Si una máquina adquiriera conciencia, no solo revolucionaría la ciencia, sino también la filosofía y la misma estructura de la sociedad. Esto implicaría intención y voluntad autónoma, abriría la puerta a un estatus moral si pudiera sentir o experimentar dolor, y con ello, a derechos legales. Aunque en los laboratorios se investiga, aún no se ha logrado, por lo que sigue siendo terreno de la ciencia ficción. Por eso, esta reflexión se centra en la inteligencia y en si el término es adecuado para la IA.
Los humanos somos producto de nuestra época, y todo indica que ya hemos entrado en la era de la Inteligencia Artificial. Pero, ¿qué significa realmente cuando usamos la palabra inteligencia? Dicho de otro modo, si un artefacto nos afirmara que está pensando por sí mismo, ¿le creeríamos o no? Con la llegada masiva de la IA, surge una pregunta inevitable: ¿existe —o puede existir— una máquina inteligente?
¿Qué entendemos por inteligencia?
Para responder, primero debemos reflexionar sobre qué constituye la inteligencia y cómo se mide. Las definiciones actuales, incluso en los mejores diccionarios, suelen ser circulares y a veces contradictorias. La medición ha sido polémica desde 1904, cuando el Ministerio de Instrucción Pública de Francia creó una comisión para encontrar métodos que separaran a los niños considerados deficientes y ubicarlos en escuelas especiales. Fue Alfred Binet quien enfrentó el reto, afirmando que el intelecto incluía “juicio, sentido común, iniciativa y capacidad de adaptarse”, y buscó predecir el rendimiento escolar, sentando las bases de lo que luego serían los tests de inteligencia. Desde entonces, la medición ha pasado de enfoques físicos a evaluaciones cognitivas diversas.
A pesar de estos esfuerzos, aún no hay una definición unánime de inteligencia. Se la ha descrito de muchas formas, destacando aspectos como comprensión, aprendizaje, lógica, pensamiento crítico, razonamiento, creatividad y resolución de problemas. También se habla de inteligencia animal, emocional o múltiples inteligencias.
En la práctica, el coeficiente intelectual es una medida estandarizada que evalúa memoria, habilidad espacial, pensamiento abstracto y otras capacidades.
La falta de consenso se agrava con disputas académicas: algunos sostienen que la inteligencia debe buscarse en la estructura, fisiología y química del cerebro, además de factores hereditarios. Otros se basan en las mediciones disponibles. Pero hay quienes consideran que los tests solo reflejan habilidades producto del aprendizaje y el entorno, incluyendo la familia; es decir, miden las oportunidades según la posición social, no las verdaderas potencialidades. Además, al interpretar estas pruebas, a veces se filtran prejuicios culturales, raciales e ideológicos, sin saber realmente qué se está evaluando.
Con el avance tecnológico, surgió la necesidad de entender los nuevos inventos humanos. En la segunda mitad del siglo XX, Christopher Evans, en su libro The Mighty Micro (Londres, 1979), enumeró factores que definirían la inteligencia en “el animal, hombre o máquina”. Para Evans, una entidad es inteligente si puede extraer información del entorno, almacenarla, mejorar su capacidad de adaptación (aprendizaje) y ajustarse a hechos novedosos. Cuanto más eficiente sea ese “software” o cerebro, mayor sería su inteligencia. Evans también diseñó una escala para medirla, tanto en humanos como en aparatos.

El objetivo de Evans era mostrar la enorme brecha que entonces separaba a la inteligencia humana de la de los computadores —aquellas enormes máquinas que ocupaban espacios especiales— hasta que llegó el computador personal y lo volvió cotidiano. Concluyó que tenían algo de inteligencia, pero no podían pensar.
Esa situación no ha cambiado radicalmente con la IA, que nos enfrenta a la posibilidad de una máquina pensante, aunque aún es solo eso: una posibilidad. Un ingenio artificial puede tener cierta inteligencia, pero pensar, por ahora, sigue siendo una actividad exclusivamente humana. Esto nos devuelve al punto de partida: ¿qué es la inteligencia y cómo medirla?
El desafío de la IA moderna
No tenemos una respuesta precisa. Sabemos medirla hasta cierto punto, y el mayor avance en unificar criterios es reconocer que existen distintos tipos de inteligencia, algunos vinculados a la cultura. Me recuerda al concepto de tiempo: sabemos cómo medirlo, pero carecemos de una definición que satisfaga a filósofos y físicos por igual.
Algo similar ocurre con la información: no hay una definición universalmente aceptada, lo que permite incluso su manipulación. En estos tiempos, es probable que pidamos a la IA que nos ayude a procesarla, sin distinguir claramente entre dato, información y conocimiento.
Que tengamos más preguntas que respuestas no es necesariamente malo. Como dijo Einstein,
“la inteligencia se alimenta más con preguntas que con respuestas.”
Con la irrupción de la IA, sería deseable no repetir los errores de la masificación de la computación, cuando muchas inquietudes quedaron sin respuesta ante la velocidad del cambio, y casi nadie pudo resistirse a usarla. Algo parecido pasó cuando Steve Jobs presentó el teléfono Apple, que el marketing llamó “inteligente”, y cuyo uso transformó hasta el funcionamiento de las aulas.
Quizás esos errores ocurrieron porque no nos hicimos las preguntas adecuadas a tiempo. En la era de la IA debemos aprender de lo sucedido con la computación, cuando se creyó erróneamente que más equipos mejorarían el aprendizaje, lo que resultó falso.
Por tanto, quizás no deberíamos repetir el error de llamar “cerebro” al computador, que no lo era. Tal vez debamos buscar una nueva palabra o concepto para la IA, reservando “inteligencia” para lo humano. Para el futuro del homo sapiens sapiens, es clave defender lo que nos singulariza: la capacidad de pensar, facultad que podría debilitarse ante la IA, junto con el pensamiento crítico.
Ya somos testigos de una faceta preocupante: cuando hay divergencias en un grupo, en vez de intercambiar argumentos, se recurre a la IA para que resuelva instantáneamente “la verdad”. Esto también ocurre en las redes sociales, y representa un retroceso de la facultad humana de pensar, que se decía nos separaba de otros animales. Hoy se renuncia a su uso en favor de un ente artificial.
Ojalá no se repita lo que pasó con la disminución de la lectura de libros o en las aulas con la calculadora de bolsillo, que eliminó la memorización de las cuatro operaciones antes de que los educadores decidieran si era bueno o malo. Similar ocurrió con tablets y computadores personales. Quizás todo pasó porque no se hicieron las preguntas adecuadas en el momento oportuno.
Mi primer libro, “Un mundo cercano: el Impacto Político y Económico de las Nuevas Tecnologías” (Santiago, 1984), se escribió por la aparición de la computación y los cambios globales anticipados. Releerlo 42 años después parece prehistoria comparado con lo que promete la IA, pero las páginas sobre el rol de la ciencia y la tecnología en la cultura y sociedad podrían escribirse hoy.
La comparación ofrece lecciones de errores que no deberían repetirse, como no entender la velocidad del cambio. Ya tenemos esas experiencias, y debemos prepararnos para un proceso más profundo y rápido. Elon Musk, una de las personas mejor informadas, afirmó en una entrevista con The Economist:
“la IA puede superar a la inteligencia humana en 5 años.”
Puede ser exageración, pero no hay duda de que se investiga para que la IA adquiera inteligencia autónoma o conciencia. Con la computación hubo predicciones excesivamente optimistas, como la oficina sin papeles, pero también anuncios de ciencia ficción se materializaron pronto.
Neuroderechos: proteger el cerebro humano
Corresponde reforzar lo humano: la capacidad de pensar y tener conciencia. También proteger el lenguaje, gracias al cual evolucionamos hasta ser la especie dominante, a pesar de nuestra debilidad física. El lenguaje fortaleció la cooperación y la adaptación, algo que otras especies no lograron. Debemos defender el pensamiento, aunque habilidades como la memorización disminuyan —gracias a ella llegaron hasta nosotros obras como La Odisea, transmitida oralmente por siglos antes de la escritura, y hoy presentada en cine.
La IA también nos obliga a reforzar la ética. Por ejemplo, el uso de IA para vínculos afectivos con seres queridos: ¿sería correcto o un engaño?
En un aspecto más general, estoy convencido de que la IA obligará a los sistemas políticos a reforzar constitucionalmente la protección de nuestro cerebro para evitar controles externos, convirtiéndolo en una línea roja, la última barrera que la IA no debería penetrar. Debería castigarse todo intento de manipulación, y actuar rápidamente para regular esto, sin repetir la experiencia con la computación y las redes sociales, donde se permitió que los algoritmos polarizaran la democracia y crearan adicción en niños y adolescentes desprotegidos.

Hablamos de neuroderechos que se agregan en el siglo XXI a los derechos humanos del siglo XX, como característica de esta era de convivencia con la IA. Insisto en que deberíamos cambiar la “I” de inteligencia por una nueva palabra o concepto que describa mejor lo que hace la IA, y que respete el elemento clave de nuestra evolución: la capacidad de adaptación, como enseñó Darwin. Ahora se nos pide una nueva adaptación, pero integrando una evolución que permite ver en la IA no una confrontación sino una convivencia, pues es una creación humana, como una novela, una película o la rueda.
Seguimos sin definir la esencia de la inteligencia, solo sus indicadores, entre los cuales sobresale la capacidad de extraer información del entorno. Pero tampoco sabemos jerarquizar automáticamente la calidad de la información recibida. Además, la información es un recurso que crece al compartirse, a diferencia de otros como los minerales. Por eso su rol especial, que la hermana con el amor, que también crece al compartirse.
Si aceptamos aplicar las mismas tablas a humanos, animales y máquinas, el ser humano inteligente aún puede diferenciarse por algo que conservará hasta que la IA nos diga que está pensando. Ese “algo” es la capacidad única de pensar, que permite jerarquizar la abundancia informativa. No debemos abandonarla, sino perfeccionarla, porque no toda información es útil o necesaria.
El Premio Nobel Herbert Simon observó en 1971 que la abundancia de información podría generar déficit de atención. Esto aumentará con la IA. Jerarquizar la información sirve para separar la paja del trigo y evitar sentirse abrumado. Los humanos debemos aprender a hacerlo casi automáticamente, aprovechando que las máquinas todavía no piensan.
Para muchos, la IA resuelve el problema de obtener información confiable instantánea y barata, pero no soluciona el problema central: nada asegura que una buena información produzca una buena decisión. Mientras la IA no piense, el ser humano mantiene una ventaja: la capacidad de jerarquizar. Esa puede seguir siendo la gran ventaja, siempre que el humano se esfuerce por mantener lo que lo ha llevado a su sitial actual, que incluye la creación de la IA. El mono desnudo del que hablaba Desmond Morris desarrolló la capacidad de pensar, y ahora se le exige luchar para conservarla.
Exigencia vital mientras la IA no piense autónomamente, lo que según Elon Musk podría ocurrir en menos de cinco años. Ojalá nunca, pienso yo.
@israelzipper
Máster y PhD en Ciencia Política (U. de Essex), Licenciado en Derecho (U. de Barcelona), Abogado (U. de Chile), excandidato presidencial (Chile, 2013)
Fuente: Infobae