Desde 1919, la existencia del príncipe Eduardo de Windsor se convirtió en un constante viaje alrededor del globo, cumpliendo con sus deberes como representante de la monarquía británica. Tras finalizar su gira por Sudáfrica, la cual fue elogiada por la casa real, su único anhelo era retornar a Gran Bretaña para tomar un descanso y liberarse de las estrictas normas del ceremonial. Sin embargo, su padre, el rey Jorge V, le encomendó una nueva misión: viajar a Sudamérica para visitar Argentina y Chile.
Nacido el 23 de junio de 1894, era el primogénito del rey Jorge V y la reina María. Su nombre, Edward, fue en honor a un tío fallecido; también recibió los nombres de Albert Christian, por petición de la reina Victoria, y los otros cuatro —George, Andrew, Patrick y David— en honor a los santos patronos de las islas británicas. En el ámbito familiar era conocido por este último.

Desde 1911 ostentaba el título de Príncipe de Gales, lo que le permitía situarse a la derecha del monarca en actos oficiales, y era consciente de que, al fallecer su padre, sería el primero en la línea de sucesión al trono. Participó en la Primera Guerra Mundial, pero no en el frente de batalla, con el fin de evitar que los alemanes pudieran capturar a un miembro de la familia real.
Oficialmente, el objetivo de su visita era corresponder la cortesía de Marcelo T. de Alvear, quien, siendo presidente electo en 1922, había viajado a Londres. En esa oportunidad, el mandatario argentino expresó su deseo de invitarlo al país. No obstante, la verdadera misión del príncipe era mucho más delicada: impulsar el comercio entre Gran Bretaña y Argentina en un momento en que Estados Unidos avanzaba con fuerza en el mercado internacional.
Esta era la segunda ocasión en que un Príncipe de Gales visitaba Argentina. La primera había ocurrido en 1871, de forma privada, y había sido realizada por quien más tarde reinaría como Jorge V.

La capital argentina estaba expectante ante su llegada. Cuando en febrero de ese año se confirmó el viaje, en Casa América se vendían a cuatro pesos con sesenta centavos discos con su voz, donde opinaba sobre deportes y, en el otro lado, se incluía el himno “God bless the Prince of Wales”, además de otros discos con las voces de sus padres. En La Imperial, ubicada en Victoria y Piedras, se promocionaban casimires ingleses a precios increíbles, mientras que la importadora Turner lanzaba al mercado el té Majestad.
Al príncipe, descrito como de un estilo despreocupado y cordial, pronto se le facilitó el idioma español tras tomar algunas clases. Ya tenía conocimientos de alemán, pero el francés era el que más le costaba aprender.
Cuando el 17 de agosto de 1925 atracó en el puerto, percibió el entusiasmo de la multitud que se había congregado. Muchos recordaron que justo un año antes había estado en el país el príncipe Humberto de Saboya, y en marzo de ese mismo año, Albert Einstein había llegado para quedarse un mes.

El británico viajaba a bordo del buque “Repulse”, comandado por el contraalmirante King. Una gran multitud lo vitoreaba mientras, desde los edificios más altos, se soltaban nubes de palomas. A pesar de sus intentos por sonreír, ya se había ganado una reputación en los países que visitaba por protagonizar diversos desplantes, desprecio por el protocolo y emitir opiniones poco diplomáticas.
No imaginó la enorme cantidad de recorridos, comidas y fiestas que le tenían preparados. Visitó la línea de subterráneos junto a las autoridades del Anglo Argentino; asistió a un club de veteranos de guerra ingleses y fue el invitado de honor en el banquete de la Cámara de Comercio Británica. También conoció la Asociación Cristiana de Jóvenes, el Colegio San Andrés, el Hospital Británico, la Sociedad Rural Argentina, la Escuela Militar y el Club del Progreso. En la estación Plaza Constitución colocó una piedra fundacional entre los andenes 1 y 2, en conmemoración de las obras de reconstrucción. Y la lista continuaba.
Durante la función de gala en el Teatro Colón, donde se presentó la ópera Loreley, algunos lo vieron cabecear y otros aseguran que se durmió. También lo llevaron a los teatros Cervantes y Opera, donde se representó “Fruta Picada”, con Florencio Parravicini interpretando a un inglés.

El único momento en que se le vio entusiasmado fue cuando presenció un partido de polo en el Hurlingham Club. “De ninguna manera puedo competir con todo, o ser natural o alegre, cuando no me tratan como a un ser humano”, le escribió a su madre. No era puntual en los eventos que le organizaban.
También realizó una gira por el interior del país. Visitó la ciudad de La Plata, Chapadmalal, Mar del Plata, la estancia correntina de Itá Caabó en Mercedes, y luego el establecimiento bonaerense Huetel. Llegó allí en la mañana del 25 de agosto, se fue directamente a dormir y despertó al mediodía. Lo que realmente lo entusiasmó fueron las canciones camperas que interpretó el dúo Gardel-Razzano, y él tocó el ukelele. Comió asado con cuero regado con whisky.
Aprendió a bailar el tango y se volvió fanático de Julio de Caro, quien al año siguiente le enviaría a Gran Bretaña una colección de discos. El príncipe siempre le pedía que interpretase “Buen amigo”, un tango que había compuesto en mayo de ese año. Se habían conocido en la recepción que le ofrecieron en Ciro’s Club, donde la alta sociedad porteña iba a escuchar y bailar, y donde De Caro formaba parte de una orquesta, todos vestidos con elegante smoking.

Vistió su uniforme de gala de coronel de la Guardia de Gales para presenciar el desfile militar de quince mil hombres, organizado en su honor, en el que estuvo acompañado por el general José F. Uriburu.
Un día desapareció, cansado de tanto asedio, logrando burlar a los hombres de Scotland Yard y a los miembros de la delegación británica que lo seguían a todas partes. Durante una hora logró eludir la vigilancia para estar completamente solo. Sostenía que tenía derecho a tener su vida privada.
En los largos actos oficiales se le veía cansado y aburrido. A todos les llamaba la atención que no sonriera. “No sé de qué puedo reírme”, le escribió a su madre.
Cuando visitó la Sociedad Rural, mucha gente fue a verlo. Entre ellos, una chica llamada Ernestina Gómez Cadret, quien había ido acompañada por su madre. Le llamó la atención el pañuelo de seda roja con dibujos sobre fondo blanco que sobresalía del bolsillo del gabán del príncipe. Desafió a sus amigas a que se lo pediría.

Como no sabía inglés, un británico que estaba a su lado le enseñó la frase para pedírselo y ella la memorizó. Cuando lo tuvo a tiro se la dijo y él, luego de sorprenderse, le respondió, en francés, que estaba usado. Ella, en español, le contestó que no importaba, que lo quería igual. Él se lo obsequió. Tenía sus iniciales bordadas en uno de sus extremos.
A dondequiera que iba, era rodeado por una multitud. Fue un verdadero caos cuando realizaron una visita a un campo en las afueras de la ciudad. Fueron 66 automóviles los que transportaron a funcionarios, periodistas y policías.
Solía mantener la cabeza baja mientras conversaba, y como un gesto nervioso se tiraba de los puños o jugaba con su corbata. Inquieto e impaciente, fumaba un cigarrillo tras otro, dando pitadas cortas.
La agenda, que parecía no tener fin, lo había fastidiado a tal punto que evaluó con Godfrey Thomas, su secretario privado, hacer las maletas, despedirse de la gira y regresar a Londres. Por si acaso, le enviaron un telegrama al embajador británico en Chile, la última escala de la gira, para que redujera al máximo sus apariciones públicas.
El 16 de octubre regresó a su país. Volvería a la Argentina en marzo de 1931 junto a su hermano, donde la pasaría realmente mal. En esa época, el calor era insoportable en la ciudad y el hombre había adquirido la costumbre de presentarse a los actos con dos horas de retraso y con vestimenta inadecuada.
Cuando su padre falleció, ascendió al trono el 20 de enero de 1936, pero antes de la coronación, abdicó el 11 de diciembre del mismo año, para así poder casarse con la plebeya norteamericana Wallis Simpson, razón por la cual quedaría relegado para siempre del palacio real y, finalmente, vivir su propia vida.
Fuente: Infobae