Sin duda alguna, Rodolfo Valentino es recordado como el primer gran sex symbol de la historia del cine. En plena era del cine mudo, su mirada intensa atravesaba la pantalla para cautivar a las espectadoras. Pero su vida fue breve: el 23 de agosto de 1926, con apenas 31 años, sufrió una peritonitis seguida de una úlcera sangrante mientras se dirigía a su automóvil, y falleció antes de llegar al hospital.
Con solo siete filmes rodados entre 1921 y 1926, este italiano logró lo que muchos actores no consiguen en décadas: el reconocimiento absoluto de Hollywood. Arribó a la meca del cine en su época más glamorosa, cuando los salarios eran exorbitantes y las excentricidades, moneda corriente entre las estrellas.
Su verdadero nombre era Rodolfo Alonso Guglielmidi Valentine. Había venido al mundo el 6 de mayo de 1895 en Castellaneta, al sur de Italia, en el seno de una familia humilde. No era un estudiante destacado, pero por insistencia de su madre obtuvo un título de agricultor. A los 17 años embarcó rumbo a Francia buscando mejor suerte; pasó por Marbella y París, pero no logró establecerse y regresó a Italia con las manos vacías.

Con el tiempo, unos tíos le costearon el pasaje a Estados Unidos, donde creyó encontrar las oportunidades que tanto anhelaba. No se equivocó, aunque al principio tuvo que aceptar cualquier trabajo: jardinero, camarero, bailarín e incluso gigoló, aprovechando su atractivo físico. Así comenzó su primer escándalo amoroso con la aristócrata chilena Blanca Errázuriz, casada con el empresario estadounidense John de Saulles. La mujer se enamoró perdidamente de Rodolfo, se divorció de su marido alegando infidelidad y luego terminó asesinándolo. La prensa de la época vinculó al joven inmigrante con este crimen.
Fue el actor Norman Kerry, a quien conoció durante una gira de opereta en San Francisco, quien le sugirió probar suerte en el cine. La industria le abrió las puertas, pero al inicio solo obtuvo papeles menores. Hasta que la guionista June Mathis vio en él el fisic du rol ideal para la adaptación de la novela de Vicente Blasco Ibáñez que preparaba el director Rex Ingram. Los cuatro jinetes del Apocalipsis se estrenó en 1921 y batió récords de taquilla. Desde ese momento, Valentino fue elevado a la categoría de dios entre las celebridades.

Aunque algunos críticos cuestionaban su estilo, alegando que atentaba contra la virilidad estadounidense al mostrar el torso desnudo, bailar tango y maquillarse, el público lo adoraba. Así, los directores lo convirtieron en su actor fetiche. Tras Los cuatro jinetes del Apocalipsis, llegaron Camille, El Sheik, Sangre y arena, Monsieur Beaucaire, Águila negra y El hijo del Sheik. En una época donde los actores mimados ganaban fortunas, Valentino amasó un gran patrimonio.
Su vida sentimental también fue fuente de escándalo. Se supo que frecuentaba lugares gay, algo muy mal visto entonces. En 1919 se casó con la actriz Jean Acker, supuesta amante de Alla Nazimova, pero el matrimonio duró menos de un mes porque Rodolfo se enamoró de la bailarina Natacha Rambova. Mientras su exesposa intentaba dañar su imagen llamándolo «impotente», Rambova no solo se ganó su corazón sino que también intervino en su carrera, ayudándole a ganar millones. Sin embargo, cuando el actor firmó con United Artists, la compañía le prohibió a Rambova pisar los sets.
Pero tanto éxito comenzó a abrumarlo. Ni las joyas, ni la ropa cara, ni las armas antiguas lograban satisfacerlo. Entonces se interesó por las ciencias ocultas, aunque nunca descuidó su carrera y se esforzó por mejorar como actor. También escribió un libro de poemas titulado «From Days Dreams» y grabó un disco, «Valentino’s Renditions», que se agotó rápidamente. Sin embargo, su mayor valor seguía siendo su belleza, y en 1925 fue declarado «el hombre más deseado de América».
En 1926, la muerte lo sorprendió. Un centenar de mujeres vestidas de luto riguroso marcharon para despedirlo, mientras Douglas Fairbanks y Samuel Goldwyn portaban su ataúd. En distintas partes del mundo, millones lloraron su partida como si hubieran perdido al amor de sus vidas. Nunca se le escuchó la voz en el cine, pues el sonoro llegó un año después de su fallecimiento. Pero Rodolfo no necesitó hablar: supo transmitir emociones con cada movimiento, cada gesto y, sobre todo, con esa mirada inolvidable.
Fuente: Infobae