Argentina abandonó la OMS, pero los datos del organismo la siguen impactando

El pasado 17 de marzo, un año después de haber notificado su intención, se concretó la salida de Argentina de la Organización Mundial de la Salud. Independientemente de las opiniones sobre esta decisión, lo cierto es que resolvió un aspecto pero dejó otro sin tocar: el país ya no participa en las deliberaciones de la OMS, pero continúa sintiendo los efectos de lo que allí se determina.

El sistema de vigilancia de la OMS y sus fallas

Tomemos un caso que ha sido analizado durante el último año. Desde 2017, la OMS mantiene un «Sistema de Vigilancia de Ataques a la Atención de la Salud» que hoy cubre 26 países y territorios. Las agencias de la ONU lo utilizan con confianza, los relatores especiales de Naciones Unidas lo mencionan en sus informes oficiales, las ONG construyen sus propias bases de datos a partir de estas cifras y estas son consideradas en procesos judiciales internacionales. Los datos de este sistema se presentan como «verificadas». Sin embargo, los hallazgos publicados por la Henry Jackson Society y The Hague Initiative for International Cooperation demuestran que dichas cifras carecen prácticamente de sentido.

Empecemos por el término «ataque». En el derecho de los conflictos armados, un ataque es un acto de violencia relacionado con una guerra. La OMS, en cambio, lo define como cualquier acto de violencia verbal o física, amenaza de violencia, violencia psicológica u obstrucción que interfiera con los servicios de salud, incluyendo insultos, arrestos, detenciones y registros de seguridad. Según la propia metodología escrita de la OMS, un médico demorado en un puesto de control que llega tarde a su guardia puede quedar registrado como víctima de un «ataque a la atención de la salud». En toda la base de datos, menos de uno de cada diez eventos registrados implica un fallecimiento.

Ahora, ¿qué significa realmente que un dato esté «verificado»? El personal de la OMS evalúa el grado de certeza de que un hecho ocurrió. No confrontan las muertes o heridos reportados con certificados de defunción o expedientes médicos, ni determinan quién fue el responsable. La palabra se aplica meramente a la ocurrencia de un incidente y a nada más.

Ejemplos de distorsiones

Las consecuencias erróneas operan en ambos sentidos. El ataque ruso contra el hospital infantil Okhmatdyt en Kiev, en julio de 2024, aparece con cifras de víctimas muy por debajo de las que el Consejo de Seguridad de la ONU debatió días después: un «subregistro» de la conducta rusa. En contraste, el registro individual más mortífero de toda la base de datos es la explosión de octubre de 2023 en el hospital Al-Ahli Arab en Gaza, atribuida en cuestión de horas a Israel, antes de que el análisis forense determinara que se trató de un cohete palestino cuyo lanzamiento falló desde el interior de Gaza. Permanece tal como se registró inicialmente, y ningún Estado cuenta con medios para impugnarlo.

El sistema tampoco puede detectar aquello que no se le presenta. Depende de las oficinas locales de la OMS y de socios territoriales previamente identificados; por lo tanto, lo que mide es la voluntad y la capacidad de las redes locales para denunciar, no la violencia en sí. La organización Physicians for Human Rights ha documentado una represión generalizada contra los trabajadores de la salud en Myanmar desde el golpe de Estado de 2021; la OMS posee apenas 519 registros sobre Myanmar en toda su historia. Irak ingresó al sistema en 2018 con 36 eventos y luego no registró nada durante siete años. Nagorno Karabaj tiene una sola entrada, fechada en 2020, a pesar del bloqueo del corredor de Lachín y la campaña de 2023 que desplazó a casi la totalidad de su población armenia. Un gobierno que reprime las denuncias se ve premiado con una apariencia de calma. En una muestra aleatoria de registros, pudimos corroborar menos de uno de cada diez con fuentes públicas.

Nada de esto es un argumento en contra del monitoreo de los ataques a la salud. El personal sanitario en zonas de guerra necesita protección, y esa causa se fortalece —no se debilita— con evidencia que resiste un examen riguroso. El argumento es más acotado: un sistema construido de esta manera no puede respaldar comparaciones entre conflictos, atribuciones de responsabilidad ni conclusiones jurídicas.

Implicaciones para Argentina

Esto nos lleva de vuelta a la posición de Argentina. Un país que se ha retirado de la OMS no queda por ello blindado de lo que la OMS publica. Estas cifras continúan moldeando los procesos judiciales internacionales en La Haya, las resoluciones de la ONU en Nueva York y los supuestos de la prensa en todo el mundo, incluso en asuntos donde Argentina tiene intereses directos, desde el financiamiento del terrorismo hasta la persecución de aquellos responsables por atrocidades cometidas en suelo argentino. La salida resta a un país del debate sobre cómo se construye dicha evidencia, pero no lo exime de sus consecuencias.

Se trata de una posición incómoda, que Argentina comparte ahora con Estados Unidos. También sugiere dónde reside el margen de maniobra restante. Argentina conserva su voz en el sistema de las Naciones Unidas y en las alianzas bilaterales que su gobierno sostiene que reemplazarán la membresía en la OMS. La cuestión de qué mide realmente este conjunto de datos sobre vigilancia sanitaria de la OMS —y qué conclusiones honestas pueden extraerse de él— puede plantearse en ambos ámbitos.

Propuestas de reforma

Cuatro reformas resolverían la mayor parte del problema:

  • Reemplazar la palabra «ataque», de fuerte carga jurídica, por un lenguaje neutro como «alteraciones en la atención de la salud».
  • Aclarar de manera prominente que los datos no respaldan comparaciones entre países ni atribuciones de responsabilidad legal.
  • Verificar los fallecimientos y las lesiones reportadas, algo que la presencia de la OMS a nivel nacional ya permite realizar.
  • Establecer un derecho de réplica público para los Estados descriptos en estos registros.

Abandonar una institución es una forma de señalar que no ha estado a la altura. Exigirle que recuente con honestidad es otra, y para eso no hace falta ocupar una banca.

Fuente: Infobae

COMPARTIR ESTA NOTICIA

Facebook
Twitter

FACEBOOK