El Día del Niño representa una ocasión ideal para reflexionar sobre el papel fundamental que juegan los abuelos en el crecimiento de los pequeños. Disponer de su compañía, de su cariño incondicional y de su experiencia constituye un tesoro invaluable durante la niñez.
Sin embargo, existen ciertas pautas que conviene considerar, ya que pueden optimizar el ejercicio de ese rol que, si bien implica menos obligaciones y mayor libertad, también conlleva responsabilidades.
Ese aporte se intensifica cuando los abuelos se convierten en colaboradores directos en la crianza, por ejemplo, cuando asisten de manera habitual a los padres en el cuidado de los niños. En numerosas ocasiones asumen el relevo al término de la jornada escolar o del jardín de infantes, durante las vacaciones o en circunstancias excepcionales —viajes, mudanzas, separaciones—.
La psicóloga infantil Amy Kincaid Todey, consultada por Parade, subraya que la función de los abuelos es irrepetible.
“Ofrecen algo que ninguna otra persona puede ofrecer: un amor incondicional sin la presión diaria de la crianza —explica—. Los abuelos son la historia viva de la familia. Son portadores de relatos, valores y un sentimiento de identidad que ancla a los nietos en algo mucho más grande que ellos mismos. Son, literalmente, irremplazables”.
Con todo, el desempeño del rol de abuelo no debería darse al margen de la armonía con el de los padres. Por ello, los especialistas sugieren interactuar con respeto y empatía con sus hijos, que ya son adultos y padres.

Al respecto, la psicóloga Brittney Pearson comenta al mismo medio:
“Los abuelos juegan un rol esencial en la reducción del estrés de sus hijos adultos, lo que tiene un impacto positivo sobre la forma en la que esos padres interactúan con sus propios hijos”.
Claves para no invadir el rol de los padres
El abuelo o la abuela ideal es aquel que respalda a los progenitores mediante una presencia constante y sensata, creando un entorno donde el niño se sienta protegido. Los especialistas también recomiendan ponerse en el lugar de los hijos, recordar cómo fueron ellos como padres, para así determinar la mejor manera de ayudarlos. Además, los niños requieren entornos predecibles para un óptimo desarrollo; es decir, rutinas que fomenten seguridad y reglas claras.
Valorar la individualidad de cada nieto
Un aspecto fundamental es respetar la individualidad de cada niño. Joseph Galasso, psicólogo clínico, lo resume así: “Deje a su nieto ser quien es”. Relacionado con esto, resulta indispensable evitar las comparaciones entre los nietos. Es una tentación común para los abuelos que tienen varios y quizás alguno preferido, o que visitan distintos hogares y consideran que unos están mejor educados que otros. Ese tipo de pensamiento debe guardarse. Tomar a uno como modelo de conducta o mostrar favoritismo son actitudes que seguramente lastimarán a los niños.

El valor de la historia familiar
Narrar con asiduidad episodios del pasado familiar es esencial. Kincaid Todey afirma que los abuelos son los guardianes vivientes de esa historia. Esta constituye otra misión fundamental: además de ser pilares de contención, transmiten un legado al contar cómo eran las cosas en su propia infancia o juventud.
Moderar el ‘en mis tiempos’
El investigador y ensayista Serge Guérin, especialista en desafíos intergeneracionales, citado por Ouest France, sugiere evitar los comentarios que comienzan con “en mi época…”. Es una expresión muy común entre los mayores. Muchos abuelos actuales procuran no usarla porque saben que los hace “verse viejos”. Guérin señala que los abuelos de hoy “no quieren parecer viejos”. Por lo tanto, hay que hallar un equilibrio entre relatar a los niños cosas del pasado que seguramente les fascinarán y la tendencia a afirmar que antes todo era mejor.
Límites que no se negocian
La imagen habitual es la de abuelos que miman y consienten, sin detenerse ante las normas impuestas por los padres. Pero aunque el amor de los abuelos sea incondicional, algunas reglas deben respetarse. En primer lugar, las establecidas por los padres, como las referidas al consumo de golosinas, al tiempo de pantalla o a la hora de dormir. Es evidente que uno de los atractivos de ir a casa de los abuelos radica en lo contrario: ciertas reglas pueden flexibilizarse. Sin embargo, flexibilizar no implica desconocerlas ni mucho menos descalificarlas. Debe quedar claro que pequeñas transgresiones son solo eso: desvíos de normas que no son arbitrarias, sino que buscan su bienestar.

Tampoco hay que ceder a todos los caprichos del niño con tal de ser un abuelo cool. En la misma línea, los abuelos miman y consienten, sí, es su rol, pero existe un criterio de razonabilidad que los pequeños deben aprender a conocer y aceptar. Aunque puedan ser menos estrictos que los padres, no significa que los niños deban imponer su voluntad.
Evitar desautorizar a los padres
Es indispensable no criticar a los padres delante de los niños. Las relaciones con los suegros no siempre son perfectas. Aunque al abuelo o a la abuela les caiga mal la nuera o el yerno, son asuntos que no deben manifestarse frente a los nietos, quienes podrían sentirse heridos o divididos por un conflicto de lealtad entre sus abuelos y sus padres, y enfrentarse al dilema de no saber si contar o no lo que escuchan en casa de sus abuelos. Tampoco debe caerse en la tentación de usurpar el rol de los padres. Muchos abuelos consideran que, como ya criaron hijos, saben qué es lo mejor para sus nietos. Pero no necesariamente es así. Pueden aconsejar a sus hijos, por supuesto, pero no pasar por alto su autoridad ni pretender fijar las reglas de crianza.

Tiempo para enseñar y compartir
Con la experiencia a favor, los abuelos también disfrutan de la ventaja de hallarse en una etapa sin el estrés del trabajo diario. Además, el hecho de no tener a los nietos todos los días —cuando es el caso— y de no andar apurados los vuelve más disponibles y pacientes para enseñarles cosas cotidianas: desde abotonarse el abrigo y atarse los zapatos hasta hacer manualidades, jugar a juegos de mesa, iniciarlos en la cocina, las tareas del hogar, la jardinería o la carpintería. A menudo son los abuelos quienes enseñan a los niños aquello que los padres no tienen tiempo de transmitir. Menos exigidos y más relajados, también suelen disponer de más tiempo para jugar, algo de lo que los padres muchas veces carecen.
El refugio de las confidencias
Por último, con frecuencia los abuelos son los receptores de confidencias, escuchan esas confesiones que a los padres los enojarían y luego actúan como mediadores en conflictos.

La psicoanalista Catherine Bergeret-Amselek declaró a Parents:
“Los abuelos aportan seguridad afectiva a los niños, dan la impresión de protegerlos como una muralla en la cual apoyarse. Por su experiencia y por lo que nos transmiten son como exploradores de la vida”.
Los pequeños se sienten seguros al comprobar que, desde su nacimiento, además de sus padres, hay otras personas bondadosas y confiables que los quieren y cuidan.
Fuente: Infobae