“Yo voy viendo en mi cabeza lo que no ven mis ojos. La música me transmite imágenes”, afirma Eliana Manzo, quien perdió la vista por completo a los 20 años. Su historia es un ejemplo de resiliencia, pero ella prefiere que se destaque su arte. En 2004, mientras entrenaba ocho horas diarias como gimnasta soñando con los Juegos Olímpicos de Atenas, comenzó a notar dificultades para leer. Eso la obligó a abandonar la gimnasia y también afectó su otra pasión: el teatro. Poco a poco solo percibía destellos de colores hasta que la oscuridad total se volvió su realidad.
Sin embargo, no se derrumbó. Aprendió a vivir con independencia, formó una pareja con el artista plástico Diego Casas y tuvo a su hijo Amadeo. Además, buscó desarrollarse profesionalmente y encontró en el tango, de la mano del maestro Claudio González, la oportunidad de cumplir su sueño. La directora Flor Argento decidió plasmar ese encuentro en el documental Nous, que se estrena el viernes 21 de agosto a las 18 horas en el Centro Cultural Recoleta.
—¿Cómo surgió este proyecto? —Explica Manzo—. Fue una idea de Flor, que se encargó de las entrevistas. Luego se sumaron su marido Marcelo Mazzarello en los guiones y Diego Velázquez Viard en la edición. Pero el proyecto es de ella. Los protagonistas somos Claudio y yo. Lo que más me gustó es que ella relaciona mi historia con la de mi maestro desde el arte. La limitación de la visión aparece recién como a los 15 minutos del comienzo de la película, lo cual me encanta. Porque no todo parte desde mi ceguera y la autosuperación, sino desde el lenguaje propio de la danza.
—González es un artista consagrado a nivel internacional. —Claudio es una estrella del tango. Es el número uno de todos los coreógrafos del mundo. Eso hace mucho más potente nuestro vínculo. Esta película llega porque yo venía del palo de la actuación. Había trabajado en teatro con Lito Cruz. Aunque me había formado mucho en danza, sentía que estaba perdiendo el placer de bailar por priorizar la ubicación al no poder ver. Estaba muy pendiente de ser guiada con la voz y el disfrute se reducía. Ahí pensé: “Yo necesito un baile de pareja. Que la guía sea algo literal, concreta, a través del tacto, para que yo pudiera darle toda la plenitud al movimiento”. Quería entregarle la emoción a lo que hacía. Así apareció el tango en mi vida. Es un género muy bello, estético, con un cruce de cuerpos armónico. Esa fue la foto que Flor quiso plasmar: el cruce donde uno más uno no es dos, sino algo nuevo.

—¿Arte? —Claro. Surge cuando esas dos personas fusionan sus almas. Yo venía de hacer una obra de teatro llamada Un tango en artista, donde hacía de sombrerera y mi personaje bailaba tango. Le pregunté a un compañero de elenco con quién podía estudiar. Había decidido hacer tango escenario e ir a los mundiales. Él me recomendó a Claudio, que era un referente máximo. No por nada nos cruzamos…
—¿A qué se refiere? —A que él tiene esto de animarse a todo, de buscar nuevos caminos, nuevos métodos. Con el corazón como bandera y el placer por bailar. Lo contacté desde mi ingenuidad sin saber quién era realmente. Le conté quién era y le dije que quería convertirme en una bailarina de tango. Y él me dijo: “Vení, que yo te enseño”. Yo le advertí: “Mirá que yo no veo, soy ciega”. Y él respondió: “No te preocupes”. Su foco no estaba en que yo viera o no, sino en cómo encontrar ese movimiento propio y auténtico que tenía que ver con mi forma, no con copiar otra.
—¿Fue difícil? —Los dos fuimos encontrando ese camino a través del abrazo del tango. Fue potente porque ya él era potente y yo era potente. Cuando nos cruzamos, le dije que quería participar del mundial de tango y él me preparó. Me consiguió un compañero para que pudiera presentarme, me regaló el vestido para mi presentación y hasta llevó a alguien para que me peinara. Para mí fue un sueño hecho realidad, pero compartido, porque él estaba emocionado y orgulloso con mis logros. Le contó a Flor de mi historia y ella se interesó por lo que habíamos construido y decidió planear este documental.

—Argento, la directora, también es bailarina de tango. —Sí, es increíblemente talentosa como bailarina, de nivel internacional, vive medio año acá y medio año afuera, y es hermosamente humana. Además es cineasta y dirige muchos documentales de tango. Así entró a nuestra historia. Somos tres personas unidas por un común denominador y lo multifacético del arte. Yo no quiero solo bailar tango, quiero que haya teatro, que se cuente una historia, que haya emoción. Lo que más me conmovió de esta propuesta fue que Flor quería contar a través de mi vida y la de Claudio cómo el lenguaje es el arte. Sin más.
—De todas formas, sigue siendo un ejemplo de resiliencia. —Pero es porque, a través de perseguir un sueño, fuimos encontrando un camino único en relación a las limitaciones. No específicamente la ceguera, que obviamente juega un papel importante, sino en el hecho de mostrar cómo fuimos superando cada uno en su camino distintos obstáculos para llegar a esto que construimos. Por eso me gusta mucho lo que ella hace en el documental. Muchas veces me entristezco cuando lo que se destaca de mí es solo la historia de vida o de superación.
—¿Cómo si eso dejara en un segundo plano su talento? —Claro. En cambio, Flor me convocó como artista, por ser bailarina de tango y actriz, por todo lo que había generado. En el guion, con Marcelo deciden no contar el hecho de mi ceguera al principio. Eso me encantó. En los primeros minutos el espectador hace una construcción del personaje. Yo no quería que esa construcción fuera desde un juicio por mi incapacidad de ver y terminara anulando mi yo artista. Esto me motivó a formar parte del proyecto.

—El trabajo habla de “la creación de una bailarina de tango”. —Eso es maravilloso. Yo no me había dado cuenta, pero lo pudo ver Flor con sus ojos de cineasta. Yo solo sabía que quería bailar. Fui a buscarlo a Claudio, que me enseñó con sus movimientos, porque nunca pude ver cómo lo hacía, sino que me guiaba por sus marcas o por los dibujos que él hacía con su pierna mientras yo lo tocaba. Lo que fui incorporando fue propio. Terminé en las milongas, en los mundiales y en los escenarios, sin darme cuenta de que estaba naciendo algo nuevo. La emoción del proceso no te deja racionalizar lo bueno de lo que sucede.
—¿Esto va a continuar de alguna manera? —¡Ojalá! Charlando con Flor y Marcelo, me sugirieron que sería lindo llevar la historia de Nous al teatro. ¡No hay nada que yo ame más en la vida! Sería fantástico poder armar de este corto una obra para presentar en los festivales. Y revivir en el escenario esas sensaciones que fui transitando. Pero ya con haberme dado el lujo de hacer cine estoy más que feliz.
Fuente: Infobae