La primera vez que presenció el funcionamiento de una impresora de viviendas, la escena parecía sacada de un video manipulado. No se trataba de inteligencia artificial generando imágenes; era una máquina robotizada depositando capas de hormigón, operando de manera autónoma durante la noche, sin un solo trabajador a la vista. Y esto ya es una realidad en Argentina.
Capa tras capa, utilizando una mezcla cementicia especial que los expertos denominan Chomrigon —un microconcreto compuesto por polvo de cemento, fibras y polímeros mezclados con agua—, una impresora 3D puede completar las paredes de una vivienda de 120 metros cuadrados en apenas 48 horas. Una edificación de 70 metros cuadrados se imprime en 60 horas. Un barrio entero de viviendas en serie podría estar listo en un período de 6 a 8 meses, un plazo que con métodos constructivos tradicionales demandaría entre 2 y 3 años.
¿Cómo opera esta tecnología?
El equipo consiste en un sistema robotizado montado sobre un pórtico que se desplaza sobre rieles. Un brazo articulado sostiene el pico extrusor, que va depositando la mezcla cementicia en capas sucesivas, siguiendo un diseño digital previamente establecido. Sin encofrados, sin desperdicio de material, con alta resistencia estructural y la capacidad de operar de forma autónoma durante la noche.

Un punto fundamental que suele generar confusión: la impresora realiza la estructura, no la casa completa. Imprime muros, divisiones internas y los espacios previstos para puertas y ventanas. Posteriormente, los gremios tradicionales se encargan de techos, carpinterías e instalaciones eléctricas, sanitarias y de gas. La tecnología no elimina el trabajo humano: lo reorganiza.

Una vivienda de 120 m² puede tener su obra gris terminada en 48 horas. Las estimaciones indican que los costos podrían reducirse hasta un 30% en comparación con los sistemas tradicionales, con tiempos de ejecución que mejoran cerca de un 35%.
El costo por metro cuadrado
La estructura impresa representa entre el 20 y el 30% del costo total de la vivienda. En Argentina, el valor del metro cuadrado de envolvente ronda los 700 dólares, con costos más bajos que el sistema tradicional.

Para ponerlo en contexto: mientras una vivienda construida con técnicas convencionales oscila entre USD 900 y USD 1.600 por metro cuadrado, la impresión 3D puede reducir ese rango a entre USD 300 y USD 600 por metro cuadrado solo en estructura, según datos de la especialista Myriam Heredia. Las terminaciones externas e internas implican un costo adicional. Desarrollos más premium pueden alcanzar los USD 1.800 por m², pero el promedio para tipologías estándar se ubica cerca de los USD 1.000 a USD 1.100.

Lo que sucede en el mundo
Al observar el panorama internacional, se entiende que Argentina no está llegando tarde a esta tendencia: está arribando en el momento exacto en que el mundo la está probando a escala real.
En Texas, ICON —la empresa que también construyó un hábitat simulado para la NASA— tiene en pie un barrio de más de 100 casas impresas, con paredes curvas características de esta tecnología, paneles solares en los techos y materiales propietarios de alta durabilidad. Texas se consolidó como el principal laboratorio de esta industria en Estados Unidos.

En Países Bajos, el proyecto Milestone de Eindhoven fue el primero en ofrecer casas 3D para habitar legalmente en Europa, con alquileres desde 2021. Cuatro años después, el mismo proyecto avanza con cuatro nuevas viviendas de dos y tres pisos —los modelos Hoodoo y Navajoo— que por primera vez se ofrecen a la venta, con superficies de entre 113 y 124 m² y precios desde 635.000 euros. La construcción comenzará a mediados de 2026.

En Dubai, el gobierno ya exige que parte de los edificios nuevos se construyan con esta tecnología. La meta es que el 25% de las nuevas construcciones sean impresas en 3D para 2030, una directiva que convirtió al emirato en uno de los principales destinos mundiales para las empresas que desarrollan estas técnicas.

Por qué esto es relevante para Argentina
Argentina tiene un déficit de 3,5 millones de viviendas. El urbanista Guillermo Tella lo resume con precisión:
“El problema del déficit habitacional no se soluciona solo con construir más viviendas, sino que también debe replantearse cómo se edifican.”

La Universidad Nacional de La Plata (UNLP), junto con el Gobierno bonaerense y el Astillero Río Santiago, trabaja en un proyecto propio de impresión 3D que permitiría imprimir viviendas de hasta 60 m² en aproximadamente 24 horas. Las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba concentran el 50% del déficit habitacional del país, y son justamente las regiones donde esta tecnología tendría mayor impacto potencial.

En Traslasierra, Córdoba, el emprendedor Agustín Gore fue aún más lejos: desarrolló Barrobot 3D, la primera impresora 3D de barro de Sudamérica, que construye viviendas con tierra, arena, fibras naturales y agua. Una vuelta a los materiales más antiguos con la lógica más nueva.

Lo que genera más curiosidad no es la velocidad ni el costo: es lo que esta tecnología habilita en términos de forma. Sin encofrados, la impresora puede trazar curvas, geometrías orgánicas y estructuras que con el sistema tradicional serían carísimas o directamente imposibles. El espacio habitable empieza a tener otra lógica desde el momento mismo en que se diseña el archivo digital.
Una sola máquina tiene sentido para proyectos de entre 4.000 y 8.000 m² por año. Con varias operando en paralelo, la escala cambia por completo. Y eso es exactamente lo que el país necesita: no construir más de la misma manera, sino construir diferente.
Fuente: Infobae