sociedad Astronómica del Reino Unido desde 1851 y trabajaba en el observatorio de Redhill, Surrey, cartografiando estrellas. A partir de 1853 se dedicó al estudio del Sol, especialmente de sus manchas y eclipses, de forma paralela a Richard Hodgson, un editor londinense también aficionado a la astronomía que había construido su propio observatorio. Ambos trabajaban en el Ciclo Solar 10, el décimo desde 1755, que comenzó en diciembre de 1855 y terminó en marzo de 1867.

Tanto Carrington como Hodgson detectaron la llamarada solar de aquella mañana. Al día siguiente, Balfour Stewart, un físico escocés del Observatorio de los Reales Jardines de Kew, en Londres, registró cambios bruscos en el magnetómetro. Esto llevó a Carrington a relacionar su observación con esos registros y a deducir que se trataba de una tormenta solar de una potencia nunca antes vista. Al comparar sus datos con los del magnetómetro de Kew, planteó la hipótesis de una conexión entre la actividad magnética solar y terrestre, lo que le valió la medalla de oro de la Real Sociedad Astronómica ese mismo año.

El astrónomo aficionado inglés Richard Christopher Carrington

El impacto en la Tierra: auroras y caos tecnológico

La llamarada duró apenas unos minutos, pero sus efectos no tardaron en sentirse. Las crónicas de la época registran auroras boreales desde Norteamérica hasta Colombia, pasando por México, Cuba, Hawái, Japón, China y Australia. Se describían como una luz rojizo-verdosa que teñía el cielo nocturno y que muchos confundieron con el amanecer. Algunos podían leer a la luz de la aurora como si fuera de día; mineros buscadores de oro en las Montañas Rocosas se levantaron y desayunaron creyendo que el Sol salía tras una cortina de nubes. El Times de Londres informó sobre

«ondas luminosas que se acumularon en rápida sucesión hasta el cenit, algunas con un brillo suficiente para proyectar una sombra perceptible en el suelo».

Más allá de lo anecdótico, las consecuencias para la incipiente tecnología eléctrica fueron devastadoras. Los telégrafos europeos y norteamericanos dejaron de funcionar y dejaron incomunicados durante 14 horas a ambos lados del Atlántico. Los postes lanzaban chispas, algunos se incendiaron, y hay relatos de empleados que recibieron descargas eléctricas al manipular los aparatos.

Los efectos del Evento Carrington fueron recopilados por el matemático estadounidense Elias Loomis y publicados en el American Journal of Science, junto con los dibujos de Carrington y Hodgson. Si la tormenta no tuvo consecuencias más graves fue porque la tecnología eléctrica aún estaba en sus inicios. De ocurrir hoy, los satélites artificiales dejarían de funcionar, las comunicaciones de radio se interrumpirían, los apagones eléctricos tendrían proporciones continentales y los servicios quedarían suspendidos durante semanas.

Por ejemplo, la tormenta solar de 1989, mucho menos intensa que la de 1859, detuvo la planta hidroeléctrica de Quebec (Canadá) durante más de nueve horas, con pérdidas estimadas en cientos de millones de dólares. Otra tormenta en 1994 dañó dos satélites de comunicaciones y afectó cadenas de televisión y radio canadienses. Otras tormentas han afectado servicios móviles, señales de TV, sistemas GPS y redes eléctricas.

Mancha oscura en el Sol, correspondiente a la tormenta solar de septiembre de 1859, descrita por el astrónomo Richard C. Carrington

Estrategias preventivas frente a un posible «Carrington 2.0»

Según los modelos astronómicos más recientes, las tormentas solares de gran magnitud pueden ocurrir varias veces por siglo, aunque no con la potencia del Evento Carrington. Las probabilidades de que en las próximas décadas se desate una tormenta similar oscilan entre 0,46 % y 1,88 %.

A pesar de esas bajas probabilidades, las agencias espaciales han desarrollado sistemas avanzados de vigilancia para evitar que una eventual tormenta geomagnética «Carrington 2.0» sea devastadora. Entre ellos destacan el satélite Solar Orbiter de la Agencia Espacial Europea y el Parker Solar Probe de la NASA, que estudian el comportamiento del Sol y pueden emitir alertas tempranas para que las compañías eléctricas, los operadores de satélites y los sistemas de navegación activen sus planes de contingencia.

No obstante, no todos los daños son evitables. Un estudio de especialistas del Instituto Tecnológico de Massachusetts señala que la última gran tormenta solar, registrada entre el 10 y el 12 de mayo de 2024, deshabilitó temporalmente los sistemas de seguridad para prevenir colisiones en la órbita terrestre baja. En esa región, que se extiende hasta los 1.000 kilómetros de altura, se encuentran las estaciones espaciales y numerosos satélites de observación, navegación y telecomunicaciones, incluidos los más de 6.200 satélites de la red Starlink de SpaceX.

Fuente: Infobae

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