El crecimiento de los asistentes virtuales en el ámbito laboral, académico y afectivo impulsó una tendencia que transforma la comunicación digital: los sistemas de inteligencia artificial ya no solo atienden a personas, sino que también dialogan entre ellos, con consecuencias inmediatas en las postulaciones a empleos, las evaluaciones escolares, el servicio al cliente y hasta en los vínculos sentimentales.
De acuerdo con The New York Times, la evidencia más contundente surgió en el mercado laboral. Christian Vinson, de 30 años, empleó cerca de 10 horas en configurar dos bots con información sobre su formación, una pasantía en un banco y cinco años de servicio en el Ejército, con el objetivo de que redactaran cartas de presentación para cientos de anuncios. Mientras tanto, las compañías utilizaban filtros automáticos para revisar las postulaciones. Finalmente, Vinson logró ingresar a un banco de inversión en Nueva York.
Ese caso refleja el llamado “bucle de bots”: una inteligencia artificial generó las solicitudes y otra inteligencia artificial las evaluó. Así, la conversación dejó de estar mediada por personas en ambos extremos, y los programas asumieron funciones que solían ser exclusivas de los seres humanos.

La automatización llega a las aulas y a las oficinas
La misma lógica se trasladó a otros terrenos. Alumnos redactaron ensayos con ChatGPT y profesores utilizaron herramientas de IA para calificarlos. Empleados enviaron mensajes generados por bots a compañeros que respondieron con textos producidos de idéntica manera.
En todas estas situaciones, los usuarios delegaron sus intercambios cotidianos en programas, y el resultado fue que la presencia humana se redujo drásticamente en las comunicaciones profesionales, educativas y personales. La red se transformó en un espacio donde el interlocutor ya no es necesariamente una persona, sino un software.
The New York Times también detalló que en marzo de 2026, Meta adquirió una red social diseñada para que los bots se comunicaran entre sí. Esta acción aceleró una idea que ya circulaba en el sector: que la mayor parte del tráfico digital podría quedar en manos de los programas, con los humanos como una minoría.

Jiaxin Pei, profesora adjunta de la Escuela de Información de la Universidad de Texas en Austin, planteó una situación próxima: una persona que necesita un plomero con urgencia delegará la búsqueda en un asistente digital capaz de realizar llamadas, enviar correos, comprar boletos o escribir código. Del otro lado, los plomeros podrían responder con sus propios agentes para atender un volumen enorme de solicitudes que sería imposible gestionar manualmente.
Los errores pueden multiplicarse sin control
La utilidad de estos sistemas convive con un riesgo serio: cuando dos inteligencias artificiales interactúan, tienen la capacidad de repetir y reforzar las mismas fallas. Soheil Feizi, profesor asociado de informática en la Universidad de Maryland, señaló que estos sistemas “comparten los mismos puntos ciegos”.
Un estudio reciente de un investigador de la Escuela de Medicina de Harvard analizó cómo este fenómeno podría afectar a un hospital. Si una herramienta revisa radiografías para detectar fracturas, otra asigna habitaciones y una tercera establece el orden de atención, un error inicial que no sea verificado por humanos podría expandirse por toda la red y dañar al paciente, al médico y a la clínica.

La situación no se limita a la medicina. Una investigación concluyó que los sistemas automáticos de selección de currículums prefirieron las solicitudes creadas por IA por encima de las escritas por personas. Esa misma tendencia, de acuerdo con el medio, podría haber influido en los procesos de admisión universitaria cuando las instituciones emplearon lectores automáticos para evaluar textos que, en muchos casos, también fueron generados por chatbots.
El fenómeno alcanzó también el servicio al cliente y las citas. Un ejecutivo de telecomunicaciones observó a clientes que enviaban agentes de voz creados con inteligencia artificial para discutir con el sistema automatizado de su empresa. Además, un hombre usó un bot para escribir mensajes en una aplicación de citas a una mujer que parecía hacer lo propio; en un momento le preguntó: “¿Cuánto tiempo vamos a ChatGPTearnos mutuamente?”. Ella nunca respondió.
Sarah Davis, antropóloga cultural y decana de St. John’s College en Santa Fe, advirtió que la costumbre de una comunicación fluida entre sistemas podría reducir la tolerancia humana a la fricción propia de las relaciones reales. Esa facilidad, explicó, podría convertir a las personas en “peores versiones de sí mismas” y profundizar una sensación de alienación.
El temor por la transformación tecnológica de la comunicación tiene antecedentes históricos. Sócrates temía que la escritura dañara la memoria; a comienzos del siglo XX, los críticos afirmaban que el teléfono ponía en riesgo la civilidad; y un artículo de 1994 en The New York Times sostenía que el correo electrónico era tan atractivo que amenazaba con desbordar su utilidad por el exceso de mensajes y la falta de consideración.
La diferencia actual, según el diario, es que el correo electrónico trasladaba mensajes entre personas, mientras que los chatbots imitan a los seres humanos y pueden reemplazarlos. Este cambio plantea una decisión inédita: optar por dialogar con otra persona o con un programa que la simula, ya sea para pedir asesoría financiera, buscar un diagnóstico médico o simplemente encontrar compañía.
Fuente: Infobae