Hermana Verito: fe, rock y sexualidad en el aula sin tabúes

En la pantalla de El Gourmet aparece con el hábito, cocina desde el convento y habla de rock nacional con la misma soltura con la que explica la vida monástica. La hermana Verónica, o simplemente Verito para sus amigos, se ha convertido en una figura que, sin buscarlo, derriba prejuicios sobre las religiosas.

Detrás de esa sonrisa hay una historia marcada por el dolor, la vocación y una fe inquebrantable. Creció en una familia poco religiosa, vivió de cerca la enfermedad de su hermano, descubrió la cocina en la adolescencia y, cuando todos esperaban otro camino, eligió el convento.

En esta conversación, la hermana Verito repasa su infancia en Belgrano, sus novios, el rock, las amonestaciones en el colegio, la muerte de su hermano, el amor, el celibato y las renuncias que implica la vida religiosa. También cuestiona estereotipos sobre la Iglesia y explica por qué una monja no es tan distinta de cualquier persona.

Con humor, convicciones firmes y una calidez poco común, Verito abre las puertas de un mundo que suele permanecer lejos de la mirada cotidiana y demuestra que la fe también puede contarse desde la cercanía.

Infancia, dolor y una familia no religiosa

Verito nació en Belgrano R y creció como cualquier chico de los 80: en la calle, en bicicleta, en la plaza y en el club. Sin embargo, su hermano, dos años menor, estuvo enfermo desde los cuatro hasta los 15 años. “Eso fue muy pesado para toda la familia”, recuerda. A pesar de todo, define su infancia como muy feliz.

En su casa no eran católicos practicantes. Estaba bautizada e hizo la comunión por decisión propia, pero no iban a misa. “Tenía una imagen bastante mala de las religiosas”, confiesa. Su hermano pasaba mucho tiempo internado en el Hospital Gutiérrez y allí había una congregación que, según ella, no repartía frazadas ni comida. Esa sensación le quedó grabada.

Su hermano se curó de una enfermedad autoinmune con un 50% de probabilidad de vida, pero falleció hace ocho años de un ataque cardíaco.

La cocina como refugio y el rock como banda sonora

A los 12 años, cuando su papá perdió el trabajo, Verito empezó a cocinar para adelantarle la comida a su madre, que llegaba tarde. “Mi mamá cocinaba muy bien y era súper dedicada. Yo aprendí todas sus recetas porque no quería perderlas”, cuenta. Hasta ahora, bromea, no ha intoxicado a nadie.

Su amor por el rock nacional también viene de familia. Con su hermano eran fanáticos de los discos. “Salía un álbum nuevo de Soda Stereo y corríamos a comprarlo. Escuchábamos de todo: Charly, La Renga, Los Gardelitos”. Hoy dice que iría a un recital de Ataque 77.

Verónica terminó tercer año con 20 amonestaciones.

Adolescencia, novios y amonestaciones

En la secundaria, Verito era de la barra del fondo. En tercer año juntó veinte amonestaciones. La sancionaban por cualquier cosa: una vez por comer una mandarina durante la meditación, otra por irse del colegio antes de tiempo con su mejor amiga.

Tuvo tres novios, aunque solo presentó uno. “Uno me rompió el corazón”, admite. Pero también aclara: “Me sigo enamorando. No te asustes, pero me enamoro de las personas. Amo a mis amigos, a mis hermanas, a la gente con la que comparto la vida”.

El llamado: de un retiro a la vida consagrada

A los 21 años, una compañera la invitó a un retiro. “Fue un giro de 180 grados: cambió mi forma de mirar todo”. Dos años después entendió que su camino era la vida religiosa. “Quiero vivir como él”, pensó al leer un libro sobre San Francisco de Asís.

Su familia no lo aceptó de inmediato. Su mamá dejó de hablarle varios meses. “Quería nietos, que me casara”. Su papá no entendía por qué la pobreza podía ser un valor. Su hermano se burlaba. Pero después, él también encontró a Dios y le dijo: “Ahora te entiendo”.

Los primeros pasos en la religión fueron acompañada de una amiga.

La vida en el convento: horarios, renuncias y libertad

Verito vive en comunidad con otras cuatro hermanas. Cuando entró, eran doce. En toda la congregación pasaron de tres mil a alrededor de mil quinientas. “Viví en comunidades de veinte y hasta treinta y seis religiosas”.

El horario es estricto: se levantan a las 5:30, rezan hasta las 8:30, trabajan, rezan, almuerzan, descansan, trabajan de nuevo, rezan, cenan y tienen recreo. “Jugamos a las cartas, charlamos”. A las 8 de la noche, silencio absoluto.

Renunció a tener bienes propios. “La casa que heredé no es mía, le pertenece a la congregación. Todo lo que gano como docente, los cursos que doy, las velas que vendo o las jubilaciones van a la cuenta de la congregación”. También renunció a tener hijos, pero asegura: “El amor de Dios es una locura y me llena mucho más que una familia”.

Extraña la obediencia. “Tener que pedir permiso cuesta. Aunque siempre tuve superioras muy comprensivas”.

En su labor como religiosa realizo misiones en distintos lugares del mundo.

Misiones en Brasil y Estados Unidos

Vivió varios años en Brasil, donde estuvo a cargo de la pastoral en tres colegios. También estuvo tres años en Estados Unidos. “Soy un poco norteamericana y otro poco brasileña”, dice con cariño.

El programa de cocina: de la sopa paraguaya a la fama

Una amiga recomendó su nombre para El Gourmet. El casting fue en su cocina: hizo una sopa paraguaya. “Estaba convencida de que me iban a agradecer y nada más”. Cuando le dijeron que había quedado, se quedó muda.

Grabaron todos los programas en dos semanas. “El primer día estaba un poquito más dureli, pero al segundo o tercer día entendí que mi trabajo no era solo cocinar, sino también entretener”. Las hermanas la bancaron y el convento se convirtió en set de grabación.

No dejó de rezar. “Lo único que resigné fue la oración del mediodía. Para mí, Dios siempre está primero”.

Hermana Verónica:

Sexualidad, adolescentes y la Iglesia cercana

Verito da clases de Geografía y asegura: “A los adolescentes te los ganás con amor, no hay otro truco. Si sienten que los querés, te van a dar amor”. Habla con ellos de sexualidad, alcohol, drogas y bullying. “Les enseño que el cuerpo propio y el del otro merecen respeto. Lo importante es que se cuiden y que entiendan que la sexualidad no define todo”.

Le preguntan si le importa que una alumna se acerque para prevenir un embarazo. “Por supuesto. Hablamos de todo”. Sabe que la Iglesia a veces queda lejos de los jóvenes, pero cree que hay que acercarla.

Mujer en la Iglesia, el Papa Francisco y el infierno

Verito cree que las mujeres podrían ocupar más espacios en la Iglesia. “No encuentro fundamentos para pensar que una mujer sea menos capaz. Jesús, hace dos mil años, ya tenía mujeres entre sus discípulos”. Confía en que eso cambiará.

Recuerda con cariño a Jorge Bergoglio, antes de ser Papa. “Yo era catequista y él llegaba a las parroquias y les decía a los chicos: ‘Pregunten lo que quieran’. Nunca esquivaba una respuesta. Era muy cercano”.

Una de sus declaraciones más llamativas: “Yo no creo en el infierno. Me cuesta pensar que Dios quiera a un hijo suyo lejos de Él para siempre. Sí creo en la purificación, en el purgatorio, pero no en un Dios que quiera condenar eternamente”. Sabe que no representa la posición oficial de la Iglesia, pero lo dice con convicción.

Sobre el sufrimiento, afirma: “No tengo una explicación. Lo que sí creo es que Dios ama profundamente a las personas y los inocentes que sufrieron o murieron están con Dios”.

En sus clases habla de sexo, alcohol, drogas y bullying con sus alumnos.

Celibato, amor y felicidad plena

Para ella, el celibato tiene sentido como entrega total a Dios. Sobre los sacerdotes, opina: “Es un tema que la Iglesia deberá seguir discerniendo. Durante muchos siglos pudieron estar casados. El amor nunca se divide, se multiplica”.

Nunca ha querido dejar los hábitos. “A veces imagino cómo sería mi vida fuera del monasterio, pero lo que quiero es esto: poner a Dios en el centro, enseñar en el colegio, estar con los pobres”.

Se define como ultra feliz. “Tengo problemas, como cualquiera, pero me levanto todos los días agradeciendo. La gratitud es el primer pensamiento que tengo cuando abro los ojos”.

Verónica es la encargada de cocinar en el convento.

Verito demuestra que la fe y la vida cotidiana no están reñidas. Con su programa de cocina, sus clases y su testimonio, sigue rompiendo esquemas. “Ojalá todos podamos encontrar cuál es nuestro camino”, concluye.

Fuente: Infobae

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