El concepto de sexo suficientemente bueno nació en 2007 como una alternativa a los ideales de perfección y desempeño sexual que hoy se exacerban con las redes sociales y con la idea extendida de un sexo ideal impuesto como norma social y cultural. Esta propuesta ofrece una lectura sensata y realista de lo que atraviesan las parejas en la actualidad y las impulsa a buscar modalidades propias y cambiantes de encuentro.
El modelo se apoya en tres ejes: la intimidad como objetivo, el placer como función y la aceptación emocional mutua como contexto. Son funciones dinámicas y flexibles que, en ningún caso, deberían derivar en expectativas idealizadas o inalcanzables.
La vivencia sexual no se evalúa por la calidad de la actuación, por el rendimiento mostrado ni por la cantidad de orgasmos logrados. Por el contrario, admite desenlaces muy diversos: desde experiencias plenamente satisfactorias hasta la aparición de disfunciones. Integra en vez de separar; comprende, no juzga, no subestima y no provoca culpa. Tampoco mide ni califica a partir de las funciones genitales, sino que se abre a otras prácticas igualmente placenteras.
El encuentro íntimo puede ser placer, alivio del estrés, juego adulto y, en ciertos casos, unión espiritual. Según Metz y Mc Carthy:
“el modelo de sexo suficientemente bueno requiere que cada persona se haga responsable de su sexualidad y trabajen juntos, como un equipo íntimo o ‘amigos eróticos’ para desarrollar un estilo de vida sexual cómodo y funcional basado en la dinámica de la relación y en las diferentes etapas que atraviesa”.
Este planteamiento gira en torno a la intimidad emocional y a la flexibilidad de las actividades sexuales, dejando en segundo plano la penetración, el orgasmo y el desempeño. Así se reduce la presión sobre las personas y se comprende que el sexo busca, ante todo, conexión emocional y placer, sin que cada encuentro deba ser “maravilloso”.
La sexualidad con el paso de los años

La personalidad no es una conducta rígida, como ocurre en los trastornos de personalidad; se trata de algo dinámico, expuesto a cambios internos y al contexto social y cultural. Si la personalidad se mueve en esa dirección, la sexualidad también lo hace.
Los adultos de mediana edad y las personas mayores pueden descubrir otras expresiones de la sexualidad, mucho más ricas que en la juventud, cuando la ansiedad y el deseo urgente ocupaban prácticamente todo el campo subjetivo.
La redefinición adulta de la sexualidad es propia de esta etapa y concede un valor especial a las caricias, los besos, la intimidad y la comunicación. Esa visión más abierta y flexible, sin embargo, choca con el peso de las redes sociales, las aplicaciones de citas y los tratamientos farmacológicos para la erección y la eyaculación precoz. Muchos hombres adultos vinculan su rendimiento juvenil al consumo de esos fármacos y modifican su forma de relacionarse, guiados por un placer que se sostiene en la performance y en el escaso compromiso.
Las mujeres adultas no disponen de fármacos para estimular el deseo o el orgasmo, pero muchas se apoyan en sus propias ganas de tener sexo, también desde una lógica de rendimiento. Solo cuando existe compromiso es posible poner en cuestión la idea de un sexo genital que debe cuantificarse como bueno, regular o malo, y optar por formas de relación menos exigentes.
¿Hay que agendar los encuentros?

Las relaciones de largo plazo suelen ser planificadas o semiplanificadas, por las responsabilidades asumidas en otros ámbitos de la vida. Este modelo toma en cuenta las exigencias personales y familiares y recuerda que el criterio de realidad debe imponerse para no pelear contra las circunstancias y para hallar momentos de cercanía.
Reservar una fecha posible es más eficaz que no encontrar jamás un espacio para estar juntos.
La presión que recae sobre los cuerpos

El modelo de sexo suficientemente bueno es una herramienta valiosa para que las parejas aparten las exigencias corporales y psicológicas que limitan el placer. Cada vez más, los cánones de belleza y la presión sobre los cuerpos —ágiles, musculosos, gráciles, seductores— afectan de forma directa el ánimo y la disposición al contacto sexual. El sexo se vuelve entonces una experiencia narcisista en la que se pone a prueba el trabajo realizado sobre uno mismo, con la expectativa de alcanzar un éxito que justifique tanto esfuerzo.
Fuente: Infobae