En el siglo VI antes de Cristo, la Antigua Grecia tembló bajo el fragor de una prolongada guerra entre los reinos de Lidia y Meda. El conflicto se extendió por cinco años, pero al sexto, «el día se convirtió de repente en noche», un fenómeno que aterró a los combatientes y los llevó a detener la lucha para apresurarse a firmar la paz. Lo que ellos ignoraban era que aquel cambio súbito en la luz había sido pronosticado con antelación por Tales de Mileto, quien ganó renombre en la región al calcular el año exacto en que ocurriría el eclipse solar.
Aunque el historiador Heródoto relata este episodio en sus Historias, lo más probable es que nunca haya sucedido. No obstante, para José Carlos Bermejo Barrera, catedrático emérito de Historia Antigua en la Universidad de Santiago de Compostela, la anécdota refleja a la perfección el significado que los eclipses han tenido para la humanidad. «Por una parte, lo entendido como un prodigio, un hecho extraordinario capaz de provocar pánico y que se puede interpretar como un anuncio de acontecimientos futuros o señales mandadas por Dios. Era una alteración del orden natural, por lo que nunca presagiaba nada bueno. Por otra parte, el movimiento de los astros y la historia de la astronomía, que no se pueden separar de la historia del calendario», explica.
Desde Egipto hasta China, pasando por Mesopotamia, Grecia y Roma, todas estas grandes civilizaciones lograron medir y predecir la periodicidad de los eclipses, tanto solares como lunares. Sin embargo, ese conocimiento no logró disipar las supersticiones que los rodeaban. Bermejo Barrera aclara que no es lo mismo saber cuándo ocurrirá un eclipse que comprender qué lo causa. «No se podía explicar a qué se debía el eclipse, así que en muchas mitologías se dice que era un determinado monstruo comiéndose el Sol». Las creencias llegaron a extremos tan insólitos como el que recogió Plinio el Viejo en su Historia natural: “El coito con una mujer menstruante durante un eclipse de Sol o de Luna es mortal para el hombre”.

El pánico en las poblaciones indígenas de Mesoamérica
El investigador Jaime Echevarría García, doctor en arqueología y psicología, actualmente posdoctoral en la Escuela Nacional de Antropología e Historia de la Universidad de La Salle, dedicó su tesis a «la concepción del miedo entre los nahuas prehispánicos». Allí dedicó un capítulo entero a los fenómenos naturales, con especial énfasis en los eclipses. En estas comunidades también se pensaba «que el sol era comido, generalmente por la Luna, pero también por Venus, quien tomaba la figura de una fiera que lo empezaba a devorar».
«El principal temor que se tenía era la destrucción del Sol, porque implicaba la inminente destrucción de la humanidad», agrega. Para contrarrestar esa amenaza, tanto los sacerdotes como el pueblo iniciaban rituales destinados a darle ánimos al Sol. «Parte de los rituales era hacer mucho ruido. En los mitos mesoamericanos, la oscuridad es de cuando el tiempo no había sido creado: no había sol; solo cuando este sale empieza a haber ruido». Las mujeres lloraban, los hombres gritaban, se golpeaba a los perros para que aullaran y se sacrificaban personas albinas, pelirrojas o con enanismo. «También se quemaban cosas, incluso casas, para que el humo y el fuego animaran al Sol».

El antropólogo señala que algunas de esas tradiciones pervivieron hasta inicios del siglo XXI. «Entre poblaciones mayas se siguió generando ruido con ollas y palos, se pegaba a los perros y se pellizcaba a los niños para que soltaran el llanto», detalla, aunque enseguida matiza: «En la actualidad, a lo mejor lo que más se queda es la creencia, no la práctica». Así, todavía hay personas que temen que el Sol, tras ser devorado, no vuelva a aparecer, y que todas las fuerzas malignas que contenía se desaten sobre los humanos, como las tzitzimime, deidades monstruosas asociadas a la oscuridad que devorarían a la humanidad al final de una era.
«El miedo es muy interesante porque, en lugar de ser una emoción que paraliza, es una emoción que detona una acción», afirma Echevarría García. Destaca la habilidad de los sacerdotes para canalizar ese temor y fomentar la cohesión social. «Cuando veían que de repente los vínculos entre los miembros de una comunidad empezaban a aflojarse, establecían escenarios de terror para que el miedo los uniera». Al igual que en Europa, algunas de estas civilizaciones desarrollaron un cálculo astronómico «sumamente fino», pero eso no impidió ni las supersticiones ni su aprovechamiento político. «Los eclipses se incorporan al discurso histórico, a la muerte de un gobernante o a una herida, obviamente desde la élite».

“Hay dos historias sobre los eclipses”
En el fondo, la historia de los eclipses es también una historia política. «El hecho de que hubiera un conocimiento matemático por un lado y unas creencias religiosas por otro se concilia por una razón muy sencilla, porque el conocimiento matemático lo tenía poquísima gente», apunta José Carlos Bermejo Barrera. Para él, es evidente que «el mundo culto y el popular» corrían en paralelo en la Antigüedad. En la Roma antigua, si la Luna aparecía en una zona baja del cielo, se creía que las brujas la estaban jalando, lo que se interpretaba como «una situación de tensión política»; si se teñía de rojo, «quería decir que estallaría la guerra».
La obsesión por todos esos prodigia —como se llamaba a estos sucesos extraordinarios— ha adoptado muchas formas a lo largo de los siglos. Desde los horóscopos que ya se elaboraban en el mundo antiguo, hasta el libro «más importante» que Isaac Newton creyó haber escrito: una obra que no trataba de física moderna ni de gravedad, sino «una cronología a partir de los eclipses y los movimientos de los astros registrados en tablas antiguas para que las historias del Antiguo Oriente, la historia de Grecia y de Roma y de la Biblia casaran con las fechas astronómicas».

El catedrático recuerda otra anécdota de Tales de Mileto que, aunque no sea verídica, «como dirían los italianos: è ben trovato«. Al regresar de uno de sus viajes, Tales comenzó a pasear siempre mirando las estrellas hasta que un día tropezó y cayó, provocando la risa de una esclava que le dijo: «Sabrás mucho de estrellas, pero no sabes lo que pisas». Humillado, el filósofo decidió demostrar que no era cierto y alquiló todas las prensas de aceite de Mileto, prediciendo con sus conocimientos que ese año habría una cosecha excepcional de aceitunas. Cuando su predicción se cumplió, se hizo millonario.
Bermejo Barrera bromea con la moraleja de esta historia: «Que si el filósofo quiere, también puede ganar dinero». Luego concluye: «Con los astros, como con el resto de conocimientos, hay dos mundos paralelos, uno culto y uno popular. También hay dos historias sobre los eclipses: una racional para las minorías y otra irracional para el resto, llena de miedos, pasiones y sentimientos». Añadimos nosotros que, milenios después, seguimos siendo herederos de ambas.
Fuente: Infobae