En la Necrópolis de Tebas, frente a las ruinas de Luxor, un equipo hispano-egipcio descubrió una escena funeraria excepcional: un perro momificado colocado directamente sobre los cuerpos de una pareja humana. Según un estudio publicado en Frontiers in Environmental Archaeology, esta disposición indica un vínculo afectivo entre el animal y las personas, lo que transforma la visión de las relaciones emocionales en las prácticas funerarias del Antiguo Egipto. El hallazgo ha sorprendido a la comunidad científica por su rareza y por abrir una nueva perspectiva sobre los lazos entre humanos y animales en esa civilización.
La cámara funeraria, conocida como Tumba Tebana 209 (TT 209), fue utilizada durante siete siglos, desde la XXV Dinastía (754-656 a. C.) hasta el período ptolemaico (305-30 a. C.). Los arqueólogos localizaron 16 cuerpos humanos momificados, un perro momificado y un depósito adicional con restos de al menos cuatro personas más.
Jared Carballo-Pérez, primer autor del estudio e investigador de la Universidad de La Laguna, explicó:
“Ya durante la excavación veíamos que había una evolución en la forma de utilizar la cámara, y precisamente los cuerpos, su posición y las relaciones que establecen entre ellos nos permiten reconstruir cómo fue cambiando esa lógica funeraria a lo largo de varios siglos.”
La disposición de los cuerpos no fue aleatoria. Cada nuevo entierro se adaptó a los anteriores, generando una organización compleja y una “memoria funeraria” del espacio. Carballo-Pérez señaló:
“El estudio detallado de los cuerpos no indica ni una acumulación caótica ni una pérdida del ritual original con el paso del tiempo. Existía una lógica espacial en la que cada nuevo depósito se adaptaba a la presencia de cuerpos anteriores.”

La singularidad del perro momificado
El elemento más impactante del hallazgo es el perro momificado colocado sobre las momias de una pareja. Su ubicación exacta fue registrada en la sección sureste de la cámara tres de la tumba. Miguel Ángel Molinero Polo, profesor de egiptología y coautor del estudio, detalló que la presencia del perro podría interpretarse de dos maneras: como símbolo de una relación cercana entre el animal y las personas, o como un cambio en el ritual funerario donde el animal asume el papel de psicopompo, es decir, un guía simbólico para acompañar a los difuntos al más allá.
Carballo-Pérez expresó:
“La presencia de un perro momificado colocado directamente encima de las momias de un hombre y una mujer me parece un detalle muy bello. Esto podría indicar una estrecha relación entre estos individuos humanos y el animal, una idea con la que creo que es bastante fácil empatizar.”
Molinero Polo añadió:
“También podría reflejar un cambio más en la práctica ritual, en el que un animal asume el papel de psicopompo, un ayudante simbólico en el viaje al más allá.”
No existen registros anteriores de un perro momificado colocado directamente sobre dos cuerpos humanos de esta forma en el antiguo Egipto. Aunque se habían hallado restos de perros en contextos funerarios, nunca se había documentado una relación espacial tan directa entre el animal y los humanos.

Cambios y continuidad en los rituales funerarios
La evolución en el uso de la tumba refleja cambios en las costumbres funerarias. En los entierros más antiguos, los cuerpos yacían en ataúdes, acompañados de redes funerarias, amuletos y objetos de valor, como ánforas fenicias. Molinero Polo detalló:
“Los primeros individuos enterrados aquí parecen haber pertenecido a un alto estatus social, ya que fueron sepultados en ataúdes, con redes funerarias y amuletos, y con un conjunto que contenía objetos costosos, como el contenido de ánforas fenicias.”
Con el paso de los siglos, la cámara fue reutilizada y los nuevos cuerpos se acomodaron verticalmente, sin ataúdes, en espacios disponibles entre los restos anteriores. En dos tercios de los entierros, los cuerpos se superpusieron. En algunos casos, los arqueólogos observaron cambios en la postura, como brazos cruzados sobre el pecho, lo que los especialistas llaman la “posición osiriana”, una forma de disposición asociada al dios Osiris, símbolo de la resurrección y la vida tras la muerte.

La cámara funeraria también sufrió inundaciones, incendios y posibles profanaciones, lo que dificulta reconstruir la secuencia exacta de los depósitos. No obstante, los expertos insisten en que la lógica ritual no se perdió en ningún momento. Cada nuevo entierro respetó la presencia de los anteriores y mantuvo una organización que responde a una “biografía acumulativa” del espacio funerario.
Actualmente, el equipo estudia los restos óseos desde la bioarqueología para obtener información sobre la salud, la actividad física y las condiciones de vida de las personas que descansan en la tumba. Carballo-Pérez señaló:
“Desde la bioarqueología estamos estudiando qué pueden contarnos sus huesos sobre salud, actividad física y condiciones de vida cotidiana, y cómo estas variables pudieron cambiar entre los distintos momentos de utilización de la tumba.”
Los resultados de este análisis se publicarán próximamente.
El hallazgo del perro sobre la pareja, junto a los cambios en la disposición y el uso del espacio funerario, ofrece una nueva perspectiva sobre las prácticas y creencias de la civilización egipcia en torno a la muerte. Como afirmó el equipo, la tumba funcionó como un entorno dinámico donde cuerpos, objetos y arquitectura interactuaron para construir una memoria colectiva.
Fuente: Infobae