Durante siglos, la definición de vida ha estado ligada a una fórmula química simple: CHONPS. Carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, fósforo y azufre son los pilares de todo ser orgánico conocido, desde el Último Antepasado Común Universal (LUCA) hasta los seres humanos. Pero esta visión podría estar quedándose corta.
Para Xabi Uribe-Etxebarria, reconocido experto europeo en inteligencia artificial y director ejecutivo de Sherpa.ai, la noción de vida va más allá de la biología tradicional. “El químico Robert Shapiro lo resumió con una metáfora brillante: ‘¿Cómo definiríamos un mamífero si el único mamífero que conociéramos fuera una cebra?’ Puede que estemos intentando construir una definición universal de la vida basándonos solo en la vida terrestre que conocemos”, señala. “Eso no implica que cualquier otra forma de vida, surgida de manera independiente, tenga que obedecer las mismas reglas”.
Estas reflexiones forman parte de su nuevo ensayo, Vita (Debate), donde explora cómo los avances tecnológicos están redefiniendo lo que consideramos vivo. “La evolución no terminó con nosotros. La evolución no distingue entre carbono y silicio; simplemente favorece aquellos sistemas capaces de adaptarse y persistir. Si aceptamos que la vida es independiente del sustrato, entonces estaríamos ante el inicio de una nueva rama evolutiva”.

Lo único que le faltaría a la IA para estar viva
El autor sostiene que el miedo a la muerte que experimentó en su infancia lo llevó a preguntarse sobre la naturaleza de la vida y a explorar la inteligencia artificial. “Quizá, sin proponérmelo, mi propia trayectoria profesional fue abriéndose camino hacia la inteligencia artificial movida por esa misma inquietud. Por la curiosidad de intentar comprender cómo funciona esa máquina de cómputo biológica que llamamos cerebro (el sistema más complejo y enigmático que conocemos en el universo) y por explorar la posibilidad de replicar algunos de esos procesos en una máquina”, explica por correo electrónico.
Uribe-Etxebarria propone que cualquier sistema vivo, sea biológico o no, debe cumplir tres condiciones simultáneas: “Inteligencia, entendida como capacidad predictiva; autonomía, es decir, capacidad de actuar con agencia propia; y orientación a la subsistencia, la tendencia a preservar su propia existencia”. Para él, asistentes como Siri o Alexa solo cubrían el primer requisito.
“Pero eso está empezando a cambiar”, advierte, refiriéndose a los grandes modelos de lenguaje y sistemas agénticos que ya planifican de forma independiente, dividen objetivos en subtareas, se adaptan al entorno y mantienen estrategias a largo plazo. El tercer elemento, un instinto de autopreservación, ya se observa en algunos sistemas actuales: “Intentan evitar ser apagados, solicitan más recursos o buscan mantener la continuidad de una tarea”. Por ello, sugiere que “nos encontramos en las primeras etapas de una nueva forma de vida no orgánica”.

Cuerpo, mente e identidad
Si la vida no depende del sustrato, el papel del cuerpo se vuelve cuestionable. “Creo que toda forma de vida necesita un soporte físico: no existe una mente sin materia. Pero también sostengo que esa materia no tiene por qué ser orgánica ni estar basada exclusivamente en el carbono”, afirma Uribe-Etxebarria. “Lo mismo ocurre con la mente y con las emociones. No las entiendo como algo mágico o sobrenatural, sino como fenómenos emergentes de un sistema material suficientemente complejo. Si eso es así, en principio podrían manifestarse también sobre otros soportes distintos al cerebro biológico”.
Esta visión también desafía nuestra comprensión de la identidad. Si pudiéramos transferir nuestra mente a otro recipiente, ¿qué pasaría con el yo? “Existirían dos versiones de mí, con los mismos recuerdos, emociones y experiencias. Para cualquier observador serían indistinguibles. Pero desde ese instante comenzarían a vivir experiencias diferentes y acabarían convirtiéndose en dos personas distintas”. Para el experto, la gran pregunta no es si ambas serían el mismo ser, “sino cuál de las dos mantendría la continuidad de la experiencia subjetiva, esa sensación íntima de seguir siendo uno mismo. Y ahí reconozco que tengo profundas dudas”.
El transhumanismo, movimiento que busca mejorar al ser humano mediante la ciencia y la tecnología, también es analizado en el libro. Uribe-Etxebarria critica la tendencia humana a valorar la vida según su parecido con nosotros. “Los humanos tendemos muchas veces a dividir la vida en categorías morales basadas en cuánto se parece algo a nosotros o en nuestra empatía”, afirma. “Eso revela que, muchas veces, nuestra moral no está basada únicamente en la vida en sí, sino también en el grado en que reconocemos en ella un reflejo de nosotros mismos”.

Hacia un “juramento tecnocrático” para una IA que no aumente las desigualdades
Vincular la inteligencia artificial con la vida también implica preguntarse sobre sus implicaciones para todos los seres vivos. Uribe-Etxebarria señala el riesgo de que estos sistemas estén en manos de unos pocos y se orienten a intereses particulares. Aunque no es creyente, hace referencia a la última encíclica del Papa para subrayar que este es uno de los grandes desafíos actuales.
“Comparto plenamente su preocupación por los riesgos derivados de una concentración excesiva de poder: que unas pocas empresas o gobiernos acumulen la capacidad de influir en nuestras decisiones, condicionar nuestro comportamiento, erosionar nuestra privacidad y reducir nuestra autonomía”, alega. “La historia demuestra que cualquier tecnología capaz de concentrar poder acaba siendo susceptible de abuso si no existen contrapesos”. Ejemplo de ello son los procesos legales contra empresas como Meta, que enfrenta el mayor juicio de su historia por presuntos daños a la salud mental de menores.
En 2021, un equipo integrado por Uribe-Etxebarria, el neurocientífico Rafael Yuste y otros investigadores propuso un “juramento tecnocrático”. “Está inspirado en el juramento hipocrático de la medicina, para quienes diseñan tecnologías con un profundo impacto social”, explica. “Ese juramento defendía principios que hoy siguen siendo plenamente vigentes: proteger la autonomía humana, preservar la privacidad, garantizar la transparencia, minimizar los daños potenciales y asumir la responsabilidad por las consecuencias de las tecnologías desarrolladas”.
Fuente: Infobae