Tras 24 eclipses y 360.000 km: el chileno que persigue la sombra lunar

Con más de 360.000 kilómetros recorridos por los cinco continentes siguiendo la sombra de la Luna, el cazador de eclipses chileno Alejandro Arroyo ha elegido Paredes de Nava, en la provincia de Palencia (norte de España), para su vigésimo cuarta observación. Este historiador del arte lleva 32 años organizando su vida en torno a un fenómeno que apenas dura unos minutos, pero que lo ha llevado a lugares que nunca imaginó visitar.

“El destino no lo elijo yo, lo elige el Sol”, resume en una entrevista en Palencia, antes de viajar a Paredes de Nava, donde participará con la asociación AstroParedes en las actividades del 12 de agosto.

Ni Siberia, ni Zimbaue, ni las islas Feroe, ni Paredes de Nava. “Uno nunca se habría imaginado estar en estos lugares. No estaban en mi mapa de vida”, sostiene.

Planificar el viaje

Asegura que en su maleta apenas hay equipaje. “A esta altura de la vida llevo muy pocas cosas”, admite. Porque lo realmente importante se hace mucho antes y lleva meses de planificación y viajes para estudiar el terreno, la meteorología, los accesos y la logística.

El historiador del arte chileno ha perseguido eclipses solares por los cinco continentes durante más de tres décadas y eligió Paredes de Nava, en Palencia, para observar el número 24 de su vida (Imagen: Europa Press)

Durante los meses de agosto de 2024 y 2025, recorrió dieciocho localidades españolas siguiendo la franja de totalidad hasta encontraer el sitio idóneo. Exploró Asturias, Castilla y León y Castilla-La Mancha; desartó la costa por la elevada probabilidad de nubosidad y finalment halló en Tierra de Campos lo que buscaba: un horizonte limpio.

“Paredes tiene una pequeña loma con una vista perfecta hacia el oeste y muy poca probabilidad de nubes. Para un eclipse que ocurre al atardecer eso es fundamental”, explica.

Porque el del 12 de agosto, añade, es especialmente complejo, precisamente por la posición del Sol. “Los más fáciles son entre las diez de la mañana y las dos de la tarde. Este ocurre cuando el Sol está muy bajo y cualquier edificio, un árbol o una colina pueden taparlo”, sostiene.

Cinco continentes

Con una sonrisa explica que un cazador de eclipses no es un turista al uso, no le mueven los destinos más deseados, solo le guía un fenómeno natural que se produce aproximadamente cada año y medio en distintas partes del mundo. La NASA tiene catalogados todos los eclipses solares del quinto milenio (desde 2001 hasta 2100): “Se sabe la fecha, el lugar y el minuto exacto de los eclipses que va a haber hasta el año 2100”, asegura.

Su viaje comenzó casi por casualidad en 1994, cuando un amigo le habló de uno que iba a ocurrir en el norte de Chile. Viajó hasta Putre, un pequeño pueblo andino habitado mayoritariamente por población aimara, donde un sacerdote explicó a los vecinos, en su propia lengua, que el Sol no iba a desaparecer para siempre.

La emoción de la totalidad

Aquella escena cambió su vida y desde entonces le fascina la forma en que cada sociedad interpeta ese instante.

Porque si hay algo común en todos los eclipses, es el silencio que se produce en el momento de la totalidad. Después, algunos respirán aliviados porque ha vuelto a salir el sol, otros lloran de emoción, muchos aplauden, pero nadie se queda indiferente.

“Cada cultura lo vive de una manera. Las creencias religiosas influyen”, sostiene. “Pero cuando aparece el primer rayo de luz después de la totalidad, esa fracción de segundo es mágica. Ahí se entiende que sin el Sol no existiríamos”, asegura.

Lo vvió en el norte de México, en 2024, donde asistió a uno de más de cuatro minutos. “Con todo el peso de la cultura maya y azteca a la gente se le hio eterno, se pusieron nerviosos, parecía que no iba a volver la luz del sol”, explica.

Y ha comprobado el efecto que causan los eclipses sobre la gente en Los Andes, en Siberia, en China o en el desierto de Australia, hasta donde viajó para ver uno de solo 30 segundos.

(Imagen: Europa Press)

Desde el aire

También ha asistido al espectáculo desde el aire. Se subió a un Boing 747 en 2003 para ver un eclipse sobre la Antártida. “Fue un vuelo de 15 horas con solo 120 pasajeros, porque solo se ocupaban los asientos junto a las ventanas”, relata. “La ventaja de verlo desde un avión es que aseguras que el cielo esté despejado”, explica.

Otro vuelo le llevó en plena pandemia a las Malvinas, detrás de un eclipse en el Atlántico Sur.

Y no pudo verlo en Shanghai, a pesar de que era larguísimo (6 minutos) porque hubo unas lluvias torrenciales. Pero si recuerda una sensación sorprendente cuando la ciudad entera se iluminó con cientos de letreros luminosos a las 9 y cuarto de la mañana.

Y se emocionó enormemente cuando escuchó a unos músicos ecuatorianos tocar música andina durante el eclipse de 2008 en la capital de Siberia, Novosibirsk.

Este miércoles estará en Paredes de Nava junto al astrónomo Edgar Masa y el aficionado Alberto Andrés (de AstroParedes). La localidad palentina será la parada número 24 de un viaje que ya suma más de 360.000 kilómetros. Casi la distanci entre la Tierrra y la Luna.

Fuente: Infobae

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