Se ha convertido en un mito popular que la noche del 30 de octubre de 1938, cuando Orson Welles narró con formato de noticiero una adaptación de La Guerra de los Mundos de H.G. Wells, millones de estadounidenses entraron en pánico creyendo en una invasión marciana. En realidad, esa historia fue una fake news inventada por los periódicos del día siguiente para desacreditar a la radio, que entonces competía por la pauta publicitaria. Aunque algunos casos aislados ocurrieron, la narrativa del pánico masivo se repite hasta hoy. Sin embargo, esa no fue la primera gran noticia falsa sobre extraterrestres. Más de un siglo antes, un diario estadounidense describió con detalle las supuestas observaciones de un astrónomo real sobre la Luna, donde encontró castores bípedos y hombres murciélago. Ese episodio se conoce como “El Gran Engaño de la Luna”.
“Afirmaremos de inmediato que, mediante un telescopio de vastas dimensiones y un principio completamente nuevo, el joven Herschel, en su observatorio del hemisferio sur, ya ha realizado los descubrimientos más extraordinarios en todos los planetas de nuestro sistema solar; ha obtenido una visión nítida de los objetos en la luna, totalmente igual a la que el ojo humano permite observar los objetos terrestres a una distancia de cien yardas y ha resuelto afirmativamente la cuestión de si este satélite está habitado y por qué tipo de seres”, comenzaba la nota firmada por el periodista británico Richard Adam Locke, publicada por el New York Sun el 25 de agosto de 1835.
Esa fue la primera de una serie de seis artículos sobre la vida en la Luna que dispararon las ventas del New York Sun, fundado dos años antes por Benjamin Day. En 1833, el periódico más vendido de Estados Unidos era el Courier and Enquirer, con unos 4.500 ejemplares diarios a seis centavos. Para competir, Day lanzó su New York Sun con un estilo llano y noticias sensacionalistas, vendido a solo un centavo. La lucha fue pareja hasta que la serie lunar hizo que a fines de agosto de 1835 las ventas saltaran a 15.000 ejemplares diarios, una cifra enorme para una ciudad de unas 300.000 personas.

Los extraños habitantes de la Luna
Locke explicó que los artículos se basaban en un trabajo titulado “Grandes descubrimientos astronómicos”, escrito por el doctor Andrew Grant y publicado en la prestigiosa revista Edinburgh Journal of Science. Grant, según Locke, era amigo y colaborador del famoso astrónomo Sir John Herschel, descubridor del planeta Urano, quien desde hacía un año observaba la Luna desde Ciudad del Cabo con un telescopio de veinticuatro pies de diámetro y siete toneladas, seis veces más grande que cualquier otro existente. Así, la credibilidad parecía incuestionable.
En la segunda nota, del miércoles 26 de agosto, Locke describió algunos descubrimientos: flores rojas y manadas de animales parecidos a bisontes y cabras, además de criaturas anfibias esféricas que vivían sobre las rocas lunares.
En la entrega del jueves 27, el periodista se explayó sobre la vegetación lunar y reveló una especie superior: unos castores bípedos y evidentemente inteligentes, que vivían en cuevas, dominaban el fuego y “llevan a los niños en brazos como cualquier humano, y sus chozas están mejor construidas y son más altas que las de muchas tribus de humanos salvajes”, según la nota, que incluía dibujos de esos castores y sus chimeneas.
La cuarta nota fue aún más lejos: Locke relató que Herschel había divisado selenitas muy parecidos a los humanos, cubiertos “de pelo corto y brillante de color cobre, poseedores de alas compuestas de una membrana delgada, sin pelo, que descansan cómodamente sobre sus espaldas”. Herschel los bautizó como Vespertilio homo, es decir, “hombres murciélago”. El artículo estaba ilustrado con dibujos de esos seres.
La quinta historia describía un templo abandonado de zafiro pulido con tejado de oriflama, cuya utilidad nadie podía explicar. La sexta nota, del 30 de agosto, se centró en una especie superior de “hombres murciélago”, más grandes y dedicados a recolectar frutos. Anunciaba que Herschel informaría pronto sobre una especie aún más superior, que según Grant era “infinitamente más bella y nos pareció apenas menos encantadora que las representaciones de los ángeles hechas por las más imaginativas escuelas de pintores”.
La saga se interrumpió porque Herschel, en un descuido, dejó el telescopio en una posición que concentró los rayos del Sol, incendiando el observatorio.

El castillo de naipes se derrumba
En una época sin radio, televisión ni redes sociales, el éxito de la saga de Locke fue descomunal. Muchos diarios compraron los derechos al editor Day y la historia de los selenitas se convirtió en tema cotidiano. “A fines de agosto, la mayoría de los otros periódicos de Nueva York comenzaron a reimprimir la historia, en respuesta al intenso interés de sus lectores. Mientras tanto, la noticia se extendió rápidamente al resto del país, y en pocos días llegó a Baltimore, Filadelfia y Boston. En menos de dos semanas viajó hacia el oeste hasta Cincinnati. En un mes, cruzó el Atlántico hacia Europa. En todas partes la noticia causó el mismo alboroto de interés y especulación”, sostiene el historiador Alex Boese, de la Universidad de California San Diego.
The New York Times calificó los descubrimientos como “probables y posibles”, mientras que el New Yorker dijo que proclamaban “una nueva era de la astronomía y la ciencia en general”. Cuando la serie llegó a Europa, también fue reproducida, aunque con menos entusiasmo. Pero era necesario verificar la información con el propio Sir John Herschel, quien efectivamente observaba en Ciudad del Cabo.
La historia se derrumbó cuando llegó a Gran Bretaña y las fuentes de Locke demostraron ser inexistentes. Lo único real era que Herschel estaba en Sudáfrica, pero con un telescopio mucho menos potente. Todo lo demás era falso: el doctor Andrew Grant no existía, el artículo en el Edinburgh Journal of Science tampoco, y la revista había dejado de publicarse dos años antes.
Herschel tardó en enterarse del uso de su nombre. Cuando le mostraron los artículos, le causaron gracia. Su esposa escribió que la narrativa lunar estaba tan bien construida con “detalles minuciosos” que “los neoyorquinos no tenían la culpa de haberla creído” y que era “una lástima que no fuera verdad”. Edgar Allan Poe también se divirtió y escribió que supo de inmediato que era falso, pero elogió la “exquisita narración” y llamó a Locke “uno de los pocos hombres con una genialidad incuestionable”.
El New York Sun nunca reconoció públicamente la mentira y no sufrió consecuencias. Para cuando terminó la serie, era el diario más leído del mundo y sus ventas se mantuvieron incluso después de descubrirse el engaño.
“El Gran Engaño de la Luna”, como se le conoce, se estudia en facultades de periodismo de todo el mundo. El investigador Mario Castagnaro lo define como “un momento revolucionario en la historia del periodismo de Estados Unidos”. En su trabajo Embellishment, fabrication and scandal: hoaxing and the american press escribió: “El Gran Engaño de la Luna representa uno de los primeros en utilizar con éxito los medios de comunicación para difundir un descubrimiento científico completamente inventado para aumentar las ventas de un periódico. Para el New York Sun supuso ocupar un lugar legendario en los anales del periodismo y la historia de los medios. Hay quienes lo han llamado el engaño más exitoso y duradero en la historia de Estados Unidos”.
Fuente: Infobae